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La tercera invasión

miércoles 01 de diciembre de 2010, 21:10h
A la inversa de los imperios del pasado, que tuvieron una base territorial, el imperio británico del siglo XIX fue “naval”. Por eso se decía en ese entonces “Britannia rule the waves”, “Gran Bretaña manda sobre las olas”. Fieles a esta tradición de su hermana mayor, los Estados Unidos comenzaron por dominar los mares en el siglo XX hasta que finalmente pasaron a dominar no sólo las ondas “marinas” sino también las ondas “aéreas”, primero mediante sus aviones y después por ser los primeros en acceder al espacio planetario de Internet.

Gracias a su control de las olas y del aire, los Estados Unidos pudieron intervenir en Europa y más allá desde una posición “insular” similar a la inglesa, que los volvía al parecer invulnerables a los ataques externos. En el caso norteamericano, empero, este dorado aislamiento se rompió tres veces. La primera en 1941 con la agresión japonesa a Pearl Harbor; una agresión clásica, naval. La segunda en 2001, mediante una agresión aérea y además terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York. La tercera agresión, esta vez cibernética, acaba de ocurrir y ya no ha estado a cargo de un Estado soberano como Japón o de una organización terrorista como Al Caeda sino de un emprendedor privado, de un periodista sui generis, el australiano Julian Assange, quien desde su sitio Wikileaks de Internet viene de publicar cientos de miles de mensajes reservados de la diplomacia norteamericana.

Estamos entonces ante un episodio al que podríamos calificar de “revolucionario”. Lo es, por lo pronto, porque con él agoniza la antigua soberanía del secreto. Si ni siquiera la principal potencia de nuestro tiempo queda al abrigo de la intromisión cibernética, ¿qué otra entidad pública o privada será capaz de ahora en adelante de guardar la confidencialidad de sus operaciones? Assange, que ya había difundido miles de mensajes reservados del Pentágono, ¿podría ser acaso juzgado y condenado por espionaje? Pero aun cuando las autoridades los aprehendieran al final de la persecución internacional de la que ahora es objeto, ¿cómo podría impedirse que otros operadores de Internet, que otros “hackers” como él, lo imitaran? ¿Cómo se protegerían contra él o sus émulos las petroleras, los bancos, las grandes corporaciones privadas? Aun cuando Assange terminara con sus huesos en la cárcel, ¿cuál sería el Estado o la organización internacional en condiciones de prevenir futuras transgresiones? Desde ahora, habrá un “antes” y un “después” de Wikileaks.

El hecho de que los principales diarios del mundo hayan publicado gracias a Assange una vasta información secreta, reservada, similar a la que ministros y embajadores habían procurado guardar celosamente por siglos en sus valijas diplomáticas, indica que a partir de ahora vivimos en un mundo constitutivamente transparente. Pero el hecho de que ese gran transgresor que es Assange haya comunicado a todo el mundo sus hallazgos a través de diarios independientes universalmente reconocidos, ¿no habla a su vez del poder incomensurable que, gracias a él, adquiere el periodismo? Porque ya no estamos hablando de la KGB o de la CIA, sino del nuevo alcance de la libertad de información en un mundo que ha cesado de respetar lo que antes parecía reservado a la soberanía de los Estados. ¿En beneficio de quiénes? Al fin de cuentas, en beneficio de millones y millones de lectores que acaban de emanciparse de todo límite, de toda tutela. Si algunos consideran a Assange como un nuevo tipo de criminal, por ello, otros lo exaltarán como al nuevo dios de la comunicación.

Los gobiernos, por su parte, ¿desplegarán un nuevo rigor contra los informantes indomables? Mientras Barak Obama parecía esconderase del escándalo detrás de su secretaria de Estado Hillary Clinton, no faltarán aquellos para los cuales Olbama está resultando un nuevo Jimmy Carter, otro gobernante bueno pero débil, que contrasta con el inmoderado vigor político que exhibió el antecesor de Obama George W. Bush. ¿Es que los demócratas norteamericanos, a la inversa de los republicanos, no saben gobernar? ¿Es que, para conducir a la primera potencia mundial, hace falta ser, más que “bueno”, “impiadoso”? Obama viene de perder abrumadoramente la última elección norteamericana. Un presidente norteamericano con fama de duro, Teodoro Roosevelt, solía decir que, para mandar de veras, hay que andar sonriente con un palo en la mano. ¿Será ésta la amarga lección que a Obama le falta aprender?

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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