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El hombre y la gente en Buenos Aires

Concha D’Olhaberriague
martes 07 de diciembre de 2010, 19:27h
Las letras en español celebran estos días prenavideños la aparición del décimo y último volumen de las Obras completas de José Ortega y Gasset, y los lectores de El Imparcial pueden disfrutar, en exclusiva, de una cala de El hombre y la gente en su versión de 1949-50, procedente del curso impartido en El instituto de Humanidades de Madrid.

Se trata, sin duda, de uno de los textos centrales para conocer el pensamiento y las preocupaciones del filósofo en su época madura y así lo señaló Isabel Ferreiro, miembro del equipo editor y estudiosa de la teoría orteguiana de los usos, en un esclarecedor artículo de este periódico que acompañó la noticia de la novedad bibliográfica.

El título, por sí solo, ya dice mucho. Podía ser el de una novela de mediados del siglo XX. Y de nuestros tiempos también. Cuando se trata de seres humanos, de personas - de hombres diría Ortega para acercarse a la realidad concreta- el conjunto, la sociedad, no es nunca una mera suma de individuos sino una realidad distinta que requiere una observación minuciosa. Tal es la tarea primordial de la sociología.

Junto a ello, contiene el libro reflexiones acerca de la etimología y su papel insustituible para comprender ciertos usos y prácticas, entre las cuales se cuenta el filosofar mismo.

Yo les estoy hablando de la versión del curso dictado por Ortega en Buenos Aires, diez años antes, 1939-40, que pueden leer en el tomo IX. Aún no he tenido oportunidad de leer el recién salido.

En la lección quinta explica el filósofo a los asistentes qué han de entender bajo el nombre de las lecciones.

Con “el hombre” se refiere a lo humano en tanto genuino y auténtico, y con “la gente” a lo humano deshumanizado en cierta medida por haberse desdibujado la persona y prevalecer, por contraposición, lo automatizado y mecánico.

Pero hay otras muchas ocasiones en las que Ortega se dirige de una manera menos técnica y más directa y afable a su público bonaerense, y éste le corresponde vivaz y cómplice.

Una de las múltiples virtudes de la nueva edición consiste, justamente, en permitirnos apreciar los pormenores del acto comunicativo. En el lugar preciso del texto, está consignada, en acotación, la reacción de la gente al discurso orteguiano. Sabemos si se ríe o aplaude y en qué medida lo hace.

Ya era la tercera vez que el filósofo visitaba Buenos Aires y la relación fuerte, con sus momentos de tensión, venía de antiguo.

A Ortega le importaba mucho su misión argentina y se esmeraba de manera muy notable al hablar allí buscando con ahínco la participación activa de los oyentes en su meditación.

Para que no perdieran el hilo, echaba mano de sus mejores recursos retóricos, combinando metáforas con giros coloquiales, modismos, llamativas imágenes plásticas y alusiones a realidades locales. Una hormiga pampera le vale de ejemplo de la fuerza del débil y al novillo de la puna – argentinismo para las tierras altas de las inmediaciones de los Andes- lo congela el frigorífico al igual que nos llega disecado un legado de usos antaño comprensibles.

De pronto, saluda – previa disculpa- a un conocido, ya sea el doctor Marañón ya Manuel de Falla, a quien descubre entremedias de los rostros atentos, y la atmósfera de cordialidad produce a los presentes la sensación de asistir a algo de mayor alcance que una conferencia habitual.

Al interés indudable del país se unía la responsabilidad, grata y exigente, que asumía de buen grado en calidad de embajador intelectual de España.

En la primera visita del año 1916 consigue rendir el desdén hacia la cultura española de Victoria Ocampo, representante, en este aspecto, de la actitud preponderante entre la oligarquía culta, familiarizada con el francés y lectora voraz de literatura inglesa mas desconocedora de la producción española contemporánea.

La intelectual y editora de Sur ha relatado con gran belleza y precisión cómo quedó cautivada al escuchar a Ortega y cuánto agradeció el descubrimiento, preludio, por añadidura, de una sincera, honda y accidentada amistad.

Persuadida de que les deparará una grata sorpresa, incluso si ya conocían la obra, recomiendo esta versión de El hombre y la gente en especial a los argentinos que hayan tenido la amabilidad de leerme.
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