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México: el hombre sin atributos

viernes 10 de diciembre de 2010, 15:26h
El título de la obra de Musil define cabalmente al presidente Calderón y a su partido, el PAN. Ambos carecen de las cualidades políticas requeridas para el difícil oficio de gobernar un país: sangre fría, saber conciliar intereses contrarios, amén de la prudencia, el tacto y el respeto por las opiniones y posiciones contrarias.

Tres son las razones principales que explican estas carencias: el misoneísmo fundacional, la confusión entre política y religión y el equívoco empresarial. Nacido en 1939, como reacción al gobierno que aplico los programas de la Revolución mexicana, el PAN asumió desde temprana hora, una actitud maniqueísta propia de cualquier fundamentalismo religioso. A lo anterior se sumó el equívoco empresarial de que el país debía manejarse como una gran compañía en las que las decisiones se acatan sin discutir. El ex presidente Fox se educó en el serrallo de Coca-cola y Calderón en el religioso, ambos ajenos al mundo laico, democrático y tolerante.

Para festejar los 10 primeros años del PAN en el Poder ejecutivo, Calderón organizó, el 28 de noviembre, un gran acto y, en su discurso afloraron los viejos rencores, las frustraciones actuales y los temores al porvenir electoral. México, afirmó, no merece “la tragedia de regresar a lo antiguo, a lo autoritario y a lo irresponsable, pues ello significa pobreza, corrupción, negación o simulación de la libertad y el derecho”.

Es difícil saber qué prevaleció, si la desmesura o la ordinariez. Negar de un plumazo la evolución de un México rural, prácticamente analfabeto y sin servicios de salud, a otro urbano, industrializado y con servicios básicos, es desconocer la historia del siglo XX, así como el salto demográfico de una sociedad de 13 millones de habitantes a otra de 110, en números redondos. No todo fueron fracasos, como tampoco se justifica un triunfalismo sin autocrítica.

El maniqueísmo del presidente no es compartido por el grueso de los mexicanos que en las pasadas elecciones otorgaron más votos al PRI que al PAN. Tampoco en las encuestas ha salido bien parado Calderón: la aprobación de su gobierno ha bajado y 48% piensa que el país va por muy mal camino, contra un 27% que piensa lo contrario. La intención de voto por el PRI es superior a la del PAN y más lo es la simpatía por el posible candidato del Revolucionario Institucional. (Datos de El Universal publicados los días 29 de noviembre de 2010 y 6 de diciembre del mismo año.)

Las reacciones del PRI al discurso asustaron al presidente Calderón y, en entrevista con el comunicador más influyente, sostuvo que no se refirió “a ningún partido político específico”. Además, mostró la misma debilidad íntima de Fox: el deseo de que su gobierno sea reconocido, que su persona sea querida y de hacer valer su autoridad y manera de pensar: “Todos tenemos, dijo textualmente, cierta necesidad de lo que creemos o hacemos o lo que decimos sea lo que valga.” A la balandronada le siguió la pusilanimidad. Ni una ni otra son propias de un hombre político y menos de un jefe de Estado, pero sí peculiares de un hombre sin atributos para gobernar. No hace falta haber leído a Maquiavelo para enterarse que más vale ser temido que amado. Los hombres del poder siempre lo han sabido.

A las frustraciones íntimas se sumaron las angustias por el porvenir electoral. Al haberse rodeado de mediocres colaboradores, el presidente no encuentra a uno que sea capaz de enfrentar con éxito a los posibles candidatos del PRI o del PRD que ya han iniciado su carrera hacia la presidencia y gozan de gran popularidad.

Tres días después de su polémico discurso, Calderón manifestó que el candidato de su partido para las elecciones del 2012 podría ser “y ojalá fuera así” algún miembro distinguido de la sociedad civil. Un cubetazo de agua fría para sus colaboradores y para los panistas en general. Esta falta de tacto se inscribe en la línea de alianzas con un sector de la izquierda (la dirigencia muy impugnada del PRD) para postular a un ex priísta a fin de derrotar al PRI. Su odio al Partido Revolucionario Institucional, atávico y visceral, es mayor que su lealtad al PAN o su pretendido amor a la democracia.

Para concluir una semana de desatinos, Calderón impuso al débil senador Gustavo Madero como presidente nacional del PAN, quien será responsable del próximo proceso electoral a nivel federal. Sus contrincantes fueron cuatro y representaron a diversas corrientes dentro del partido. La más numerosa apoyó a Roberto Gil, un hombre joven, con tan sólo tres años de militancia, en los que rápidamente destacó y ocupó cargos tan importantes como el de subsecretario en el Ministerio del Interior. Esta corriente agrupó a gente valiosa, como la ex ministra de Educación, Josefina Vázquez Mota, actual coordinadora de los diputados del PAN, y al ex ministro del Interior, Fernando Gómez Mont, ambos con sentido de lo político y con buenas relaciones con los líderes de la oposición, algo inadmisible para un defensor de la verdadera fe y de las buenas costumbres.

La elección, restringida a los 367 miembros del Consejo Nacional, se llevó a cabo el 4 de diciembre. Los resultados de la primera ronda de votaciones pusieron en entredicho la candidatura de Madero que sólo obtuvo 129 votos contra 122 de Gil. El resto se lo dividieron los otros tres candidatos, que ya habían decidido, por presiones del Ministro del Interior, sumarse a Gustavo Madero. Al requerirse por lo menos 250 sufragios para ser electo presidente del partido, Gustavo Madero no los alcanzaba ni con el apoyo de los tres dimisionarios. Hicieron falta cinco horas de negociaciones con Gil, al que le prometieron incluir a sus partidarios en el Comité Ejecutivo Nacional, para que éste sumara sus votos a los de Madero. Este último no cumplió lo prometido y Gil retiró la lista de candidatos propuestos.

Tres pifias en una semana, a las que se sumaron los elogios del ex presidente Fox (PAN) al posible candidato priísta; la expulsión del ex presidente nacional del PAN, Manuel Espino, y la publicación de las debilidades gubernamentales en su combate al narcotráfico hechos por la Embajada norteamericana y dadas a conocer por Wikileaks. Sobradas razones para explicar la exasperación presidencial.
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