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UPyD: la verdadera cara del proyecto de Rosa Díez

La mayoría de ustedes ya conocen la historia de UPyD, o más literalmente: el partido de Rosa Díez. Ya saben lo que ha pasado desde 2007 y hay muchos que se preguntan por qué ese partido no levanta cabeza: un diputado en el Parlamento vasco, una diputada en el Congreso de los Diputados, y un diputado en el Parlamento Europeo. Mucho discurso retórico, populista, y muchas más historias y rumores de ruptura, de abandonos sonados, de ataques inverosímiles entre afiliados, de decepción y engaño por parte de la Dirección.

Nosotros, Francisco García y Álvaro Ballesteros, nos conocimos a principios de 2008 después de habernos afiliado a UPyD en 2007, ilusionados por poder trabajar junto a otro montón de gente de todo el país por lo que creíamos era una historia de regeneración democrática y futuro. Francisco García fue el encargado de desarrollar la política de UPyD en el área de Defensa (al tiempo que Rosa Díez era portavoz del Grupo Mixto en la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados), y Álvaro Ballesteros, el encargado de coordinar desde su inicio, la política Exterior del naciente partido. Ambos redactamos las secciones en estas materias (y en otras), del programa de UPyD para las elecciones Generales de 2008, y juntos creamos en 2009 el programa con el que el partido se presentó a las elecciones Europeas de ese año. Escribimos múltiples artículos, colaboramos con muchísima gente, viajamos por el país reuniéndonos con unos y otros en campañas electorales y aprendimos mucho de muchos. Encontramos un montón de gente buena e interesante, con motivos e ilusiones similares a las nuestras; y encontramos también un montón de gente amarga con historias en nada similares a las nuestras, cuyo objetivo era medrar en la política a toda costa, para lo cual se habían fabricado un partido a su medida: ya solo necesitaban votantes fieles, no militantes comprometidos y críticos. Una regeneración democrática, pues, hecha por y para políticos profesionales (unos nuevos y otros muy antiguos), aplaudidos por una masa ilusionada de ingenuos idealistas y, cómo no, de segundones interesados venidos de otros partidos y que buscaban así una posibilidad de “regeneración laboral” en primera persona. “Heroicos regeneradores de la democracia” que encontraron en el apaño con Rosa Díez la vía para evitar el ocaso de su carrera política, al tiempo que ofrecían la coartada para hablar de transversalidad en el nuevo UPyD. Una transversalidad tan retórica y vacía de contenido como el resto del equipaje del partido.



Hizo falta algún tiempo, convivencia y comunicación para darnos cuenta del negocio político que se estaba fraguando por y para los socios de honor de ese Club dirigido por el triunvirato con nombre de diputada. La historia de Rosa Díez, Carlos Martínez Gorriarán y Luis Fabo, el triunvirato todopoderoso, es la historia del “más de lo mismo” que Zapatero descorcha cada mañana en sus ensueños de Peter Pan. La banda de los tres (y sus siervos feudales en cada región) dirigieron el partido desde el primer día basándose en una severa y autoritaria desconfianza hacia todos aquellos que realmente dimos forma al tinglado con nuestra participación e ilusión, esfuerzo, tiempo y dinero. Estos tres nuevos dioses del Olimpo jugaron con las ilusiones de muchos y dejaron en el vacío a los miles de españoles que necesitaban, para seguir sintiéndose ciudadanos de derecho, la aparición de un proyecto nuevo que aportase una dinámica renovadora a la gastada realidad política española.

Nosotros abandonamos juntos el partido, el mismo día en marzo de 2010, incapaces de seguir apoyando a gente sin vocación ni preparación, situados en ámbitos de decisión interna sobre temas clave, sin otro mérito que la relación de mecenazgo del nombrado triunvirato. Fueron duros y largos meses junto a otros militantes, de intercambio de dudas y preguntas sin respuesta; largos meses para comprender que todo lo que se le ofrecía a la sociedad española desde UPyD era una absoluta representación teatral. UPyD, ya no puede ocultar que su realidad es la de un proyecto tristemente abortado por la avaricia de un grupo muy reducido; un proyecto que es además inexistente en multitud de Comunidades Autónomas. UPyD es hoy un partido centralizado por y para el trío afincado en Madrid y que hace aguas en todo el país. Tanto es así que en Comunidades como Andalucía, Extremadura, Galicia, Cataluña, Murcia y Baleares, los aprendices de aparatchiks al servicio del triunvirato (cuatro o cinco personas juramentadas tras sus estancias de adoctrinamiento organizadas por UPyD en Llanes, Asturias) han conseguido reducir el número de afiliados en el partido a cifras esperpénticas. Todo valía para asegurarse el control de la organización antes de que esta empezase a andar (y a generar jugosas subvenciones estatales, dicho sea de paso): candidaturas electorales prefijadas directamente desde la Dirección, primarias falseadas como en Baleares, contradicciones sangrantes entre la propaganda y lo dispuesto en los crecientes expedientes internos abiertos, campañas de desprestigio contra cualquier intento de articular una alternativa al triunvirato, y una falta de transparencia en lo económico que nos hace pensar lo peor.

Todo ello hizo que muchos viésemos la luz de la traición y el engaño. Fue el regalo de Rosa Díez, una verdadera profesional de la política, a los ingenuos ciudadanos que creíamos poder aportar nuestro grano de arena al funcionamiento del país (coto cerrado para los de siempre). Algunos se fueron ya en 2008, muchos más en 2009 (especialmente tras las Europeas y tras un primer Congreso que fue una verdadera oda al fascismo/estalinismo más brutal), y muchos más les siguieron los pasos en 2010, entre ellos nosotros dos. No sabíamos, inmersos en nuestro desengaño, la que nos esperaba: ataques y descalificaciones personales desde la sede del partido contra todos los críticos (a los que Rosa Díez llegó a calificar de “batasunos” en un Congreso al mejor estilo Ceaucescu), y la torticera praxis de envío de comunicaciones vía email en las que no somos parte.

Ahora, ya desde la lejanía de los que nos sentimos liberados de toda responsabilidad política, viene el momento de la visión calmada y del análisis incluso cómico de la realidad del partido con nombre de diputada. Un partido que ha conseguido en tres años poner en fuga a cientos de ciudadanos comprometidos con un proyecto inicialmente novedoso; reducir su militancia a la mitad, y tener ya más detractores (conocedores de su realidad interna) que apoyos. En definitiva, reducir su proyección de futuro a un tercio de los votos que recibieron en 2009. Un partido en perpetua contradicción entre lo que hace y lo que dice; que ya moviliza a menos gente que el de Carmen de Mairena en Cataluña, pero cuya agresiva reactividad supera a PSOE y PP juntos. Un partido que no podrá mantener por mucho tiempo la mascarada porque con los medios actuales los españoles no son tan engañables como antes. Una lección que una política tan profesional como la diputada Díez parece no haber entendido bien. Quizás es por ello por lo que anuncia a los votantes catalanes que dieron recientemente la espalda a su falso proyecto regenerador, que les perdona y que les dará una nueva oportunidad para votar por ella en el futuro. No dirán que la Divina no es generosa, ofreciendo una nueva oportunidad a tantos.

Lo cierto es que, a día de hoy, UPyD es una especie de avión de carga antiguo que se va dejado parte del armazón y la estructura por el suelo al poco de intentar echar a volar. Un avión que lleva entre su carga múltiples incongruencias y contradicciones: un equipaje tan pesado que ni el nuevo Airbus A-380 podría alzar el vuelo con él. UPyD es hoy un partido que critica el desvarío del Estado autonómico, pero que defiende el Estado federal (igual que los nacionalistas cuyo discurso dice rechazar). Un partido que dice defender los derechos de los homosexuales, pero que vota en contra de ellos en el Parlamento Europeo. Que dice rechazar las prebendas de una clase política atrincherada en las instituciones, al tiempo que crea su clase política dentro de las estructuras del partido para asegurarse el control de todo. Que dice escuchar las críticas provengan de donde provengan, pero que luego se llena la boca acusando a sus críticos de ser de “extrema derecha” o “extrema izquierda” para deslegitimar el discurso crítico sin tener que afrontarlo. Un partido que pide transparencia pero que luego presenta cuentas opacas ante sus afiliados, y que hace un Congreso que no pasaría la más mínima evaluación democrática. Un partido que critica a los partidos “tradicionales” por haber provocado la desafección de la ciudadanía con respecto a la política, al tiempo que su propio Consejo de Dirección (presentado en lista cerrada, a pesar de defender las listas abiertas) recibe el apoyo de menos del 30% de los afiliados del partido con derecho a voto. Un partido que alardea de que cualquiera puede presentar su candidatura a los cargos internos, pero que se dedica a expedientar a los críticos antes de las elecciones internas para impedir que estos puedan presentar su candidatura una y otra vez. En fin, una delicia de “regeneración democrática” que hace que hasta Zapatero vuelva a parecer el corderito de Norit en los ojos de muchos ex-afiliados magenta cuando se lo compara con la diputada Díez.

Por todo ello es por lo que nos fuimos de UPyD en su momento, y por lo que ahora nos afanamos en pedir disculpas a la sociedad por haber (inconscientemente) propagado una mentira muy peligrosa. Hoy intentamos corregir el daño hecho exponiendo a nuestra sociedad el verdadero cariz del chiringuito magenta, en la esperanza de que los nuevos partidos que se creen en el futuro no sean nuevas versiones de este descarnado timo del tocomocho. Al fin y al cabo, hemos de recordar que muchos de nosotros nos afiliamos a UPyD porque queríamos impulsar un proyecto regenerador y de esperanza en este país que amamos y que queremos mejorar. Estamos seguros de que la Historia recordará a Rosa Diez y a su galera precisamente por el gran daño hecho a la confianza de tantos que se acercaron por primera vez a la política, y por el daño hecho a la propia regeneración democrática que tanto anhelábamos.

España y nuestra democracia se merecen, sin embargo, que sigamos aportando nuestro esfuerzo común y buscando opciones democráticas mejores. Hoy, a pesar de nuestra diferencia generacional y profesional, nosotros dos reivindicamos que formamos una nueva generación. La de los ciudadanos comprometidos por el futuro de su país, que no tiran la toalla a pesar de haber sido engañados por Rosa Díez y su chiringuito magenta. Somos esos cuyas críticas se quieren ignorar calificándonos de resentidos y de abanderados del “quítate tú para ponerme yo” (precisamente la doctrina enarbolada por el triunvirato y sus seguidores).

Aun así, queremos decir bien alto y claro que nosotros no nos fijamos solo en el dolor por haber sido engañados, y queremos animar a muchos a que hagan lo mismo, recordando la pasión inicial que desprendíamos y la esperanza que sentimos al cogernos de la mano para impulsar lo que creíamos era la mejora del país. Eso no nos lo puede robar ni Rosa Díez, ni su cohorte de paniaguados, ni nadie. Esa ilusión mágica está dentro de nosotros y si seguimos alimentándola, España podrá levantar cabeza y nuestra política podrá ser regenerada. Desenmascarar a los impostores es tan solo el primer paso para intentar impulsar una política nueva, limpia y mucho más transparente. Esa nueva manera de hacer política que nuestro país necesita tan desesperadamente y que, sin duda, España y los españoles se merecen. Nosotros, humildemente y como tantos otros ciudadanos, nos la merecemos.

Francisco García y Álvaro Ballesteros
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