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No se fían, no nos fiamos

lunes 20 de diciembre de 2010, 21:26h
Hasta los que han apoyado la prórroga del estado de alarma tienen serias dudas sobre su constitucionalidad. Restablecida la normalidad del tráfico aéreo, no le ha quedado al gobierno más argumento que el de que no se fía de los controladores, ciertamente poco fiables. Pero esa falta de confianza en quienes organizaron el caos de principios de diciembre no justifica la utilización de una medida tan grave como el estado de alarma que, como excepcional por definición, sólo es constitucionalmente aceptable en casos muy tasados y siempre con un criterio restrictivo. Porque aunque este estado no implique la suspensión de las garantías constitucionales (violadas si se confirma que el CNI escuchó a los controladores), si supone una situación de anormalidad constitucional sólo justificada, en este caso, por “la paralización de servicios públicos” que ni existía ni se daba ya en el momento en que se aprobó la prórroga el pasado jueves. Se ha discutido si fue ajustada a derecho la decisión de declarar tal estado el día 4 de diciembre, pero me parece que nadie discute que la prórroga del día 16 carece de cualquier base constitucional. Una prueba más de la frivolidad con que este gobierno se toma el respeto de la constitución: si le viene bien, es su más devoto defensor, pero si no le acomoda –como en este caso- se pasa a la carta magna por el consabido arco del triunfo.

Sólo queda el argumento de que “no se fían”, nada original por cierto en una situación como la española actual en la que casi nadie se fía de nadie. La falta de confianza es ahora el común denominador del presente: Los mercados y nuestros propios socios europeos no se fían de España (más exactamente de su gobierno) y, quizás por eso, nos tienen sometidos a una especie de estado de alarma virtual y no nos quitan el ojo de encima. Hay también una amplísima mayoría de españoles que no se fían para nada de Zapatero y de sus adláteres y que viven en permanente alarma sin que, desgraciadamente, puedan despedir en buena y debida forma a quienes les han sumido en semejante situación. Algo que en una democracia se hace por medio de unas elecciones generales, de las que este gobierno huye como de la peste porque tiene la seguridad de que, en este momento, las perdería irremediablemente. Y por eso han recurrido al “brujo” Rubalcaba –cada vez más en su papel de delfín asociado al “trono” monclovita- para ver si logra sacarles del hoyo en que les ha metido –y nos ha metido- su patente incompetencia.

Estamos, pues, en pleno estado de alarma “preventivo” hasta el 15 de enero. No deja de ser notable que esta gente que nos desgobierna, -que pusieron el grito en el cielo en contra del ataque “preventivo” contra Sadam Husein (hasta el punto de que en algunas de sus manifestaciones paseaban el retrato del dictador irakí, como si de un héroe se tratase)- se hayan convertido en asiduos ejecutores de todo tipo de actos preventivos: Practican un sistemática “rendición preventiva” ante países como Marruecos, Venezuela o Cuba, tragándose sus bofetadas y mirando hacia otro lado ante las patentes violaciones de derechos humanos que se perpetran en los mismos y ante las ofensas a la dignidad de España a que los dirigentes de los mismos se dedican con asiduidad. Todo les vale con tal de que no se deterioren unas relaciones con estos países tan poco fiables aunque, según ellos y contra toda evidencia, tales relaciones son excelentes. Y ahora nos obsequian con un estado de alarma “preventivo”, por si las moscas vuelven a picar a los controladores. ¿En qué recoveco de la constitución han hallado que se pueda intentar resolver un conflicto laboral –que restablecida la normalidad en el aire, eso es el problema de los controladores- con un estado de alarma? ¿Alguien nos garantiza que lo que el ministro Blanco no ha sabido resolver en más de seis meses va a lograrlo de aquí al 31 de enero? Se ha dicho que “gobernar es prever”, algo que este gobierno no ha sabido hacer nunca en seis años largos. Quizás por eso se dedica a prevenir, algo que se parece pero que no es exactamente lo mismo, sobre todo cuando se hace tarde y con daño.

Hace quince años el académico y político francés Alain Peyrefitte, ya fallecido, escribió un importante libro, La société de confiance, sobre el que habría que volver en estos tiempos de crisis. Su tesis era que “el vínculo social más fuerte y más fecundo es el que reposa en la confianza recíproca –entre un hombre y una mujer, entre los padres y los hijos, entre el jefe y los hombres que dirige, entre los ciudadanos de una misma patria, entre el enfermo y su médico, entre los alumnos y su profesor, entre el prestamista y el prestatario, entre el empresario y sus comanditarios- mientras que, a la inversa, la desconfianza esteriliza”. El daño más daño y más perdurable que ha infligido a España Zapatero durante este ya largo y penoso mandato es el de haber roto los vínculos de confianza que trabajosamente se habían ido tejiendo desde el comienzo de la democracia. La desconfianza se ha generalizado y ahí, seguramente, radica la causa de nuestra presente esterilidad como Nación. Decía Guiglelmo Ferrero –un profesor italiano al que el fascismo obligó a exiliarse- que un régimen ilegítimo, como el que él padeció, se caracteriza por el miedo. El miedo de los ciudadanos respecto del poder, pero también –añadía- el que el poder tiene respecto de sus propios oprimidos ciudadanos. La falta de confianza en una sociedad democrática como la nuestra es tan deletérea como el miedo en una sociedad autoritaria. Pero, atención, porque si la falta de confianza no se remedia, puede derivar en miedo. Y ni una cosa ni otra son compatibles con una democracia saludable.

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