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Josep Maria Flotats, el Midas de la escena

Concha D’Olhaberriague
martes 21 de diciembre de 2010, 21:20h
Sacha Guitry era hijo de Lucien, un afamado actor que triunfaba en la escena parisina allá por los años iniciales del siglo pasado, según comenta José Ortega y Gasset en El hombre y la gente: “Cuando yo era mozolejo y por primera vez visité París, la gran ciudad estaba rendida a Lucien Guitry, el hombre con les yeux en coulisse.”

Padre e hijo ostentaban un notabilísimo parecido físico. Tanta cercanía y afinidad acarreó roces, celos y discusiones. Durante diez años anduvieron distanciados, y se reconciliaron cuando Sacha, en 1918, estrenó Debureau, obra en verso libre inspirada en un malhadado mimo de igual nombre, a la cual consideraba su talismán y fetiche. Con ella se despidió para siempre de la escena el 13 de diciembre de 1953, en Bruselas.

Sacha pertenecía al teatro, y más que todo al espectáculo en sentido pleno. A un período de éxito y reconocimiento le sucedieron años de penumbra laboral a causa de su independencia política.

Con la profesión paterna confluían en su andadura vital las de escritor, dramaturgo, escenógrafo, director, y, posteriormente, realizador y guionista cinematográfico. Sus temas predilectos eran los lances prohibidos de las relaciones amorosas de la clase media alta, la intriga, la traición y la ambivalencia de los personajes históricos del tipo aventurero, cortesano y seductor, en quienes se miraba a su modo.

Uno de ellos fue el refinado dramaturgo dieciochesco Beaumarchais, autor de Las bodas de Fígaro y El barbero de Sevilla, y protagonista de una vida extraordinaria en la que se encadenan de manera vertiginosa y superpuesta el relojero, el traficante de esclavos y naviero, el espía de Luis XV y Luis XVI, el partidario de la Revolución, y su víctima.

Y llegamos así, querido lector, a nuestro tercer hombre, Josep Maria Flotats, el creador de una representación del Beaumarchais de Guitry, espléndida, elegante, divertida y llena de chispa, que está en cartel en el Español de Madrid e irá al Arriaga bilbaíno. Es una coproducción de ambos coliseos.

No es frecuente disfrutar de un trabajo de conjunto e individual en el que se raye en la excelencia; tampoco se dispone siempre de un elenco tan copioso: más de treinta actores que se desdoblan, incluido el propio Flotats en los papeles de Beaumarchais-Guitry.
Al vestuario de época no se le puede formular ninguna objeción. Está a cargo de la figurinista Franca Squarciapino, galardonada con un óscar y procedente, al igual que el iluminador y el escenógrafo, del Piccolo de Strehler, cuyos montajes de Goldoni son memorables.

Los trampantojos digitales evocan con suma eficacia el gabinete de un gerifalte, el camerino de Guitry, estancias del palacio de Versalles o el paso del tiempo. Para lo último vemos un libro cuyas hojas marcan la fecha. El procedimiento procura rápidos cambios de acción y lugar, agiliza el ritmo vodevilesco y a ratos operístico de la obra –subrayado por la música de Mozart, Rossini o Scarlatti- y permite prescindir del descanso.

Por cierto, el protagonista y director no abandona las tablas a lo largo de las dos horas de duración de la pieza.

La ambientación histórica y el vestuario se completan necesariamente con las pelucas de Antoñita, maestra artesana de gran experiencia y destreza cuyos logros están en la exposición “Al teatro por los pelos”, abierta en las salas del Español. Se trata de una muestra de pelucas y posticería (ruego al señor Blecua la inclusión de este vocablo en el DRAE) utilizadas por un ingente plantel de actores.

Yo he de disentir de la valoración tan entusiasta que hace Flotats del escritor Guitry, brillante, no hay duda, pero no de primera. Sus textos narrativos y sus memorias me parecen francamente flojos. Bien es verdad que mejora mucho en las comedias. Recuerdan algo a las de Edgar Neville en España y, sin duda, a las del británico Noël Coward con quien lo ha parangonado el artífice de esta magnífica versión, estreno mundial por añadidura.

Por ello creo que el mérito es, sobre todo, de Flotats. Por su conocimiento y aprecio cordial de la cultura francesa y de la estética del siglo XVIII ha enaltecido a Sacha Guitry con creces. En su caracterización personal echa mano de una sobrenariz perfectamente camuflada. Su talento dramático ha extraído la ironía de los diálogos y atenuado la superficialidad, oculta por el deslumbrante juego de teatro teatralizado que invade desde la candileja hasta las bambalinas y fascina al patio de butacas.

El mundo de la alta sociedad del París ilustrado se plasma en figuras, históricas unas, prototípicas otras, que componen episodios galantes ribeteados de finura y sentido del humor. Así el extravagante y andrógino caballero d’Éon, las damas desenvueltas, los lacayos. La escena de Benjamin Franklin con su nieto haciendo de traductor innecesario es hilarante.

El fantasmagórico cuadro final de Molière, Deus ex machina, acogiendo a Beaumarchais-Guitry en la Academia y rehabilitándolo frente a sus detractores pone un vistoso y eficaz colofón a la fiesta de Talía.

Semejante al legendario rey frigio Midas, quien convertía en oro lo que tocaba, Josep Maria Flotats obra el prodigio.
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