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¡Cuidado, llegan las Navidades!

miércoles 22 de diciembre de 2010, 13:38h
Imagino que al gobierno de ZP le encantaría cambiar el nombre a estas fiestas y llamarlas “fiestas del solsticio de invierno”, en aras de su tan ferviente laicismo y en aras también de su absurdo empeño en negar la cultura y la historia. Y hablando de historia, la Navidad, aunque parezca extraño, es heredera de las bacanales romanas, llamadas así en honor de Baco, el Dios romano del vino, del placer y del desenfreno. Poco después de que el cristianismo se convirtiera en la religión del Imperio, las bacanales paganas fueron sustituidas por la Navidad cristiana, fiesta que conmemora el nacimiento de Jesús. La verdad es que resultó algo forzada la sustitución, porque es seguro que no nació en Diciembre sino a finales de verano, fue entonces cuando probablemente se llevara a cabo el censo de Octavio en Judea referido en el Evangelio y que motivó el desplazamiento de José y María a Belén.

Nuestra cultura, como la práctica totalidad de la cultura europea, se asienta en los valores del humanismo cristiano, y España es, se quiera o no, se practique o no, un país cristiano. Lo es sobre todo en sus adentros, en su inconsciente colectivo, en su tejido profundo, en el tuétano. Estas fiestas tienen para millones de personas una dimensión trascendental y junto con la Semana Santa (“fiestas del equinoccio de primavera” en la terminología de ZP), representan el núcleo de la fe cristiana. Pero no es menos cierto a la luz de lo que vemos estos días en las calles, en las casas, en los comercios y en cualquier lugar de ocio, que la Navidad conserva todavía mucho de la fiesta pagana que se celebraba en el Imperio Romano a finales de Diciembre, cuando por fin los días dejaban de menguar y la luz iba ganando tiempo a la oscuridad. Hasta en los detalles más significativos, dos mil años después, se advierte aún esa doble vertiente pagana y cristiana. Por un lado el Belén, con José, María y el Niño en el establo; por otro el árbol con bolas de colores y adornos colgados, costumbre ancestral de muchos pueblos antiguos y también de los romanos. Pero vivamos la Navidad de una u otra manera, como paganos o como cristianos, deberíamos tener siempre en cuanta algunas cosas para disfrutar de estas fiestas de una forma saludable y en paz.

En primer lugar conviene evitar los excesos. Y en Navidad todo suele ser excesivo: gastamos más de lo que debemos, comemos más de lo conveniente y bebemos como cosacos. El consumismo, esa enfermedad social que afecta gravemente a los países ricos de occidente, se hace especialmente evidente cuando llegan estas fechas. Lamentable y vergonzosa enfermedad porque cuando media humanidad se muere de hambre, la otra media sufre de opulencia. “Nada en demasía” es una sabia sentencia de Sócrates que debiéramos considerar durante estos días. Los excesos comprometen nuestra salud física y también la psicológica. De la satisfacción al hartazgo hay solo un pequeño paso, y esto es válido para todo lo placentero, no sólo para la comida.

Las navidades son también propicias para la melancolía, porque solemos en ellas mirar al pasado y tomar consciencia de la pérdida de los seres queridos que ya marcharon. Para los niños son sin embargo fiestas llenas de ilusión, porque aún no tienen edad para haber sufrido muchas pérdidas, pero, sobre todo, porque viven en el presente que es festivo y en el futuro a la espera de los Reyes Magos. Deberíamos aprender de ellos y no anclarnos en una temporalidad de pasado, deberíamos mantener una parte niña dentro de nosotros mismos donde habite la ilusión. Por cierto, en España se da en estos días un fenómeno social muy interesante, me refiero a la lotería de Navidad, que no se parece en nada al resto de los sorteos. Todo el mundo participa de un juego en el que lo que compramos es ilusión, tan necesaria para nuestra mente, porque no sólo de razón vive el psiquismo humano.

Cualquier época del año es buena para mostrar el cariño a las personas queridas, cualquier periodo es bueno para tener un detalle con ellas, pero en estos días se echan de menos si no se tienen. Los regalos tienen esa función y merece la pena dedicar un tiempo para escoger el regalo adecuado para la persona a la que queremos mostrar nuestro afecto. Las mujeres que saben más del valor de los detalles lo tienen claro, los hombres andamos con frecuencia perdidos en esos menesteres.
Pero si por algo se caracterizan las fiestas navideñas son por las reuniones “megafamiliares”, en las que se reúnen abuelos, padres, hijos, nietos, cuñados, concuñados, sobrinas, suegras, nueras y algunos más. Estas comidas son situaciones potencialmente peligrosas, de alto riesgo, situaciones en las que podemos decir aquello de “aquí huele a gas”, y, ya sabes, si huele a gas que no salten las chispas. Cuidado, prudencia, tengamos la fiesta en paz y que de verdad sea Nochebuena.
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