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CONCLUYE LA SEMANA SANTA

viernes 21 de marzo de 2008, 21:20h
Bertrand Russell y Severo Ochoa, por citar dos mentes poderosas, no creían en Dios ni en el más allá ni en el alma inmortal. Frente a ellos y a otros muchos, filósofos y teólogos de relieve, a lo largo de milenios de Historia, han defendido la existencia de Dios, la vida después de la vida y la inmortalidad del alma. Son dos posiciones inconciliables, puesto que la primera, como explicó Ortega, aunque esgrima argumentos racionales, se basa también en la fe. Laín Entralgo, el querido amigo al que todos los días recordamos, se reafirmaba en ¿Qué es el hombre? en sus posiciones de Cuerpo y alma, en línea con la doctrina de Zubiri y en cierta forma con la de Karl Rahner, pero, entre veladuras, abría un camino nuevo. Dios existe. La razón no acepta que el universo se haya producido por «casualidad» y que no tenga un Creador cuya dimensión no podemos entender y al que llamamos Dios. Pero eso no quiere decir que el espíritu, el alma del hombre sea inmortal. Resulta compatible que Dios exista y que la vida del hombre, como la del resto de los animales, termine definitivamente con la muerte. Algo hay en Malraux de esta idea. Y en Undset. Y en Reymont. También para Mauriac, para Péguy, la existencia de Dios como racionalidad se compatibiliza con las dudas sobre la inmortalidad del alma. La serenidad de Laín y su pensamiento profundo abrieron en la vida intelectual española una nueva meditación galopante. Laín, como Zubiri, matiza pero no niega la vida perdurable. Cree en el hombre a imagen y semejanza de Dios. Cree que es «titular de una vida que no muere con la muerte». Laín, que tenía en la mirada algunas heridas sin cicatrizar, abrió la zozobra intelectual a muy diversos e inacabables horizontes desde ¿Qué es el hombre?, ensayo antropológico de alta temperatura filosófica, escrito con intención de mascarón de proa para que le azote la tormenta. Incluso los que creemos que Dios existe y que el alma es inmortal, debemos meditar sobre la tercera vía ahora que concluye la Semana Santa, con la resurrección para los cristianos del Hijo de Dios.
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