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Problemas de identidad argentinos

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
En Argentina se libran muchas batallas en nombre de la identidad. Como bien supieron ver los intelectuales que viajaron a principios de siglo desde el viejo continente al gigante del sur del mundo: este es un país que todavía no es, que se busca a sí mismo. Donde Gombrowicz y Ortega pusieron el dedo es justamente lo que hoy es su llaga.

Arden viejas llamas en el momento del bicentenario una definición de país que, cuanto menos, es difusa y compleja, que parece nacer en Buenos Aires pero que no se agota en la provincia. Que desde los Andes al Atlántico siembra multitud de formas de vida, de climas, de razas y de tradiciones mezcladas, o no. Entre Iguazú y Ushuaia no sólo hay una cifra inimaginable de kilómetros, sino que hay un país en constante lucha consigo mismo, en constante construcción y deconstrucción (en el doble sentido arquitectónico y ontológico postmoderno): ese es el quid de su antropología social. Quizá se trate de una nación indefinible, como lo es el partido político que orquesta el país desde hace décadas: el peronismo. Nadie sabe lo que es ni lo que piensan los peronistas, ni cuál sea su ideología,... pero los votan.

La llaga sangra en miles de familias que buscan a sus parientes entre los desaparecidos y los robados durante la pasada dictadura. La búsqueda de la identidad es una cuenta pendiente actual heredada de las atrocidades nazis. Es tal, es tan inmensa la sangre derramada (física y simbólicamente) que toca tan brutalmente el alma de los que pierden a un familiar en la indefinición, que es una de las formas de tortura prolongada más crueles del siglo XX.

La llaga escuece sin embargo con otro problema que la propia sociedad, y en particular la política, ha alimentado sin tregua. En una formulación facilona y universalista se podría hablar de “el anonimato del hambre”, el hecho de que cierta parte de la sociedad nunca se acuerde de los que tienen hambre. Pero en este país se da el giro de tuerca por el cual la sociedad quiere olvidar pero los políticos no. De este modo mantienen, a sabiendas, con alevosía, a una parte de los ciudadanos en el anonimato burocrático. Se trata de las hordas humanas sin identificar de los suburbios, villas miserias que por su condición de pobres y por el grado de exclusión social en el que nacieron, no fueron inscritos en ningún registro: son medio millón de indocumentados. Así es como el sistema mantiene fuera de las estadísticas a la miseria, eliminando para los que excluyen el propio hecho de la exclusión; mientras, muchos luchan contra ella visibilizando el problema y la solución (véase el trabajo de Instituto para el Desarrollo y Estudios de Política Pública con sede en Buenos Aires)

Son muchas las llagas pero uno es su factor común. La necesidad humana de construir una identidad es primaria, ahora bien, la identidad si no es sociabilizada, no es. Como dice el filósofo español Ignacio Gómez de Liaño, los griegos enseñaban a sus ciudadanos a ser un “quien” así como a ser “cualquiera”. La polis era el lugar para crecer como un quien al que todos reconocían (motivo por el cual Sócrates, condenado a muerte por la ciudad de Atenas, se niega a huir, pues en cualquier otra polis no sería nadie o más bien, sería otro que Sócrates). Ahora bien, ser un quien es un esfuerzo, tanto individual como grupal, social, por eso, la propia cultura griega preveía ritos para descansar. Pero, ¿cómo se descansa de la propia identidad, del lugar social? Se trata organizar festejos en los que la propia ciudad organizaba momentos y medios (drogas y rituales) para descansar y dejar de ser ese “quien” para convertirse en “cualquiera”, un cualquiera que todos olvidarían al despertar de la orgía. Y ya descansados, volverían a ser los de siempre, aquellos que todo el mundo espera encontrar a la vuelta de la esquina.

Hoy no vivimos en polis y hemos perdido los usos sociales para ser culaquiera una vez al año; lo que si conservamos es la enseñanza griega de la necesidad de ser un quien en sociedad. Y ese reconocimiento debe ser personal e institucional: sin identidad no somos nadie, ni como individuos ni como sociedad.
Feliz 2011
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