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Naciones y estados

lunes 03 de enero de 2011, 21:39h
El flamante presidente de la Generalidad de Cataluña se ha descolgado en su discurso de toma de posesión con una gastada teoría sobre pueblos, naciones y estados, que no aguanta el más somero análisis histórico o jurídico-político, como suele ocurrir, por otra parte, con todos los andamiajes conceptuales sobre los que intentan fundamentarse los nacionalismos. Contrapone Mas la “milenaria tradición de los pueblos y naciones por encima de los Estados” que, según él, son “construcciones artificiales”. Se sitúa así en la tradición romántica alumbrada en Alemania a finales del siglo XVIII, según la cual según la cual cada pueblo o nación (Volk) y todas sus manifestaciones culturales, sociales e incluso políticas, como su lengua o sus instituciones no son sino la emanación de un “espíritu nacional” (Volkgeist) eterno e imperecedero que transita por la historia siempre idéntico a sí mismo, aunque se adapte a las diferentes situaciones de los cambiantes tiempos. Ese nacionalismo identitario -que no puede entenderse sin las fuertes connotaciones racistas, de superioridad étnica y de culto a la violencia y a la dominación de los pueblos “inferiores”- desembocó en el siglo XX en el nazismo, con todos sus horrores. Nada tiene que ver con ese concepto de nación el que se genera en Francia, despojado de rasgos identitarios y basado en el imperio de la ley y en la voluntad de ser y convivir. “Haber hecho grandes cosas en el pasado y querer seguir haciéndolas en el porvenir”, que dijo Renán o, en la fórmula orteguiana, “un proyecto sugestivo de vida en común”. El primero de esos conceptos desemboca necesariamente en el conflicto, el segundo está en la base de las grandes empresas históricas como las que han llevado a cabo los anglosajones, la España anterior al siglo XX o la propia Francia en sus mejores momentos.

Resulta, además, un tanto extraño por no decir directamente que ridículo, referirse a Cataluña como una realidad nacional milenaria y presentarse a continuación como “un constructor de Cataluña, de la nación catalana”. Si se trata de una realidad milenaria, ¿cómo es que hace falta seguirla construyendo? ¡Ni las catedrales medievales tardaban tanto en terminarse! La realidad es mucho más simple: Cataluña tiene una indudable personalidad como pueblo pero ni es ni ha sido nunca una nación, al menos en el sentido fuerte, político, con que utiliza ese término la ciencia política o el derecho constitucional. Incluso en la Edad Media en la que el concepto de España, sin desaparecer, se convierte en algo así como el telón de fondo de los llamados Cinco Reinos que compartían el solar ibérico, Cataluña era, y así era vista por los propios catalanes, como una parte de España. Nunca sintieron aquellos catalanes una contradicción insalvable en ser, a la vez, catalanes y españoles, como aquel conde Borrell que visita al emperador alemán y se presenta así. “Yo soy un conde de España, de la tierra de Cataluña, que se llama el Conde de Barcelona” o como cuando Jaime I pide apoyo a sus nobles “por salvar a España… y para que España sea salvada”.

O como cuando Pedro III emprende el viaje a Francia para responder al desafío de Carlos de Anjou con estas palabras: “Voy a defender el honor de España”. Por eso sólo se puede considerar ridículo, además de falso, que hasta algún consejero del nuevo gobierno catalán se adorne la escasamente amueblada testa con esa mayúscula estupidez de “Catalonia is not Spain”. Antes decían que el nacionalismo se curaba viajando, pero hay quienes viajan y les resbala todo lo que ven. Lo que necesitan estos ignorantes políticos es, sobre todo, leer. No les vendría mal, entre tantos otros, el libro del profesor Luis González Antón España y las Españas, que lleva un significativo subtítulo: Nacionalismos y falsificación de la Historia, porque en eso de falsificar la historia los nacionalistas se lo saben todo. Pero me parece que esperar a que esta gente lea es como pedir peras al olmo. Además de leer hace falta, claro está, unos mínimos criterios morales que impedirían hacer del nacionalismo un mecanismo para beneficiarse del poder.

Por otra parte, calificar a los Estados de artificiales frente a la supuesta “naturalidad” de los pueblos y naciones, como afirma Mas, es otra solemne tontería. La eternidad no es, ciertamente, una categoría de este mundo y se ha podido decir que la Historia es un vasto cementerio de civilizaciones pero también de pueblos, naciones y, desde luego, de Estados. Todas esas categorías son productos históricos que lo mismo que nacen pueden desaparecer o integrarse en otros conjuntos o asumir formas y estructuras diferentes. Pero calificar a los Estados de artificiales es una enorme simpleza que desconoce cómo se han construido (sí, construido, porque son obra humana y no de ningún espíritu eterno) los grandes Estados de Europa occidental, que es donde nació y se desarrolló esa forma política. No hace falta llegar a aquella máxima de Hegel que definió al Estado como “la marcha de Dios sobre la Tierra”, máxima que es la raíz de los totalitarismos, para reconocer que el Estado ha sido un gran instrumento, utilizado en unas ocasiones al servicio de la libertad y la prosperidad y, en otras, al de la opresión y la dominación despótica. Esto último, como muestra la historia, siempre que se ha simbiotizado con el nacionalismo. Además, lo más curioso es que estos nacionalistas, como Mas, que para ensalzar a la nación no vacilan en vituperar al Estado, tildado de “artificial”, tienen como oscuro objeto de sus deseos la de conseguir un Estado propio. Despectivamente afirman que España no es más que “un Estado artificial” pero ¡quién pescara l’Estat catalá! Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Pero es evidente que estas reflexiones ni le importan ni le interesan a Mas ni a sus “engorrados” consejeros del “Catalonia is not Spain”. Mas está a lo suyo, a conseguir “la plenitud nacional de Cataluña” Hasta es posible que, como nuevo rey Arturo, esté buscando la mítica espada Excalibur empotrada en la roca que, al ser liberada, le dará la legitimidad para “reinar” sobre su pueblo. (Por cierto, ¿por qué se empeñan tantos locutores en poner el acento tónico en la “A” del catalán Artur? Porque ni él ni el legendario rey británico –que era celta- son anglosajones).
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