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Lo distintivamente humano

martes 04 de enero de 2011, 17:15h
Cierra el canal informativo CNN+ y es sustituido por una emisión de 24 horas de Gran Hermano. Siempre he pensado que en la vida hay que aportar más de lo que falta, que de lo que sobra, independientemente de modas o aceptaciones sociales. Me preocupa, y mucho, los modelos sociales reinantes y los valores humanos que se trasmiten, especialmente, a los más jóvenes. Como de superficialidad, banalidad y reduccionismos el mercado está saturado, voy a tratar de ofrecer alguna idea que vaya justo en la dirección opuesta, para intentar equilibrar un poco la balanza.

De entrada soy un firme convencido del dinamismo antropológico, esto es, de un amplio margen de libertad que la persona tiene para formarse a sí misma. Evidentemente no somos totalmente libres, pero sí tenemos ciertos márgenes de libertad, posiblemente más extensos de lo que creemos. Primera idea pues importante, tenemos nuestro margen de libertad, aprovechémoslo, somos los únicos seres de la creación que disponemos de esta grandeza, también a veces miseria, siempre responsabilidad. Pero, a qué apostamos nuestra vida, a qué la ponemos, en qué la invertimos…, qué nos hace más nosotros, más humanos. Siempre me llamó la atención el Prefacio con el que Rousseau comenzaba su gran Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres: “El más útil y menos avanzado de todos los conocimientos humanos me parece ser el del hombre”. Por algo el ginebrino es uno de los grandes pensadores de la historia, qué razón tenía -incluso pasados doscientos cincuenta años-, pues estamos igual, no hemos avanzado mucho y sigue siendo el más útil y necesario de los conocimientos. Rousseau recurría mucho a Buffón, en este caso también lo hace y cita su obra De la naturaleza del hombre: “demasiado ocupados en multiplicar las funciones de nuestros sentidos y en aumentar la extensión exterior de nuestro ser, raramente hacemos uso de ese sentido interior que nos reduce a nuestras verdaderas dimensiones y que separa de nosotros todo cuanto no lo es”. Segunda idea a retener, sí se quiere hacer algo en la vida que merezca la pena, no se puede vivir de fuera a dentro, la clave no está en el exterior, siempre está en lo que sale de nosotros.

Sigamos avanzando, no conviene olvidar que, en gran medida, somos lo que hacemos, en nuestros actos nos definimos, nos acercamos más -o nos alejamos más, según actuemos- de lo que realmente somos y podemos ser (el señalado dinamismo antropológico). Todos sabemos que hay acciones en las que nos fallamos, nos traicionamos a nosotros mismos, al igual que hay otras en las que nos reafirmamos, apostamos fuerte por aquello por lo que merece la pena luchar. Nuestros actos nos comprometen, pero sobre todo nos definen y nos perfilan, nos creamos haciendo. Tercer principio relevante, que en nuestras acciones vayamos detrás nosotros mismos, no cometamos pequeñas o grandes auto traiciones.

La generosidad es lo más distintivamente humano, como el egoísmo es lo que más nos deshumaniza. En la mayor parte de nuestros conflictos, la última causa suele estar en el egoísmo. Los mayores enemigos a nuestra humanidad posiblemente se encuentren en dos grandes focos: el egoísmo y el miedo, incluso el miedo puede encontrar parte de su razón de ser en el egoísmo. Los grandes logros de la humanidad, lo mejor que los demás nos han aportado y han enriquecido nuestras vidas, suele ser fruto de sus contrarios, esto es, de la generosidad y del valor. Tengo pocas dudas que el siglo XXI, especialmente por el enorme potencial de desarrollo material alcanzado, precisa de enormes dosis de generosidad y valor, siempre guiados, para que sean eficaces, por la inteligencia, pero ésta es más medio que fin. El impulso de la vida, de lo distintivamente humano, nos obliga siempre a salir de nosotros mismos (ex-istir, el egoísmo sólo es sub-sistir). El egoísmo es laberíntico, decía Ortega y Gasset, por eso hoy la desorientación es grande. En mitad de la Gran Guerra (1916) Russell escribía su magnífica obra Principios de reconstrucción social y prácticamente concluía con estas palabras llenas de sabiduría: “Pero en orden a promover la vida es necesario dar valor a algo más que a la vida solamente. La vida consagrada a la vida es animal, sin ningún real valor humano, incapaz de preservar a los hombres permanentemente del fastidio y del sentimiento de que todo es vanidad. Si la vida ha de ser plenamente humana debe servir a algún fin que parezca en cierto sentido fuera de la vida humana”.

La grandeza y la miseria son partes intrínsecas de la naturaleza humana, como el bien y el mal, pero nuestra humanidad más plena radica en hacer de nosotros mismos lo que podemos llegar a ser, para nosotros y, no lo olvidemos, para los demás. Esto nace de un impulso y una decisión individual, solitaria, para luego buscar buenos compañeros de viaje, que siempre los hay, que nos hagan crecer -la soledad tiene sus momentos, al igual que la compañía-. No vivimos buenos tiempos para hablar de la grandeza que hay en todo ser humano, frente a tanto entorno mediocre y reduccionista. Sartori nos advertía de los peligros antropogenéticos de los medios de comunicación de masas en su Homo videns (ed. Taurus, 1998). Estoy convencido que en este peligroso ambiente social y mediático, que busca reducir a la persona a su dimensión más animal y menos distintivamente humana, surgirá nuevamente -siempre sucede en la historia en épocas de crisis- lo mejor de nosotros mismos.

David Ortega Gutiérrez

Catedrático de Derecho de la URJC

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