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Barbas árabes

lunes 17 de enero de 2011, 21:17h
Las dictaduras árabes, coronadas o no, vienen formando parte del paisaje internacional de una manera tan natural como permanente y consolidada. Dan toda la impresión de estar ahí para siempre, como las montañas del Atlas, las arenas del Sáhara o las fluyentes aguas del Nilo. Vacunadas contra el cambio -sobre todo si es un cambio hacia la libertad y la democracia- nadie espera otra cosa que la cotidiana represión y la desaforada corrupción en beneficio de unos pocos. Las dinastías o, donde no las hay, los clanes, monopolizan y exprimen el poder al servicio de sus intereses con una maquiavélica eficacia. Todo funciona en ellas de acuerdo con las reglas establecidas por el dictador que reúne en sus manos más poderes y competencias que un emperador romano, sin someterse a esas pesadas bromas occidentales que son la separación de poderes, el imperio de la ley o los derechos humanos. Como tributo a las modas imperantes no tienen inconveniente en introducir a las urnas en sus teatrales procesos políticos, pero manejan esos artilugios de tal manera que son los ejemplos más depurados de eso que los politólogos llaman “democracias electorales”, que tienen de las auténticas democracias la apariencia del rito pero sin el menor atisbo de la sustancia. Nada queda en ellas al albur del azar. Nunca hay sorpresas, todo está previsto y controlado. Ni siquiera cuando el dictador muere, porque siempre queda el recurso de echar mano del hijo, como heredero natural, según pretenden Mubarak o Gadafi. Habrá que recordar que el último dictador árabe derrocado, Sadam Husein, lo fue a costa de una discutida y sangrienta guerra internacional. Desde dentro tal caída hubiera sido más bien inimaginable, golpes palaciegos aparte, que siempre caben en este tipo de regímenes.

Por todas esas características “naturales” de tales dictaduras, ha causado sensación la caída de la dictadura tunecina de Ben Alí que nadie preveía y, menos que nadie, los países occidentales que estaban encantados con un dictador que garantizaba la estabilidad –esa palabra sagrada en las relaciones internacionales- y que, además, mantenía a raya la amenaza del fundamentalismo islámico. La brutal represión y la sistemática violación de los derechos humanos no preocupaban mucho en Occidente, a pesar de las hipócritas prédicas. Si durante la Guerra Fría las grandes democracias toleraban todas las barbaridades de las dictaduras, con tal de que hicieran profesión de antisovietismo, ahora todo vale si el régimen en cuestión toma posiciones contra los yihadistas, reales o imaginados. Es en ese marco en el que Ben Alí ha podido mantener su poder absoluto durante 23 años. Tampoco importaba mucho la escandalosa corrupción de la que se beneficiaba el clan de los Trabelsi, la familia de la más que poderosa esposa de Ben Ali, Leila.

Hace unas pocas semanas se vendía en las librerías parisinas, con gran éxito, un libro sobre la ya exprimera dama tunecina con el expresivo título de La Régente de Carthage. Main biasse sur la Tunisie, que narra la entrada a saco en la economía tunecina de esta aprovechada familia. Por cierto que la señora de Ben Ali, que es diplomada en Derecho, intentó ante los tribunales franceses, sin éxito, que el libro no circulara. Los autores, Nicolas Beau y Catherine Graciet, son especialistas en el Magreb y en 2006 publicaron otro sabroso libro titulado Quand le Maroc sera islamiste. Beau, con otro especialista en la zona, Jean Pierre Tuquoi, habían publicado ya otro libro sobre Túnez titulado Nôtre ami Ben Ali. Por cierto que Tuquoi es autor de un tercer libro, indispensable para conocer el Marruecos actual, también publicado en 2006, que lleva por título una frase de Chirac a Mohamed VI: “Majesté, je dois beaucoup à votre père…”. El subtítulo no es menos significativo: France-Maroc, une affaire de famille. Una foto de los dos jefes de Estado dándose un protocolario beso es la ilustración de portada.

Que el yihadismo o fundamentalismo islámico es un peligro real contra Occidente, nuestros valores (si es que seguimos teniendo valores) y nuestro modo de vida es un hecho incontestable. Pero en esa lucha no vale todo y, desde luego, no vale apoyar regímenes que oprimen a su propia población, con el pretexto de la estabilidad. Sin embargo, con los dictadores árabes se ha practicado lo que, en 1949, decía Dean Acheson, secretario de Estado norteamericano cuando se le reprochaba el apoyo a Tito, que acababa de romper con la Unión Soviética: “El dictador yugoslavo puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Amparar a “nuestros hijos de puta” no es moralmente aceptable, aunque sea muy cómodo. Además, siempre se acaba con las vergüenzas al aíre, como le ha pasado a la ministra francesa de Asuntos Exteriores, Michèle Alliot-Marie, que todavía el martes pasado, ante la Asamblea Nacional, incapaz de prever la caída de Ben Ali, ofrecía “la cooperación policial francesa” a la que atribuía capacidad suficiente “para solucionar situaciones de seguridad de este tipo”.

Se plantea ahora la cuestión de si el ejemplo tunecino cundirá y podrá influir en otros países del mundo árabe, sobre todo porque, como es sabido, también ha habido incidentes en Argelia y en Egipto la inquietud es creciente. Pero los expertos opinan que cada país tiene sus propias características y el contagio es poco probable, dada la capacidad represiva de estos regímenes. Lo que está claro es que el fundamentalismo está al acecho –en el Magreb por medio de ese extraño grupo, Al Qaida del Magreb Islámico, que hay quien dice que de Al Qaida solo tiene el nombre, pero cuya peligrosidad es evidente- aunque en Túnez, precisamente porque Ben Ali le ha mantenido a raya –cara y cruz de las dictaduras- no ha tenido participación aparente en la revuelta que ha derrocado al dictador. Los tunecinos que se han echado a la calle quieren una democracia sin adjetivos y nno se ha oído que nadie reivindique la sharia. No sabemos qué va a pasar en Túnez (en horas, Ben Ali ha tenido dos sucesores) pero los países occidentales solo pueden apoyar fórmulas democráticas. Sin subterfugios dictatoriales. Sería terrible que aceptáramos la idea de que frente al islamismo radical lo mejor es mantener las dictaduras. Y sería también deseable que los demás países árabes aprendieran la lección tunecina. Aunque en Túnez no parece que se practica el uso de la barba, esos otros países podían aplicarse el conocido refrán: “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar… echa las tuyas a remojar”.
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