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¿Qué ha sido de Miguel Hernández?

viernes 21 de enero de 2011, 22:24h
El año 2010 hemos celebrado el centenario del nacimiento del poeta Miguel Hernández. La literatura y el arte permiten utilizar un particular baremo cuando de medir la realidad se trata. Pueden los autores seguir siendo actuales, por mucho que haga de su muerte. Pero no sé si Miguel Hernández ha alcanzado ya ese limbo. Dudo de que haya ascendido a estar más allá del bien y del mal, allí donde el juego biográfico cae en el olvido y únicamente su texto arrastra nuestro ánimo. No sé, pues, si Miguel Hernández ha muerto plenamente.

Cuando me acerqué en el colegio a los primeros textos literarios hacía 73 años que había muerto Zorrilla. Yo pasaba muchas mañanas, de la mano de mi padre, por delante de la casa que habitase. Una enorme placa lo recordaba y aún lo recuerda. Zorrilla era ya entonces una antigualla, una página de historia ¡Y qué enorme importancia tuvieron José Zorrila y su poesía!: la mayor representación de nuestro romanticismo historicista, la mejor representación de las tendencias parnasianas premodernistas, la más interesante muestra de la leyenda decimonónica.

¿Hubiera habido capacidad de convocatoria en 1955 José Zorrilla? Ya estaba muerto física y poéticamente. ¿Lo está hoy Miguel Hernández? Miguel (seguimos llamándolo Miguel, como a Federico, como a Vicente, como a Dámaso aún los llaman los que fueron sus amigos), aún aletea entre nosotros. Ninguno supongo que conociéramos a Hernández. Cuando falleció yo no había nacido. Mis padres acababan de conocerse. Tampoco habrían nacido la mayoría de mis lectores. Pero hay algo en su figura, en su personalidad y, desde luego, en su poesía, que lo hacen acompañarnos en la vida cotidiana. No puede ser su entusiasmo. Entusiasta era Zorrilla. A punto de morir, todavía escribe un largo poema, “La ignorancia”, que encandila al lector por su empuje, por su garra, por su gana de vivir y de enfrentarse a las dificultades sociales. Tampoco puede ser su defensa de capacidad de denuncia ni su fuerza acusatoria, compartidas con Zorrilla. No hablemos de la capacidad de versificación, de la perfección del ritmo versal, de la fuerza de las metáforas. Todo estaba en el Zorrilla definitivamente encuadernado de 1955.

La vida presente de Miguel Hernández no creo que se deba a su militancia política, ni a su muerte injusta en plena juventud (aunque algo de mito romántico indudablemente tenga), porque otros autores murieron en plena juventud o fueron militantes entregados. La vida de Miguel se sostiene porque supo llevar al verso la coherencia de una militancia con la constancia de la derrota, el contraste del entusiasmo y el cansancio, el convencimiento del fracaso presente y el futuro posible. Por eso, con lo hermoso que es un libro como El rayo que no cesa, el gran poeta que tiene aún vida para convocarnos está en El hombre acecha y en Cancionero y romancero de ausencias.

¡Qué impresionante poema es la “Canción primera” que abre El hombre acecha. Constata la ruptura entre la naturaleza, el universo, y el ser humano. Rompióse aquella conjunción universal que tanto reclamaron los poetas románticos alemanes.

Podemos pensar en que el hombre se ha animalizado, y es así porque, manteniendo la característica que lo distingue de los otros animales, el canto, ha puesto por delante otra de sus características antes olvidada: “El animal que canta: / el animal que puede / llorar y echar raíces, / rememoró sus garras”. ¿Cuál es el efecto de haber recordado que tenía garras? Que no reconoce ya ni amistad, ni amor, ni cariño alguno. El poeta es consciente de que él mismo, partícipe de la guerra, es protagonista de la transformación.

Miguel no contempla desde lejos, no considera que los demás son culpables y que él ya lo advirtió (como hicieran en sus textos pacifistas Romain Rolland o Stefan Zweig), sino que confiesa que es partícipe de la crueldad puesta en marcha: “He regresado al tigre. / Aparta, o te destrozo”. Por eso concluye con dos versos tremendos: “Hoy el amor es muerte / y el hombre acecha al hombre”.

El ser humano contemporáneo se ve inmerso, por acción o por omisión, en un alejamiento del hombre. El campo se retira ante la invasión de las garras. En esta actualidad, en este expresar la inquietud y el pavor de la contemporaneidad se sostiene la vida presente de Miguel Hernández. No sólo porque sea su obra consciente de la ruptura, sino porque consiguió expresarla en síntesis poética que se mantiene válida. Lo sentimos vivo, porque nos duelen cada mañana las garras clavadas en las palmas de nuestras manos apretadas. Visto así, uno quisiera que Miguel pasase definitivamente a las estanterías.
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