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Los lugares de la pena

miércoles 26 de enero de 2011, 12:31h
Hace unos días apareció en el diario El País, en su sección de Vida y Artes un amplio artículo titulado ”El papa concluye la reforma de la eternidad”. Bajo la delicada ironía que despunta en el título y la apariencia de comentario de actualidad su autor presenta las recientes declaraciones del pontífice romano sobre la naturaleza del purgatorio. No se trata de un lugar físico, ha matizado Benedicto XVI, donde se padece dolor corporal provocado por las llamas, semejantes a las del infierno clásico, sino de un lugar espiritual y de un fuego interior que induce, por tanto un dolor moral, una pesadumbre por las faltas cometidas, en fin, arrepentimiento por el mal causado y las ofensas inferidas. Las aclaraciones del papa sobre el purgatorio culminan los esfuerzos que los teólogos católicos vienen haciendo para reajustar algunos dogmas básicos del cristianismo a los tiempos modernos. Lo curioso es que estas revisiones se llevan a cabo sobre aquellas instituciones e ideas de raíz cristiana que no han podido ser asimiladas por nuestra modernidad. El progreso, la libertad, la igualdad, la fraternidad o solidaridad, pálida copia de la caritas o amor de Dios, el proceso histórico como una saeta orientada hacia el fin glorioso de los tiempos, idea reciclada como inspiración de las utopías sociales fueron valores e ideales asimilados sin problemas. Y nos encontramos ahora con que son precisamente las instituciones del castigo, de la pena, de la represión, que diría un progresista bien-pensante, las que es menester redefinir para acomodarlas a la imaginación racional de nuestras sociedades postindustriales.

Me temo que el papa no va a conseguir su propósito. Aunque el infierno y el purgatorio se conviertan ahora en espacios de dolor virtual, va a seguirnos pareciendo que son más bien prescindibles, incluso obsoletos para decirlo con este viejo término que ha recuperado de pronto cierto brillo. Lo digo porque recuerdo que fue muy mal recibida la declaración del anterior papa cuando en los noventa salió al paso de una corriente de pensamiento dentro de la Iglesia que afirmaba que el infierno no existe o que en el mejor de los casos está vacío. Juan Pablo II afirmó entonces que el infierno existe y que a él van los pecadores.

¿Quién necesita un infierno o un purgatorio? ¿Y para qué lo necesitaríamos? Es curioso que, como idea, como espacio abstracto del mal, no vamos a poder deshacernos de él, como demuestra sobradamente el éxito de la redefinición sartriana “el infierno son los otros”, afirmación cuya paternidad no debió gustarle que se supiera cuando se convirtió al optimismo antropológico marxista. Infierno y purgatorio son, en nuestra tradición, los referentes mitológicos de la pena en su sentido a la vez jurídico, moral y trascendente –lugar donde se padecen dolores indecibles y sufrimientos indescriptibles. Y en el caso del primero, por toda la eternidad. La idea de castigo resulta así tan excesiva y lejana a nuestra sensibilidad que hace mucho tiempo decidimos olvidarnos de ella y subrayar el otro lado del mensaje: el perdón, la posibilidad de volver a empezar, la creencia en que todo tiene arreglo con… un poco de buena voluntad y, sobre todo que, si Dios existe, desde luego Dios nos ama.

La imagen del hombre que subyace al cristianismo no es tan optimista como la de la Ilustración pero lo es decididamente más que las mitologías y filosofía de la antigüedad clásica. De ahí que equilibrara el amor con el infierno y la cercanía del hombre a Dios con el pecado original. El mal siguió teniendo en las vidas humanas carta de naturaleza, entidad, autonomía, fuerza y presencia. Ahora, en cambio, el mal es, en el mejor de los casos un misterio y en el peor una enfermedad, perdido, diluido en los protocolos de las ciencias sociales aplicadas. Y sin embargo, el siglo XX hizo a fondo la experiencia del mal, hasta el punto de que algunos de sus estudiosos como Hannah Arendt se vieron tentados a recuperar la inquietante expresión de “mal radical”, atribuida a Kant. El caso es que ahora, sin infierno, no sabemos qué hacer con el mal, no podemos pensarlo porque no podemos administrarlo simbólicamente. Es verdad que tenemos el código penal. ¿Y cuándo fracasa?

Pues antes, cuando fracasaba el código penal, teníamos el infierno y el purgatorio, un lugar donde la injusticia, el oprobio, la infamia, en fin, las ofensas deben pagar pena y restitución. Lo de menos es que su fuego sea físico o simbólico. El caso es que sea real.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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