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Fin de una estrategia equivocada

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
A pesar de sus maniobras de última hora, la caída de Mubarak es un hecho inevitable, que se producirá más bien antes que después. Pero –cómo ocurre con Túnez- no sabemos qué salida tendrá su dictadura. Tampoco sabemos si la teoría del dominó va a funcionar en el inquieto mundo árabe como, en su momento, ocurrió con la Europa sovietizada. En este último caso, casi todas las circunstancias apuntaban a que no había más salida que la democracia, pues era evidente que todos esos pueblos miraban a un Occidente en el que deseaban integrarse. La situación es más compleja en el mundo árabe donde el anti-occidentalismo y el rechazo a cuanto significa (no a sus ventajas y beneficios) vienen a ser una especie de denominador común. El fundamentalismo islámico, la vuelta a los orígenes, al esplendor perdido hace tantos siglos -no necesaria ni exclusivamente en la versión terrorista que representa Al Qaida- está muy extendido en eso que se suele llamar “la calle árabe” y adopta versiones muy diversas, desde los que aspiran a restaurar el califato a los que se conformarían –ahí es nada- con la implantación de la sharia o ley islámica. En Túnez –uno de los países árabes más secularizados- no es perceptible por el momento la presencia de este fundamentalismo, pero en Egipto son bien conocidos el peso y la influencia de los “Hermanos Musulmanes”, que cuentan con varios millones de adeptos, a pesar del control y la represión a que los ha sometido Mubarak.

Lo que me parece que no admite ya ninguna duda es que la estrategia que han seguido hasta ahora los Estados Unidos -y, en general, el mundo occidental, con mención especial de Francia- respecto a esta zona del planeta que en algún momento se denominó Gran Oriente Medio y que abarcaba desde Marruecos a las monarquías árabes del Golfo, ha fracasado. Como recordábamos aquí hace dos semanas, a propósito del caso de Túnez, esta estrategia se basaba en transigir con la represión, la corrupción y la sistemática violación de los derechos humanos de todas estas dictaduras, coronadas o no, con el pretexto de que eran indispensables muros de contención frente al yihadismo. En esta estrategia Egipto era la pieza maestra, pues no en vano es el más importante país árabe por su población (84’5 millones) y por su peso intelectual, aunque no por su riqueza: su renta per cápita, 2.771 dólares es, excluyendo a Yemen, la más baja del mundo árabe. Su importancia estratégica aumentó desde el golpe de Estado que llevó al poder a Nasser (1952) y, sobre todo, después de la nacionalización del Canal de Suez (1956) que marcó el fin de la influencia británica. Pero con Sadat y Mubarak se produce un viraje pro-occidental, más exactamente pro-americano, que culmina con los acuerdos de Camp David (1979) que sellan la histórica paz con Israel. Desde entonces Egipto es el factor básico de la estrategia americana en la zona y, consecuentemente, un elemento indispensable en el inacabable proceso de paz, que pueda solucionar el sempiterno conflicto palestino-israelí. Por mor de la estabilidad en la zona, los Estados Unidos, y todo Occidente, han mirado para otro lado ante la sistemática represión que era allí un hecho cotidiano, como lo eran la corrupción de las elites y la pobreza de las grandes masas. La libertad y la democracia podían esperar ¿o quedar excluidas definitivamente?

El 4 de junio de 2009, el presidente Obama, con el cargo apenas estrenado, pronunció en El Cairo y en su más prestigiosa institución cultural, la Universidad Al-Azhar, un famoso discurso dirigido “a los pueblos islámicos” que fue objeto de una avalancha de comentarios. Al lado de varios garrafales errores históricos, que en su momento analizamos en esta columna, el discurso estaba plagado de halagos al islam, implicaba casi un reconocimiento de culpabilidad por parte de los Estados Unidos y prometía “un nuevo comienzo” de las relaciones con el mundo musulmán. Pero ese nuevo comienzo no se ha materializado de ninguna forma y tanto en Egipto como en el resto del mundo árabe todo ha seguido igual: represión, corrupción y pobreza para los más. Y ni asomo de nada parecido a la libertad o la democracia. La situación ha llegado a ser insostenible y el clarinazo que ha anunciado el fin del ciclo lo ha dado la caída de Ben Alí y, ahora, el inaplazable cambio político que se avecina en Egipto. La situación en Oriente Medio puede cambiar de modo más que notable y desde Washington a Tel Aviv, las cancillerías contienen la respiración, buscando un hipotético plan B, que no existe porque nadie se había preocupado de prepararlo. Y la verdad es que no había elementos claros para llevarlo a cabo, aparte las ensoñaciones del discurso cairota de Obama.

Tras lo de Túnez, Hillary Clinton, que en estas cuestiones ha sido siempre más cauta y realista que Obama, pronunció en Qatar un discurso del que extraemos esta significativa frase: “En muchos sitios y de muchas maneras, los cimientos o fundamentos de la región se están hundiendo en la arena”. Un diagnóstico tan certero como tardío. Un reconocido especialista en el mundo árabe, profesor en la washingtoniana Universidad John Hopkins, Fouad Ajami, escribía el otro día comentando la situación: “Lo que también se está hundiendo en la arena es la visión del mundo del presidente Obama, especialmente su política para Oriente Medio” Y añadía que este había llegado a la Casa Blanca “convencido de que conocía y entendía el mundo islámico”. Por algo tenía parientes musulmanes en Kenia y había vivido de niño en Indonesia. Todo de una enorme superficialidad. Lo de Ajami venía a ser una especie de enmienda a la totalidad del discurso de Obama en El Cairo hace ahora año y medio, aunque ni lo citaba. Ha terminado la fase de las bellas palabras y de las ilusiones “obamianas” y hay que afrontar la situación con realismo.

Las soluciones no son fáciles de ejecutar pero las líneas maestras no pueden ser más sencillas: En Egipto, como en los demás países árabes, se impone un inmediato cambio político que devuelva a los gobernados su confianza en los gobernantes, que ahora no existe. Unos gobernantes que no verán reconocida su legitimidad si no son capaces de atender a las urgentes necesidades de unas masas hundidas en la miseria y en el desamparo y sometidas a la represión más despiadada. Y si las elites pro-occidentales –allí donde existan- no logran estar a la altura de esa exigencia, estarán abriendo la vía al fundamentalismo que, como en Irán o Argelia, es mucho más sensible al clamor de “la calle árabe”. Aunque, al final, la salida sea falsa y tan poco respetuosa con los derechos humanos como las actuales dictaduras. Lo único cierto es que la estrategia que se ha seguido hasta ahora, equivocada y con una gran dosis de hipocresía, ya no es sostenible.
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