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crítica

Rafael Núñez Florencio: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto

sábado 05 de febrero de 2011, 18:25h
Rafael Núñez Florencio: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto. Marcial Pons. Madrid, 2010. 480 páginas. 23 €
Como dice un poema de Ángel González, que el propio Rafael Núñez Florencio (Sevilla, 1956) cita en su obra, “hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesa de noche / por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro”. Sin llegar a tales extremos, sin duda metafóricos, de los versos que aquí recojo, lo cierto es que el título de la obra, El peso del pesimismo, no augura precisamente un final feliz. Y como buen autor de la misma que es, Núñez Florencio cumple a la perfección. Tras acabar el libro, uno siente una irrefrenable necesidad de entregarse sin resistencia a los deseos del pagano Baco para olvidar cuanto antes la recopilación de penas y miserias con las que este doctor en Historia, profesor de Filosofía y miembro docente del Centro de Estudios Históricos, ha tenido a bien ilustrarnos.

Y sin embargo, ¡qué necesario este ejercicio de acrimonia! Y qué oportuno a la vista de los tristes tiempos que corren para la que un día fue la Doña del continente y un algo más. Aunque al principio uno pueda pensar que se trata de una crudelísima forma de tortura espiritual, lo cierto es que la labor de Núñez Florencio es eso y mucho más. No es sólo la puesta en conjunto de esa vena pesimista que recorre España de Finisterre a Cabo de Gata pasando por Fago y Puerto Urraco, sino que es, además, un esfuerzo necesario de aprehensión de la realidad patria, una descripción gráfica de la metahistoria que motiva, promueve, y sobre todo transciende las crónicas de nuestro devenir colectivo.

Núñez Florencio nos traslada, a través de las ideas de decenas de autores, a esa visión de la España árida, de sol, sangre y arena que tanto cautivara a Hemingway. A esa España mediocre y embotada que Manuel Azaña quiso cambiar. Esa España de boina y crucifijo que el nobelísimo Cela capturó en sus retratos literarios y que Celso Emilio Ferreiro, otro gallego menos universal pero igual de ilustre, identificó como una larga noche de piedra.

Sin embargo, Núñez Florencio reconoce cómo, pese al dominio absoluto del pesimismo sobre la vida nacional, hasta el punto de ser una catástrofe, no es menos cierta la existencia de otra corriente, quizá menos densa pero aun así perceptible, de un positivismo –en su sentido menos comtiano– que inundó a la España transicional; aquella que fue engendrada a ritmos acompasados con los últimos estertores del dictador. Una España cuyo eco, aunque ahogado por la crisis política, económica y social, muchos todavía intuyen y desean recuperar. Una España que debemos recuperar.

Por lo tanto, tal vez corresponda requerirle al autor que, tras habernos abierto en canal y mostrarnos esa arteria necrosada que recorre como plañidera al uso nuestra ajada piel de toro, diseccione ahora con igual maestría y acreditada solvencia esa otra vena, más antigua, profunda y débil que la anterior, pero persistente en su voluntad, que ha transportado durante siglos el genio español, herencia de aquellos que hace cinco siglos se pusieron el mundo por montera e hicieron de la mar océana el afluente mayor del Guadalquivir.

Por Carlos F. Ojea
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