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Egipto: entre Jomeini y la cuarta ola

Aurora Nacarino-Brabo
domingo 06 de febrero de 2011, 20:12h
Tratar de aventurar lo que va a tener lugar en el mundo árabe en un futuro a corto y largo plazo es, seguramente, una tarea vana. Podemos intentar leer entre las líneas de la historia y razonar un curso de acontecimientos previsible y lógico, y, con todo, es muy posible que erremos en las previsiones, como yerran siempre los economistas, por mucho que hayan estudiado a Keynes y Adam Smith.

Sin embargo, yo no soy una experta y puedo permitirme ciertos patinazos, jugar a especular. Hoy todos especulamos. Llevo muchos días mirando los periódicos sin atreverme a formular un juicio, intentando averiguar hacía dónde nos dirigimos. Miro de reojo y con pavor el recuerdo iraní de 1979 y me pregunto si no estaremos cabalgando hacia la misma teocracia persa, que también tiene origen en una revolución laica. Por otro lado, el contexto actual no es el de los años del telón de acero. Esta vez la pólvora ha llevado el fuego de la mecha a varios focos y va a ser muy difícil extinguir todos sin que las consecuencias traigan un cambio inexorable. El éxito de la rebelión egipcia dependerá de la represión que emplee Mubarak y de cuán dispuestos estén los egipcios a desafiarla y resistir. Sin embargo y pase lo que pase, el efecto contagio es imparable. Después de Túnez y El Cairo vienen Yemen, Jordania, quién sabe si Marruecos. Si los gobiernos caen, cabe el riesgo de que los radicales se hagan con el poder. Pero también puede que se produzca una corriente democratizadora en todo el mundo árabe, una corriente que nadie había previsto y que, desde luego, era impensable con Bush al timón de la primera potencia, no así con Obama, al que muchos ya se habían apresurado a defenestrar, quizá demasiado pronto.

Si esto fuera así, si se estuviera fraguando ahora la cresta de una nueva ola de democracias, estaríamos ante la cuarta marea, después de que Samuel Huntington describiera esa tercera ola que trajo la democracia a países como España, Portugal o Grecia. Si los países árabes dejaran de mirar hacia Irán para querer verse reflejados en la actual Turquía, el éxito de esas futuribles nuevas democracias dependería de la solidez y estabilidad económicas de aquellos países, así como de la fortaleza de sus clases medias. Los países bañados por el Mediterráneo son, por su cercanía a Occidente, los más firmes candidatos a recibir por capilaridad las ansias democráticas. El contacto con Europa puede traer, como por ósmosis, el estado de derecho que flota en el agua intersticial de este Mare Nostrum.

Del resultado de estas revoluciones dependerá también el terrorismo islamista internacional, que radica precisamente en la Revolución Islámica de 1979. Las olas terroristas se han producido a lo largo de la historia de un modo cíclico. Hubo una primera ola anarquista, una segunda anticolonial, una tercera izquierdista y ahora atravesamos la cuarta ola, de corte religioso y radical. Todas han tenido un periodo de desarrollo de unos 40 años. Y esta última ya ha superado los 30 años de vida. Si las protestas del mundo árabe trajeran la cuarta ola democrática, en términos de Huntington, es posible que ello también implicara la decadencia de esta otra cuarta ola terrorista.

Pero, por supuesto, todo esto no son más que especulaciones. El resultado final dependerá de una compleja confluencia de variables difícil de predecir. Así, ante la pregunta ¿traerán los egipcios la democracia al mundo árabe?, solo cabe una respuesta: Insha'Allah.
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