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El espantajo islamista

lunes 07 de febrero de 2011, 21:13h
En Occidente se acepta casi como un dogma la idea de que mundo árabe y democracia son conceptos incompatibles. Se atribuye esta incompatibilidad al especial carácter del islam que no admite la separación entre religión y poder político, pero seguramente no debe olvidarse que hay dos países musulmanes, pero no árabes, Turquía e Indonesia, que tienen sistemas democráticos, por más que no sean totalmente homologables con la idea de democracia que tenemos en Occidente. A pesar de todo, no cabe duda de que el tópico a que nos referíamos al principio, responde a la realidad, al menos hasta este momento histórico, en el que, quizás, estemos en vísperas de cambios revolucionarios. Hace algunos años invité a un ilustre profesor egipcio de la Universidad de El Cairo a un curso de verano que yo dirigía para que nos hablara de las relaciones entre el islam y Occidente. Esmaltó su interesante intervención con diversas citas del Corán y a la hora del coloquio yo le pregunté –con una intención de clara provocación intelectual- si había en su libro sagrado alguna “sura” en la línea de la frase evangélica “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”. Apasionadamente me contestó que en absoluto porque eso sería contrario al mismo espíritu del islam.

He vuelto a recordar esta anécdota con motivo de la revolución que está en marcha en Egipto –aunque ignoremos todavía cuál va a ser su desenlace- pero me ha llamado la atención que tanto los manifestantes tunecinos que lograron la caída de Ben Alí, como los egipcios que pretenden la inmediata salida de Mubarak, no piden que se constituya un régimen islámico sino que exigen libertad, democracia y derechos humanos, como hicieron los europeos encerrados durante cuarenta años tras el Telón de Acero. Es más, los Hermanos Musulmanes –fuente y origen de todos los islamismos sunníes (la precisión es importante) desde su fundación por Hasan al Banna en 1928- disimulan su agenda islamista y parecen aceptar un cierto pluralismo democrático. Al menos hasta el momento, nada nos autoriza a pensar que los jóvenes tunecinos y egipcios que, al grito de libertad y democracia, han sido la punta de lanza de esos movimientos revolucionarios estén dispuestos a aceptar dócilmente el paso de las opresoras dictaduras militares a una no menos opresora dictadura islámica, al estilo de la iraní que, no lo olvidemos, es chií y sometida, por lo tanto al dominio de los ayatolás. En este mundo de Internet y de la globalización de las comunicaciones es cada vez más difícil que los dictadores aíslen a sus sociedades de lo que pasa en el mundo. El “efecto demostración” funciona plenamente y nadie quiere privarse de las libertades y beneficios de que disfrutan otros seres humanos. ¿Alguien duda de cuál sería el resultado en Irán de unas elecciones verdaderamente libres?

Las lecciones que se deducen de estos movimientos revolucionarios son muchas pero no solo para los árabes sino también para los occidentales. Es bochornoso que los dirigentes de estos últimos, a los que tan fácil como arrogantemente se les llena la boca con referencias retóricas -y obviamente vacías por no decir engañosas- a la libertad, la democracia y los derechos humanos hayan permitido y apoyado a las dictaduras árabes que han oprimido y explotado hasta extremos indecibles a sus poblaciones. El pretexto era, inicialmente, que eran el muro de contención frente al comunismo y cuando este desapareció el islamismo vino a llenar ese hueco. El conocido analista francés Guy Sorman ha escrito recientemente que “la alianza contra natura entre las democracias occidentales y los déspotas árabes frente al supuesto peligro islamista es una invención conjunta de esos déspotas y de nuestros demócratas”. Suscribo plenamente esa afirmación. Admito, por supuesto, que el islamismo es anti-occidental (habría que analizar también el porqué) y que puede suponer un peligro. Pero ese peligro nunca será tan grave como el que, en su momento, supuso el comunismo, al que Occidente supo resistir porque creía en sus valores y se unió, bajo la dirección de los Estados Unidos, para dar cumplida respuesta al reto. Lo que sucede es que, quizás ahora, ni Occidente está unido ni cree en sus valores. Y que no se diga que el peligro es mayor porque a los islamistas ya los tenemos dentro vía la inmigración porque también teníamos dentro a los partidos comunistas (que, como se dijo, no estaban en la izquierda sino en el este). En aquel largo conflicto ganó la libertad, como siempre gana cuando hay voluntad política suficiente y se está dispuesto a afrontar los sacrificios necesarios.

Frente al terrorismo islamista, que ya nos ha golpeado como advirtió por anticipado el vituperado Huntington y como hemos sufrido, especialmente desde 2001, se sabe bien lo que hay que hacer: No amilanarse. Y responder adecuadamente. A Gadafi, Reagan le bajó los humos en su momento y la compleja y difícil guerra de Afganistán responde al mismo objetivo, aunque los europeos no acaben de enterarse. En todo caso, hay bastante hipocresía en el uso que se hace del espantajo islamista. El país árabe que aplica la versión más estricta del islam es la wahabita Arabia Saudí que, al tiempo, es uno de los más sólidos aliados de los Estados Unidos en la zona. De aquella sociedad han salido fondos que han alimentado al terrorismo yihadista y de allí salió Osama bin Laden. Un terrorismo que también ha golpeado, por cierto, a los saudíes. Todo esto quiere decir que hay que extremar la cautela y, sobre todo, no caer en la incoherencia de predicar la democracia y apoyar después a quienes la machacan. Sarkozy, en línea con el tópico a que nos referíamos al inicio de esta columna, dijo cuando empezaba la revolución tunecina que había que “elegir entre Ben Alí y los barbudos”. Pero después ha recapacitado –imaginamos que no solo porque no se han visto barbudos ni en Túnez ni El Cairo- y ha dicho algo mucho más coherente: “No podemos rechazar una aspiración democrática porque exista un riesgo”. Y en una línea parecida se ha pronunciado Cameron. Y es que si Occidente cree de verdad en la democracia no puede hacerse trampas en el solitario. Bien está prever las diversas salidas que pueden tener estos movimientos revolucionarios y estar preparado para todas las eventualidades. Pero lo que es inadmisible es coartar las aspiraciones a la libertad de unos pueblos que no aguantan ya más sus insoportables dictaduras. Occidente aplaudió a rabiar cuando los militares argelinos suprimieron la segunda vuelta de las elecciones de 1991 porque iban a ganarlas los islamistas. El resultado fue una brutal guerra civil que ha causado entre 150.000 y 200.000 muertos y que todavía colea. ¿Valió la pena todo aquello?
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