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William Wallace, un nacionalista como Dios manda

miércoles 09 de febrero de 2011, 12:17h
Es difícil cuantificar el daño que ha causado el nacionalismo en Europa. Enorme, en todo caso. Baste recordar la guerra de los Balcanes, o los más de 900 asesinatos que los nacionalistas de ETA lleva a sus espaldas. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que el nacionalismo tuvo sentido, e incluso gentes entre sus filas que valían la pena. Muchos de ellos lucharon por aquello en lo que creían durante las revoluciones del siglo XIX, pero algunos siglos atrás encontramos a uno cuya trayectoria encaja como un guante en la categoría de héroe. Su nombre, William Wallace, inmortalizado en el cine por Mel Gibson como Braveheart.

Dejando a un lado el estereotipo hollywoodiense, hay que decir que gran parte de las hazañas que se le atribuyen a Wallace son verídicas. Nació en el condado de Ayrshire hacia 1270, en el seno de una familia vinculada a la nobleza menor escocesa. Al ser el segundo en la línea sucesoria, su lugar estaba en la iglesia, por lo que fue enviado por su padre a la abadía de Cambuskenneth, lugar en el que William adquiriría una notable formación en teología, filosofía e idiomas -hablaba a la perfección inglés, francés, latín y gaélico-. Con apenas quince años, Wallace, al que ya gustaban más las mozas que los latines, asistía impotente a los abusos que Eduardo I Longshanks -literalmente, “piernas largas”- infligía constantemente a los suyos. Sería precisamente un incidente con cuatro jóvenes ingleses en las calles de Dundee el que daría origen al mito.

Aquellos impertinentes no tuvieron mejor ocurrencia que mofarse de aquel gigantón -Wallace medía casi dos metros- ataviado con el tradicional kilt o falda escocesa. Craso error. Wallace, que no debía estar de muy buen humor, le arrebató la espada al petimetre inglés y en un santiamén acabó con todo ellos. Tras eso, estuvo una larga temporada vagando por las higlands, durante la cual se le unieron muchos descontentos. Así, lo que inicialmente era un pequeño grupo de proscritos se fue transformando en un contingente temible, sobre todo por cómo se las gastaban con el manejo de sus Claymore, espadas de más de metro y medio de longitud. Wallace hizo buen uso de la suya cuando el alguacil inglés de Lanark acabó con la vida de su prometida, Marion. Pasó a cuchillo a toda la guarnición, alguacil incluido.

Pero sus dos páginas más gloriosas aún estaban por escribirse. Una fue en la batalla de Stirling donde, capitaneando un ejército tres veces menor que el su adversario inglés, fue capaz de hacerle morder el polvo. Para la posteridad quedará su famoso grito Alba go Brath! -“¡Escocia para siempre!”- que encendió el ardor guerrero de los escoceses y les llevó a la victoria. La otra, bastante más dolorosa, vendría de la traición del noble escocés Robert Bruce -luego se arrepintió, eso sí- y que le obligó a viajar por media Europa buscando apoyos para la causa.

Ante el fracaso de sus gestiones, decidió volver a Escocia, sin saber que tenía al enemigo en casa. Más de un noble le tenía celos, y no digamos los británicos, que habían puesto precio a su cabeza. Vendido por uno de los suyos, fue apresado por los soldados de Longshanks y conducido a Londres cargado de cadenas, donde se le condenó a una muerte horrorosa: primero le azotaron, luego le colgaron casi hasta morir, posteriormente le desollaron vivo y por último le decapitaron. Está documentado que ni un solo grito salió de su garganta, hasta el punto de que la multitud pidió clemencia para el reo ante semejante muestra de valor. Pero ni hubo clemencia ni consideración con su cuerpo, ya que fue descuartizado y sus restos esparcidos por los cuatro costados del reino. El mismo día de su muerte, Robert Bruce fue ungido rey y poco después, en 1314, derrotó al heredero de Longshanks en la batalla de Bannockburn, consiguiendo así la independencia de Escocia. Alba go Brath!
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