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crítica

Rafael Fuentes Mollá (ed.): La crítica teatral completa de Mariano José de Larra

sábado 12 de febrero de 2011, 01:15h
Rafael Fuentes Mollá (ed.): La crítica teatral completa de Mariano José de Larra. Edición, introducción y notas de Rafael Fuentes Mollá. Prólogo de Andrés Amorós. Fundamentos. Madrid, 2010. 496 páginas. 20 €
La brillante pluma escritora de Mariano José de Larra (Madrid, 1809–1837) nos dejó, además de una novela histórica (El doncel de don Enrique el Doliente), algunas obras dramáticas (Macías, entre ellas) y un gran número de artículos de costumbres, una cantidad aún mayor de trabajos de crítica literaria, en especial sobre teatro. El singular atractivo de su producción costumbrista ha eclipsado tradicionalmente la vertiente dramática de la labor del periodista y escritor, hasta el punto de que en biografías y estudios posteriores se ha cuestionado el mérito y la calidad del ingente fruto de la dedicación de Larra a la escena teatral.

Sin embargo, en La crítica teatral completa de Mariano José de Larra, el profesor, filólogo e investigador Rafael Fuentes Mollá no sólo nos ofrece todos los textos que Larra destinó a la crítica y reflexión del arte escénico –por primera vez reunidos, editados y anotados–; además, rompe con ese cliché tradicional que injustamente ha relegado a un segundo plano la faceta dramática de quien, paradójicamente, modernizó la crítica teatral, al entender la representación como una fusión de artes diversas y dar un interés especial a la labor del actor y a la escenografía, sin dejar de analizar la parte literaria. A través de este volumen, publicado por la mayor editorial especializada en teatro de nuestro país, Fundamentos, Fuentes Mollá realiza un completo y riguroso recorrido por la estrecha relación que vinculó a Fígaro –uno de los sobrenombres con los que Larra firmaba sus textos– con la escena teatral madrileña de su tiempo.

Larra era, sin duda, “un hombre de teatro”, afirmación que queda probada a lo largo de la extensa y documentada introducción de la obra. En sus primeras andanzas por Madrid, solía ir acompañado de quienes fueron sus iniciales amistades de juventud: autores que hacían entonces fortuna sobre los escenarios de la ciudad como Patricio de la Escosura, Antonio Gil y Zárate, Manuel Bretón de los Herreros o Ventura de la Vega. No es de extrañar, por tanto, que muchas de las primeras polémicas y controversias en las que Fígaro se halló envuelto fueran de índole teatral. La temprana dedicación de Larra al periodismo –en 1828, cuando sólo contaba con 19 años, inauguró su propia publicación periódica, El Duende Satírico del Día– permitió que su faceta teatral se plasmara por escrito en forma de una larga lista de artículos dedicados al teatro y de críticas sobre representaciones concretas. El primero de sus textos críticos apareció en el antedicho periódico el 31 de marzo de 1828; y ya en él se podía apreciar el talento preclaro que caracterizaría su extensa producción posterior.

El empresario teatral y director de los teatros del Príncipe y de la Cruz, Juan de Grimaldi, fue pronto consciente del potencial del joven Larra, por lo que no sólo le ofreció su protección y apoyo, sino también la oportunidad de traducir y adaptar el vodevil La marraine, de Eugène Scribe, Joseph Philippe Lockroy y Nicolás Chabot de Boniu, traducido como La madrina. Bajo el pseudónimo de Ramón de Arriala, Larra realizó, además de ésta, otras traducciones y adaptaciones de obras francesas, entre ellas Felipe de Scribe, traducida con el mismo nombre, o Calas de Víctor Ducange, esta última bajo el título Roberto Dillon, o el católico de Irlanda.

Curiosamente, el mismo Larra que traduce y adapta las obras con anterioridad a su representación, las comenta a posteriori en las revistas en las que escribe. Aquí juega un papel fundamental la cuestión del pseudónimo; y así Fígaro, periodista teatral, ejerce la crítica de la labor de Ramón de Arriala, traductor y adaptador de dramas franceses. Fuentes Mollá recoge el divertido proceso de elección del pseudónimo de Fígaro con el que Larra firmaría sus críticas literarias en la prensa: en el marco de una tertulia de café, como corresponde a la época, fue su amigo y protector Juan de Grimaldi quien le dio la idea de adoptar el nombre del personaje teatral de las comedias de Beaumarchais. La Revista Española, publicada por Carnerero, estamparía por primera vez el nombre de Fígaro en enero de 1833.

La presente edición recopilatoria de Fuentes Mollá nos descubre que la vinculación de Larra con el teatro aún tuvo una dimensión más, aunque ajena a la voluntad del escritor. Además de observar y reflexionar sobre el género, criticar las representaciones y traducir y adaptar piezas, también inspiró personajes sobre el escenario. Larra era una figura destacada en el panorama teatral, y su labor no siempre resultó del agrado de todos los autores. Así, Manuel Bretón de los Herreros, en su obra Me voy de Madrid, incluyó un personaje que suponía un ataque directo al estilo satírico del escritor, a su compleja posición política y también a sus relaciones adúlteras con Dolores Armijo. Larra pasaba de ese modo a ser materia teatral de su tiempo, por lo que su relación con los escenarios no podía ser ya más estrecha. También un autor dramático de hoy, tan relevante como Francisco Nieva, incorporó igualmente la figura de Larra a una de sus obras más curiosas: Sombra y quimera de Larra. Representación alucinada de “No más mostrador” (1976).

Sin embargo, quizá la mayor contribución de Larra a la crítica teatral del XIX fue la renovación de la misma. Antes de que Fígaro firmara con su afilada pluma sus textos en la prensa, el concepto que existía de la crítica profesaba una orientación completamente distinta. Los autores que escribían sobre teatro se centraban en el texto literario de la obra, obviando la puesta en escena. La modernidad que Larra aportó al concepto clásico de crítica se cifra en la consideración de los dramas no sólo como textos literarios, sino como representación; por lo que cuestiones como la calidad de los actores o la adecuación de los decorados a la pieza son también objeto de minuciosa observación y reflexión. Es fácil comprobar lo acertado de esta importante aclaración que señala Fuentes Mollá: basta leer sólo uno de los textos que componen el volumen para descubrir cómo Fígaro dedicaba buena parte del mismo a dar cuenta de las características de la puesta en escena del drama, enjuiciando todos los elementos que intervienen en la representación.

Ya en el año 1834, consagrado Mariano José de Larra como periodista, escritor y crítico, confluyeron varios acontecimientos importantes en nuestro país: una vez muerto Fernando VII, Martínez de la Rosa estrenó el drama que tradicionalmente se ha considerado inaugural del romanticismo en España, La conjuración de Venecia –obra que Larra criticó en La Revista Española al día siguiente de su estreno–; se publicó la primera novela gótica, La urna sangrienta o el panteón de Scianella, de Pascual Pérez y Rodríguez; y apareció el Macías del propio Larra, otro hito en la historia del romanticismo español. De una forma u otra, y haciendo honor a su condición de Fígaro, Larra se hallaba “…en todas partes, tirando siempre de la manta y sacando a la luz del día defectillos leves de ignorantes y maliciosos”, tal y como expresó en el artículo “Mi nombre y mis propósitos” (pág. 72 en la edición de Fuentes Mollá).

La extensa producción articulista de Larra sobre teatro aparece dividida en el presente volumen en críticas de autores del Siglo de Oro, críticas de autores españoles contemporáneos, la crítica del propio Larra sobre su obra dramática (las adaptaciones Julia y Siempre de Eugène Scribe, o su discutida pieza No más mostrador), críticas de autores extranjeros traducidos y adaptados, y críticas de teatro lírico. Se ha incluido, además, una acertada selección de las reflexiones generales que sobre teatro Fígaro plasmó en papel, y que constituye el marco en el que se insertan las consideraciones que después realizará de forma particular al criticar cada obra.

En dichos artículos de reflexión teatral, Larra repasa las virtudes y carencias de los escenarios madrileños, exponiendo ácidamente las escasas aptitudes de los actores de la época en “Yo quiero ser cómico” o el gran atraso del teatro en nuestro país en “Teatros”. En conjunto, los textos seleccionados acercan al lector a las características y peculiaridades del género en la primera mitad del XIX. Las frecuentes refundiciones que se realizaron de obras del Siglo de Oro fueron objeto de duros ataques por parte de Larra, quien consideraba a algunos refundidores del momento meros “arrimones literarios”. Entre las críticas de obras de autores contemporáneos, encontramos títulos como El sí de las niñas, de Moratín –drama que Fígaro trata con estudiado respeto, fruto de la admiración que le despertaba el autor clasicista–; Contigo pan y cebolla, de Eduardo Gorostiza; La redacción de un periódico, de Bretón de los Herreros; Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch; El Trovador, de García Gutiérrez… Son muchas las obras de contemporáneos que Larra criticó y que recoge el volumen de Fuentes Mollá. El elenco mayor de textos críticos corresponde, sin embargo, a la sección de críticas sobre autores extranjeros, lo que ofrece una idea de la importancia y el éxito que las piezas escritas más allá de nuestras fronteras tenían en Madrid. Resulta inevitable esbozar una sonrisa ante la lectura de las críticas de Larra sobre sus propias traducciones y adaptaciones, ya que sentencias como “La traducción es de fórmula enteramente; medianita, como todas estas traducciones: se entiende y basta” abundan en los textos de Fígaro sobre Ramón Arriala, de Larra sobre Larra.

La obra del profesor Fuentes Mollá no sólo ofrece la posibilidad, inexistente hasta el momento, de acceder a la totalidad de la labor crítica de Mariano José de Larra de forma organizada y clarificadora; además, posee la virtud de despertar la curiosidad del lector por aquellas obras y escritores mencionados en sus críticas. Fígaro incluye en sus textos algunos detalles sobre el autor de la obra, una síntesis del argumento y un comentario crítico del texto y su representación, lo que hace de ellos una experiencia tan amena como instructiva para el lector. No obstante, la lectura quedaría descontextualizada y, en muchos casos, oscurecida sin la pertinente anotación de los textos que realiza Rafael Fuentes Mollá: las más de quinientas notas con las que apoya rigurosamente la obra –en las que se ofrecen datos hemerográficos, biográficos, e incluso se compara la redacción que tuvo el texto en la prensa y después en la obra recopilatoria titulada Fígaro– completan el texto y le aportan un valor nuevo, imprescindible en muchos casos para el lector no especializado y siempre de máxima utilidad para el estudioso de Larra. Si a esto sumamos un prólogo a cargo de Andrés Amorós que transmite con sencillez la pasión por el teatro y por aquellos que a él se dedicaron, obtenemos un volumen que, por fin, abre del todo el telón a la faceta teatral de Mariano José de Larra.

Por Lorena Valera Villalba
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