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México: la política con mayúscula y minúscula

miércoles 16 de febrero de 2011, 13:01h
Cuando se habla de política con mayúscula, se piensa en Atenas y en la creación de instituciones que permiten el funcionamiento de una sociedad democrática que busca la libertad, la justicia y la igualdad. Con minúscula, la palabra se degrada y se refiere a la actividad cotidiana de individuos, partidos o grupos de interés para ganar poder, preservarlo o incrementarlo, al igual que a las maniobras para influir en la toma de decisiones o frenarlas. Las expresiones despectivas no faltan: politiquería, maquiavelismo, politicastro, intrigante y otras más que se asocian a deslealtad, deshonestidad o traición. La política con mayúscula tuvo un origen, no así la otra que siempre ha existido, aunque el número de actores haya aumentado y la valoración de algunas prácticas se haya modificado.

La política con minúscula es una actividad indispensable en la vida social que permite tanto el acuerdo y la estabilidad como la corrupción y el conflicto. La negociación cotidiana suele desarrollarse discretamente y tiene como objeto llegar a un modus vivendi en el que ninguna de las partes puede ganar o perder todo. De ahí que los acuerdos sean vistos, a menudo, con desconfianza, como resultado de la corrupción. Y, en efecto, la ambigüedad y la grisura rodean la vida política y difícilmente podría ser de otra manera. En sí, ni la política ni el poder son buenos o malos; sólo adquieren sentido por la decisión de quienes la practican, escribió el teólogo católico Romano Guardini. Max Weber también distinguió la ética de la convicción de la ética de la responsabilidad y recomendó, a los que buscan la salvación de su alma y la de los demás, que no siguieran los caminos de la política, ya que sus fines son diferentes de los religiosos.

No parece que los panistas hayan leído a Weber, menos El poder de Guardini, ya que desde su fundación el partido no se planteó su conquista. Siempre pensaron en la política con mayúscula y despreciaron la “politiquería”. Hace tan sólo 20 años se criticó acerbamente a una de las figuras del PAN, Diego Fernández de Cevallos, por haber negociado con el Presidente de la República diversos asuntos, y en los pasados meses, en que fue secuestrado, no pocos lo celebraron. Este rechazo a la política con minúscula es resultado del amasijo entre religión y política de muchos militantes, confusión que desembocó en un peligroso maniqueísmo.

Mientras el PAN estuvo en la oposición, seis décadas, criticó o condenó los actos de gobierno y las prácticas políticas del PRI por inmorales o deshonestas, cierto en muchos casos, al tiempo que prometía una nueva moral política, ya que sus militantes, buenos católicos, la encarnaban. La cantaleta funcionó, mientras los panistas no llegaron al poder, local o nacional, pues no escaparon a la condición humana ni a las tentaciones que rodean a los cargos públicos. No son pocos los estudiosos y comentaristas de la vida pública que sólo piensan en la política con mayúscula, que reprochan a los panistas el haber asimilado y adoptado las malas artes del PRI. Con ello han contribuido a incrementar la confusión entre la ética de la convicción y la de la responsabilidad.

Hay actos intrínsecamente condenables como el enriquecimiento ilícito, pero otros han sido descalificados simplemente por haberlos practicado el PRI, cuando son moneda corriente en las viejas democracias. Tal es el caso de la vinculación del Jefe de Estado con su partido. Más criticada ha sido “la búsqueda del poder por el poder”, como si ello no estuviera en la naturaleza misma de la política. En el ámbito económico equivaldría a condenar a las empresas que buscan maximizar sus ganancias. También está en su naturaleza.

Primero el maniqueísmo y después la corrupción de muchos funcionarios del PAN sólo han contribuido al desprestigio de la política, de los partidos y de los políticos que nunca, desde Atenas (véase Aristófanes), han gozado de buena reputación. Criticar a las personas y las conductas de los partidos está al alcance de todos, no así el análisis a fondo de los actos del poder. Estos deben ser explicados por la autoridad, con argumentos convincentes, a fin de que sean aceptados. Además tienen que ser respaldados con resultados positivos, aunque sean parciales, para ser apoyados. De lo contrario, la credibilidad se pierde y recuperarla no es tarea de un día. Esto ha ocurrido en los últimos diez años en los que los gobiernos del PAN han actuado de manera irreflexiva e incoherente: anuncios de obras que no se realizan (un aeropuerto y una refinería); la violencia que se extiende ante el vacío de poder, y no únicamente la del crimen organizado; el desempleo creciente y el aumento de precios que vanamente intentan ser ocultados, como el incremento del costo de bienes y servicios proporcionados por el Estado, y la lista puede alargarse.

Ante la proximidad de las elecciones presidenciales, el Jefe del Estado parece desesperado por la disminución de su popularidad, por la falta de un candidato de su partido con posibilidades de ganar, así como por la caída del voto panista. El PRI continúa siendo la primera fuerza electoral del país, a pesar de sus derrotas recientes en elecciones locales por la alianza del PAN con una fracción de la izquierda que han postulado como candidato a un tránsfuga del Partido Revolucionario Institucional. El presidente Calderón parece dispuesto a vender su alma al diablo, con tal de que el PRI no gane la elección presidencial del próximo año.

Esta actitud más que censurable moralmente constituye un error político de graves consecuencias. La Presidenta nacional del PRI ya lo advirtió: “si derrotar al partido es consigna generalizada a todas las fuerzas políticas, democráticas o fácticas, existe el riesgo de que la década de la alternancia en el poder culmine en confrontación social”.

Resulta paradójico que después de 60 años de reclamarse de la política con mayúscula, el PAN, en tan sólo diez de ejercer el poder, lo haya olvidado. Más preocupante resulta su práctica de la política con minúscula, pues su falta de oficio lo está autodestruyendo, al tiempo que por un anunciado propósito, más visceral que político, amplíe y profundice las graves divisiones que aquejan al país.
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