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Cajas de Ahorros: delenda est?

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
En un excelente artículo, “Final de las Cajas de Ahorro” Tomás – Ramón Fernández, uno de los grandes catedráticos de Derecho Administrativo que todavía nos quedan, realiza un agudo análisis de la causa – las causas quizás – por la que estas Instituciones, tras más de doscientos años, parecen abocadas a su destrucción. (“El Cronista del Estado Social y Democrático de Derecho, nº 18, febrero 2011)

Y a juicio de este autor, la razón no se encuentra en el mal uso o abuso de quienes las han regido, ni siquiera en su excesiva politización. Entiende que el origen real de la anunciada extinción de las Cajas (ya veremos, añado por mi cuenta) se encuentra en que “la causa última de este lamentable desenlace se encuentra en el Real Decreto de 27 de agosto de 1977 (que) en su artículo 20 liberalizó la operativa de las Cajas, eliminó las limitaciones que hasta entonces ¨ se habían venido manteniendo, sin otra aparente justificación que un evidente deseo de tutela que ante riesgos no distintos por su naturaleza a los que constituyen el ámbito obligado de toda entidad crediticia ¨ y atendido “ el grado notable de desarrollo, alcanzado por ellas, optó dicho Decreto porque fuese ¨ cada Entidad la que libremente decida la especialización a que su vocación y capacidad de gestión la conducen ¨ , autorizándolas en consecuencia para realizar “ las mismas operaciones que las autorizadas a la Banca privada”. Y a esa equiparación funcional de las Cajas a los Bancos se unió año y medio después la eliminación de sus tradicionales límites territoriales a fin de facilitarles ¨ la búsqueda de la dimensión para el eficaz ejercicio de su operatoria (sic en el preámbulo).

Cita Tomás – Ramón un conocido Informe Revell que advertía “del peligro de no perder de vista lo que ha sido siempre una de las características básicas de las Cajas de Ahorro, -evitar riesgos -, dado que muchos de sus clientes tienen muy escasos activos financieros y dejarse llevar del entusiasmo por competir y expansionarse a cualquier precio”. Finalmente, el profesor Fernández Rodríguez concluye que han dado la mayoría de las Cajas la espalda a esa advertencia, a su propia historia, a sus misiones fundacionales (captar ahorro popular y evitar la exclusión personal y geográfica). Y, concluye entonando el canto de cisne de estas Entidades al indicar “la pena es que han dejado de ser Cajas de Ahorro, a pesar de que seguía y sigue siendo necesario que lo fueran”.

Apelando a la vieja “Disputatio” que existía entre cátedras allá por lo mejor (y añorado) de nuestra veterana Universidad, cordialmente y con respetuoso ánimo polémico, discrepo del ilustre autor.

Ante todo, es importante señalar que nadie desea que desaparezcan las Cajas. Nadie diría Ceterum censeo Carthaginem (Cajás) esse delendam (La frase es atribuida a Catón el Viejo y que venía a añadir el deseo de la destrucción de Cartago – bien cierto que durante las Guerras Púnicas - por ser la ciudad enemiga). Nadie “opina que desea, además, que las Cajas se destruyan”. Porque es tanta su aportación histórica en la magnífica Obra Social, tantas veces luego copiada pero sin lograr buena imitación del original, que solamente por ello merecen el reconocimiento completo de nuestra sociedad.

Buena ventura y buen viaje pues a las Cajas, en su periplo que ahora re – inician, pues, deseado con ánimo agradecido. Y seguro que lograrán algún éxito.

Pero discrepo que la causa se encuentre en querer ser Bancos, sin serlo. No. Al menos desde 1986 no tenían más remedio que aceptar que tras la entrada en la Comunidad Europea fijada medio año antes (junio de 1985), las exigencias del Derecho de la Competencia no hicieran su aparición y, al igual, ocurre con las paulatinas y enormes exigencias de Basilea (ya Basilea III).

Un reparto de mercados de carácter territorial como el que tenían las Cajas no hubiera poder ser sostenido ante las autoridades comunitarias y, sin dudar, habría dado lugar a la derogación de ese límite a su expansión, con condena al Reino de España por montar un cártel público. De forma que las Cajas tenían que expandirse fuera y competir unas contra otras y contra todas las demás Entidades financieras, sí o sí, como dicen ahora los jóvenes. El derecho de la competencia se habría impuesto y está en la base misma de la Ley Amato en Italia y de la transformación en Alemania de sus entidades de ahorro (las “Saving Banks” en el Reino Unido ya tenían mucho de Bancos y en todo caso, tenían que competir claramente sin limitaciones locales).

Y por otra parte, las exigencias internacionales de Basilea se habrían aplicado también en cuanto a buen gobierno, algo a lo que las Cajas se resistieron y no fueron transparentes. Sus Presidentes y directivos vivieron cómodamente y a placidez de Pachás en muchos casos, siendo a veces, satrapías partidistas durante décadas, sin apenas control. Mírese el número de viajes, regalos, tarjetas, coches y chóferes, etc., y se verá pronto de lo que estamos hablando.

Naturalmente, eso no gusta que se diga, y sabemos bien que siempre se devalúa este tipo de críticas. Pero esa manera de vivir es incompatible con las exigencias de la buena administración que Basilea impone. Especialmente en lo que hace a la transparencia, donde todavía hoy, saber las pensiones que cobran los anteriores jefes y Presidentes de las Cajas, sigue siendo un misterio. Un verdadero “mysterium” en el peor sentido latino del término. Algo desde luego intolerable en una sociedad democrática regida por un Estado de Derecho

No. La causa de la destrucción de las Cajas no es su apertura a la expansión y a la competencia. La causa de la destrucción es exactamente la misma que la que tuvieron los Bancos en la década de los 70 y 80: el mal hacer de quienes las dirigieron. No hay una causa específica para esta caída de las Cajas, sino que han sido los mismos eternos vicios y pecados humanos, bien descritos desde los griegos, los que han arrumbado a todo este entramado institucional.

En el caso de los Bancos, en los años setenta y ochenta, fueron la codicia y el latrocinio de sus aparentes dueños y gerentes (por cierto, apenas exigido penalmente por nadie, pese a que fueron ladrones quienes destruyeron el tejido financiero bancario de aquella época, lo cual dice muy poco de nuestra capacidad de reacción jurídica).

Y en el caso de las Cajas, ha sido su politización, traducida en buen comer y buen dormir a costa de la entidad, en obediencia perruna al poder político y, en definitiva, en la absoluta falta de controles que hubiera exigido un código de buen gobierno, una legislación exigente que no hubiera estado en manos de quienes como zorros, tenían que guardar a las gallinas.

Ha faltado Derecho. Eso es lo que ha ocurrido. No hemos tenido una regulación apropiada para que desde luego compitieran y cumplieran con sus objetivos. La técnica jurídica sobre transparencia, competencia, responsabilidad, en fin, todas las buenas técnicas magistralmente manejadas precisamente por Tomás – Ramón Fernández, del que tanto han aprendido sus alumnos sobre las mismas, ésas, son las que han faltado. Pero no por crecer las Cajas sino por esconderse del Derecho sus directivos, aceptando la anómala y estúpida politización, con la que hay que acabar: esa es la razón de su actual agonía (que esperemos les permita resucitar como Ave Fénix y recuperar el prestigio que merecen).

Aquí, como siempre, la falta de Derecho es la clave de la destrucción de una Institución. Y con Derecho, se puede competir, y se debe competir. Y si son entidades financieras, consérvese lo bueno (mucho) que tienen, pero aplíquese la transparencia, profesionalidad y la responsabilidad: exactamente lo que los políticos (el verdadero problema) no han querido hacer.
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