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Del pensamiento desordenado al esperpento

jueves 24 de febrero de 2011, 11:37h
Hace tiempo que vivo convencido de que la crisis no es sino una manifestación de una causa más profunda que aqueja a nuestro orden mental; a una forma desaliñada de componer nuestro razonamiento. No me refiero a ideas o creencias; menos aún, a supuestos ideológicos u opciones políticas. No se trata de lo que se piensa sino de cómo se piensa.

Y no sólo en España. Ya al final de la presidencia de Clinton se decía que “todo americano tenía derecho a una hipoteca”, un desatino que en tiempos de Bush se repetía con insistencia No recuerdo haber leído nada semejante en la Declaración de Derechos de Virginia de 1776, que es el primer Bill of Rights de la ilustrada serie. Se trata de una de esas tonterías que se les ocurren a los políticos, estrábicos de sondeos, cuando se indigestan de micrófono e hipnotizan con televisión. ¿Derecho a una hipoteca? Será si la pagan, digo yo. Porque confundir una oportunidad con un derecho es una pedagogía de irresponsabilidad que provoca las consecuencias que están a la vista, cuando los tomadores del préstamo abandonan el objeto que garantiza la cantidad recibida, libres de cualquier compromiso personal.

En la escena siguiente, los banqueros fabrican una serie abundante de muñecas rusas con hipotecas fraccionadas y devaluadas que van engordando y rebotando, en opacas envolturas de naturaleza diversa, con la inestimable bendición de las agencias de rating, que expiden certificados de fiabilidad de productos devaluados para clientes de los cuales viven –sin que el regulador (los políticos) parezca conmoverse por esta insólita condición de ser y ejercer de juez y parte. Por fin, los bancos centrales –léase los gobiernos y consúltense las memorias de Greenspan- echan gasolina al fuego, prestando a tipos de interés negativos. Y, claro, la burbuja termina por estallar. En la escena final, salen los pirómanos-políticos, pero disfrazados de bomberos, con gesto de cortesana ultrajada, a modo del capitán Reynaud en “Casablanca”, y al grito de “¡aquí se especula!”, como si ellos no hubieran estado en el negocio de la especulación por el poder desde Pisístrato, hace veintiséis siglos. Cae el telón.

Entre nosotros, el disparate parte de un desenfoque en la base de la formulación, en la medida que la conclusión precede al razonamiento: “no he oído muy bien su pregunta –le espetó el señor Zapatero a una periodista inquisitiva- pero improvisaré una respuesta de todas maneras”, para –a continuación- negar la crisis y emprender una carrera en pelo de gasto e incremento de la deuda, en forma de dádivas a un contribuyente previamente esquilmado y otros dispendios, pomposamente tildados de medidas keynesianas por alguien que no sabe quien es lord Keynes ni ha leído ni entiende ni le interesan “las consecuencias económicas” de proceso histórico alguno. Y no pasa nada. Aquí nunca pasa nada “y si pasa no importa” –como decía el Gobierno Largo Caballero en Unión Radio, cuando los moros del general Varela se aprestaban al asalto de Madrid. Porque, efectivamente, nada importa, si se considera, como alguna ministra de Cultura, que “lo bueno del dinero público es que no es de nadie”.

Pero lo malo es que sí pasa y también importa. Pasa que el señor Solbes se va a su casa y que yo vendo la mía, espantado de lo que oigo. Pasa que en año y pico pasamos de casi dos puntos de superávit a casi doce de déficit:¡más de trece puntos en menos de quince meses! Algo nunca visto en España en más de medio siglo. E importa, ¡y vaya si les importa a los mercados! que empiezan a deshacerse de sus activos españoles y a pensar que las cuentas públicas no cuadran. Y pasa que nuestros acreedores y prestamistas comienzan a dudar que España SA -lastrada por un costo de desempleo galopante, agujereada en su estructura financiera por entidades corporativas, gestionadas para maximizar poder político, que no beneficios económicos, y plomeada por administraciones regionales reluctantes a la disciplina presupuestaria- sea capaz de hacer frente a sus obligaciones financieras. El diferencial con el bono alemán se dispara: eso también pasa. Y, con él, se incrementa el servicio de una deuda en rapidísimo crecimiento: y eso también importa. Total: de un círculo virtuoso, la economía española pasa a un círculo vicioso en apenas tres años. El drama de millones de parados está servido.

Cuando, finalizado el entreacto, sube el telón, el escenario se ha trasformado y los actores se han travestizado. La visita de la realidad –diosa vengativa, cuando ha sido ignorada- cambia la faz y el habla de nuestros políticos. Así, tras una fugaz rebelión contra la realidad, en que los mercados parecen malvados y encopetados especuladores de Forges haciendo diabluras anti-españolas desde el averno neoyorquino, se produce la conversión de Damasco. He aquí que los estrategas del Gobierno, en su infinita sabiduría, averiguan que los mercados somos todos porque todos especulamos, de modo tal que, por más que ocultemos el dinero debajo del colchón, también estaremos especulando…con activos monetarios. Y, a continuación, hasta el propio señor Blanco, flanqueado por alguna de sus ilustradas colegas, llega a una conclusión asombrosa: se especula porque la ambición y la codicia son características de la naturaleza humana. Gran descubrimiento, como dos siglos largos después de la publicación de los “Sentimientos Morales” pero, al fin, parece que nos vamos centrando.

Parece pero es vano espejismo. Del pensamiento desordenado nos precipitamos en el esperpento, cuando un inocente empresario andaluz no tiene mejor idea que colocar un anuncio ofreciendo un puesto de trabajo para “un programador”. Sin duda, nuestro buen emprendedor habrá considerado seleccionar para el puesto al especialista más idóneo, independientemente de su sexo. Pero el desdichado no había reparado que la corrección política, en este mundo delirante que vivimos, exige el error gramatical, con arreglo al cual el genérico ha sido declarado fuera de la ley por el analfabetismo en el poder. El final de la petite histoire es que la omisión de la redundancia “programador/programadora” le ha costado a nuestro sufrido empresario una multa de más de seis mil Euros. Inevitablemente, uno no puede menos de preguntarse por el equilibrio mental de una administración en que la autoridad competente en la materia dedica su tiempo a tamaña ridiculez en un país con cerca de cinco millones de parados.

Desgraciadamente, es fácil encontrar réplicas a esta estupidez. ¿Acaso no recordamos todos cuando a una cabecita privilegiada se le ocurrió fabricar un puzzle alfabético con los apellidos en el Registro de la Propiedad, so pretexto de igualdad?” “¿Qué he hecho mal, mami, que me han puesto una pegatina roja?” –es la pregunta ingenua, pero sonrojante para nosotros, de un niño en un colegio de Sitges. Y ¿qué es sino –además de inconstitucional- una impresentable tontería autoritaria la ocurrencia de penalizar con un punto rojo a los niños que en el recreo hablan otro idioma que el catalán? Y ¿qué otra cosa que grotesco es que la Universidad de Alicante traduzca Coca-Cola por “Coca-Cua”, con la absurda pretensión de distanciarse del español?. ¿Qué es sino un ridículo espantoso que, en las escenas de teatro que así lo disponga el guión, se imponga a los actores fumar cigarrillos de hierbaluisa en lugar de tabaco?

Recordaremos estos años –me dice José Luis García Delgado- como un tiempo oscuro y raro. A Arturo Pérez-Reverte le parece “un espectáculo penoso”: el de “un país inculto que alardea de serlo”, dirigido por “funcionarios mediocres”, políticos profesionales que están en la política “como forma de subsistencia”, porque “no tienen biografía profesional propia” –como ya advirtió Jiménez de Parga tiempo ha- en la medida que no han estado en otra industria que la de la intriga ni han cursado otra carrera, ni aprobado otras oposiciones, que las del partido al que pertenecen. Pero no desesperemos. La democracia es también un sistema de prueba-error; un convenio de reglas fijas para resultados inciertos que lleva aparejado un correctivo electoral recurrente. Por eso, las cosas pueden variar, los errores rectificarse y el rumbo enderezarse.

Y debemos hacerlo. De manera urgente y contundente. Hasta ahora, hemos vivido unos años desafortunados salpicados de errores severos, graves equivocaciones, medidas incluso desde el punto de vista socialista de nuestros actuales gobernantes: los cuales han empezado por hablar de derechos históricos, en lugar de ciudadanos, para terminar confundiendo el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos, como soporte filosófico de un cálculo de balanzas fiscales, herético para cualquier persona de izquierdas. Errores de estrategia fundamentales que han devaluado nuestra política exterior, banalizado nuestra estrategia energética y cuestionado nuestra solvencia e imagen económicas. Pero sobre todo, hemos removido los cimientos de nuestra democracia al quebrar –con un Estatuto de partido, que no de consenso- la idea sensata, por más que elemental, de la Transición, de que estos sistemas se cimientan en la noción de un pacto fundacional y fundamental, con arreglo al cual el partido rival es a la vez el principal socio constituyente.

Con todo, esos errores tenían, al menos, ciertas dimensiones. Lo de ahora, empero, es cosa raquítica. Un sistema, un régimen, un gobierno, como es nuestro caso, toca a su fin cuando el drama –la idea es de Marx- se convierte en farsa. Y lo que estamos viviendo en estos meses, no es equivocado. Es ridículo. Es la expresión de un delirio. Un sainete grotesco, interpretado por una colección de provincianos monolingües que nos vienen gobernando con libretos de sondeo y a ritmo de maracas. Un vodevil que nos provocaría hilaridad, sino fuera porque la vida de uno se ventila en el estrado.

Por eso, tenemos que desterrar el género burlesco de la política española. Cuanto antes. Sin final wagneriano porque no estamos frente a un Göterdämerung de Sigfridos, sino ante un reparto menor de iletrados frívolos e irresponsables. No es cuestión de ideologías. Ni siquiera se trata de derrotar un partido. Al PSOE –o a lo que de él quede, tras las dosis de ludopatía en soluciones de incoherencia que le han inoculado en estos años- lo vamos a necesitar para una futura alternancia. Eso también es elemental. Y, aunque lo urgente sea jubilar al Gobierno de los despropósitos, lo verdaderamente importante es derrotar una idea. Una idea resumida en una frase, no se si vera pero, en todo caso, ben trovata: “ya ves, Sonsoles, aquí cualquiera puede ser Presidente de Gobierno”. Pues bien, puede pero no debe, como descubrieron los clásicos tras el funesto experimento de Alcibiades.

Y el mensaje, para que lo escuchen con claridad y atención los “encuesteros” de los tirios y troyanos del futuro, depende de nosotros. A la postre, es un problema de respeto a nosotros mismos. Repitamos, pues, el famoso dictum de Cromwell, con que el Parlamento exorcizó a Chamberlain en Abril de 1940: “habéis estado demasiado tiempo entre nosotros para el bien que podáis hacer. Marchad, os digo, y terminemos de una vez. En nombre de Dios, dejádnos”
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