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¿España o Transilvania? (Viaje al reino de Zapatero)

jueves 24 de febrero de 2011, 21:31h
Aquí, los espacios son públicos o privados dependiendo de si quien los ocupa es socialista o no. Viene esta reflexión a cuento de que la mayoría de las chicas musulmanas suelen asistir al colegio luciendo un pañuelo en la cabeza, y la tipificación de esa conducta como un incalificable escándalo y una intolerable provocación es algo que parece ser perseguido con tan especial ahínco que, cualquier día de estos, acaso la veamos introducida en la legislación española. El resultado será que, si soy musulmán y mi hija no va al colegio con el pelo suelto, estaré cometiendo -o incitándola a cometer- un delito o una falta grave. Así, sin comerlo ni beberlo. Las hijas del presidente del gobierno, en cambio, pueden asistir a clase -e, incluso, a una recepción del máximo mandatario de los Estados Unidos- disfrazada una de fantasma y otra de vampiro, y no pasa nada. Lo que hagan las hijas del presidente en un espacio público no deja de ser, al parecer, algo perteneciente a todos los efectos a la esfera privada, en lo que nadie debe inmiscuirse y que, además, supone un loable reconocimiento a las libertades conquistadas por los muertos vivientes de Transilvania. En realidad, sería absurdo esperar otra cosa, cuando su padre, que se supone que no tiene dieciséis ni dieciocho años ni gasta pintalabios morado, se permite saltarse la asistencia a una misa oficiada por S. S. Benedicto XVI sin que ello, por supuesto, deba dar lugar a lecturas sesgadas que interpreten dicha ausencia como una falta de respeto a otro Jefe de Estado.

Pese a comprender y respetar la renuencia de las familias de vampiros a pisar suelo sagrado, uno -pues lo cortés no quita lo valiente- se siente tentado de sentenciar que cada cual debería preocuparse de enseñar a vestir a sus propios hijos antes de entremeterse en los atavíos de los de los demás, pero claro, vaya usted a saber si semejante afirmación no será ya constitutiva de delito. Lo mismo, la frase me cuesta un año de condena a trabajos sociales en un taller feminista o en una ONG destacada en los Cárpatos, allá donde tanto se sigue venerando la memoria del compañero Vlad Dracul.

De hecho, incluso hay gente con las entendederas tan atoradas que considera el antedicho asunto del pañuelo un problema “musulmán” (y un problema, esto es lo mejor, suscitado por la propia víctima: la bala, claro, no tiene la culpa de que el muerto se cruzara en su camino). Ni siquiera asistir a la retirada de los crucifijos en los colegios les ha abierto los ojos a la realidad de que también van a por ellos, de que también ellos son “provocadores”, de que la persecución del pañuelo islámico, la retirada de los crucifijos, la desaparición de las corridas de toros en la televisión pública, la aprobación del “matrimonio” entre homosexuales y el bombardeo mediático a los televidentes con la narración serializada de todo tipo de marranadas y el seguimiento de disputas entre gente con la picha hecha un lío no constituyen sino movimientos tácticos de una misma pinza ofensiva.

Entre la discutibilísima cualificación de los gobernantes para ejercer las responsabilidades propias de su cargo y la sumisa bovinez de la gente, a nadie puede escapársele que a un artista, para medio sobrevivir en la España de Zapatero, no le queda otra que fingir ser tonto de baba. Esto ya ha sucedido en otros pagos: o se pasa por el aro y se ofrece la yugular al vampiro, o al ostracismo. No está mal, hombre, eso del ostracismo: en otros tiempos, se podía acabar –en el mejor de los casos- en un educativo gulag, tenemos que dar gracias a los socialistas por su generosidad, por ese Gran Salto Adelante que han dado. Al fin y al cabo, en la Transición podían haber dado el de Mao y han dado sólo el de Miau… De cualquier modo, uno barrunta y respira un poco por todas partes la existencia de un proyecto cada día menos disimulado de reactualizar aquellos modelos sociales en los que, por ley, los oficios religiosos habían de concluir antes de las ocho y media de la mañana, a fin de no “perturbar” la “vida normal” de “la sociedad”.

Confieso no estar ya seguro de vivir en España o en una versión chusca, sociata, muy mal rematada, de la Transilvania upiro-marxista. En España, quién se lo iba a decir a Paul Naschy, si quieres someterte a una “reasignación de sexo” con cargo a la Seguridad Social, todo serán facilidades. Entras al quirófano siendo un hombre, y sales mujer o… vete a saber qué. En cualquier caso, irreconocible. ¡La magia del Gran Vampiro! No sé si incluso premiarán tu valentía con unas vacaciones en Santo Domingo. Pero ni sueñes con que la Seguridad Social vaya, por ejemplo, a hacerte una resonancia magnética. ¿Qué quieres? ¿Acaso el padecimiento de tres hernias discales supone avance alguno por tu parte en la lucha por las libertades? Deja, deja…

Luego, resulta obvio que los conatos de imposición de directivas “lúdicas” según las cuales, en los recreos, los escolares no deban jugar al fútbol a no ser que ambos equipos sumen un número idéntico de niños que de niñas (o de niñ@s, creo que hay que decir) son sólo uno de los muchísimos indicativos de que las tendencias legislativas hallan –conscientemente o no- sus fuentes de inspiración en los códigos civiles y penales de la URSS o de la Rumanía de Ceausescu, donde, en las clases de gimnasia, al alcanzar en su salto más altura que el bajito, el alumno de más estatura era amonestado por rebelarse contra los dogmas igualitarios. ¡Ah, aquellos magníficos paraísos de trabajadores en los que la búsqueda de la prosperidad por medios honrados no cesaba de toparse con innumerables cortapisas y el monopolio de la actividad intelectual y artística era atribuido al “pueblo” (hoy, la “sociedad civil”) y, en particular, a la omnipresente casta de los burócratas! Mas, ¿para qué añorarlos, teniendo a mano el ejemplo de la España carpatizada, donde nada se puede frente a los caprichos del funcionariado?

Como el funcionario no fuma, a joderse todos. Como la funcionaria nunca se ha comido un rosco, a procesar por acoso en el puesto de trabajo a quien ose soltar –perdón: ¡proferir!- un piropo. Como al funcionario no le atraen las mujeres, todos a jugar a preparar la comidita a la Nancy desde pequeñitos. Como la funcionaria no tiene claro que eso del orgasmo constituya una práctica democrática, a financiar a su ex pareja de hecho con doscientos mil euros para un estudio científico sobre tan espinoso enigma. Como el funcionario no distingue entre un natural y un trincherazo, fuera toros y a empollarse todos documentales sobre los moluscos gasterópodos. Como el funcionario, en el colegio, no solía rebasar el “suficiente” en ninguna asignatura, paso de curso para todos, se apruebe o no. Y, al maestro que no lo tenga claro, jetazo que te crió.

En Andalucía, los funcionarios culturales se han manifestado ya reiteradamente a favor de la reducción en lo posible de la enseñanza bilingüe, con el argumento de que ésta podría generar a corto plazo “nuevas élites”. Sí, claro, no aprendamos idiomas, no sea que se incomode quien no habla correctamente ni el suyo natal. Tampoco es un secreto que cada día son más los parados que, para aumentar sus opciones de obtener un contrato de trabajo, presentan currículos en los que reducen en lo posible sus titulaciones, cualificaciones, experiencia laboral... En la Transilvania de Zapatero, en efecto, un idioma o una carrera de más pueden convertir en perpetuo el paso por el limbo del desempleo. ¿Acaso es un secreto que, en este país multicolor, resulta mucho más fácil publicar un libro si no se ha publicado nunca nada que si se tienen ya una obra y un reconocimiento intelectual y artístico a las espaldas?

Como a mí, aparte de en El Imparcial, no me dejan escribir apenas en ninguna parte, seguramente porque ya habré publicado demasiado para los standards transilvanos, una de las poquísimas plumas al pie del cañón en la denuncia de estos sinsentidos es la de Javier Marías en sus columnas dominicales, y –a juzgar por el constante flujo de cartas al director remitidas por ofendidos lectores- para gran disgusto de las masas bienpensantes. Las reacciones epistolares cosechadas no dejan de ser un reflejo edulcorado de las cartas que los “proletarios” dirigían a Pravda para desenmascarar como enemigo del pueblo al escritor, el dramaturgo o el pintor “cosmopolitas”, exigiendo su depuración por no lucir en sus macetas las flores políticamente correctas o haber contraído matrimonio con quien amaban y, además, merecía la aprobación de sus padres, y no con quien “el pueblo” esperaba y “necesitaba” que lo hubieran hecho.

Leo a Javier Marías y me pasmo, con él, de saber que, si quiero seguir siendo considerado escritor, he de proceder a aprender un castellano que, en muchos respectos, guarda muy poca relación con el que hablo desde hace cuatro décadas. En efecto, de darse por buenas las normas recientemente aprobadas por la Real Academia de la Lengua, los libros y artículos escritos hasta ahora por mí, y publicados en cabeceras y editoriales supuestamente prestigiosas, no valen un duro, porque, para empezar, infinidad de acentos están mal colocados, aparte de los que sobran. ¿Qué decir de las mayúsculas? ¿Cómo se me pudo ocurrir escribir tantísimas veces Dios con mayúscula? Y… ¡acabo de volver a hacerlo! ¡Tierra, trágame! Lo más sorprendente, y lo que me vale en cierta medida de consuelo, es que supongo que tampoco valen un duro los libros escritos por los señores (perdón: señ[email protected]) que han promulgado estas nuevas normas. También me tranquiliza, claro, la esperanza de que todo esto se arregle con una buena quema de mis libros en cualquiera de esas Noches Blancas que tanto están refinando el paladar literario de la sociedad civil.

Todo esto, por supuesto, va unido a los buenos usos sociales acuñados por el funcionariado, también denunciados oportunamente por Marías: “nativo americano” en vez de “piel roja”, “personas que juegan al fútbol” en vez de “futbolistas” (“[email protected]”, pues, ya no es suficiente)… Según leo en su último artículo, ya se está preparando una edición “correcta” de un libro de Mark Twain en la que la palabra “negro”, usada por los esclavistas en sentido despectivo, es oportunamente reemplazada por “esclavo”. No sé si se tratará de no herir la sensibilidad de los lectores negros o de, paradójicamente, persuadirles de que la esclavitud no era tan mala, pues los plantadores se dirigían a ellos en términos de lo más respetuoso. Tampoco, si a partir de ahora habrá que decir que tal boxeador no es “negro”, sino “descendiente de esclavos”. Y bueno, hace tiempo que sabemos de la existencia allende los mares de una Biblia “políticamente correcta” en la que Dios (perdón por la mayúscula, es la costumbre) no es Dios, sino Dios/Diosa…

En fin, que a ver lo que dura Marías, porque el eufemismo y la manipulación del idioma son armas típicas de las sociedades totalitarias, en las que un chiste a destiempo puede costar pero que muy caro. En la URSS, siento recordarlo, había un montón de palabras cuyo uso estaba estrictamente prohibido, por cuanto éste podía denotar simpatía o inclinación hacia actividades como los bailes y estilos musicales “capitalistas” y otras actividades igual de contrarrevolucionarias… A quien cuestione que esto sea cierto, permítaseme recomendarle la lectura de una tan espléndida novela como “Una saga moscovita”, de Vasili Aksiónov, recientemente publicada por la editorial La Otra Orilla… Eso sí: advierto que la traducción no se ajusta a las nuevas normas de la Real Academia de la Lengua Española. Supongo que pronto será reparado tamaño despropósito.

Recomendaciones y chanzas de consolación aparte, la realidad es que la divinización de la mediocridad, la tara, la chapuza, la incapacidad, la ineptitud, el complejo y la grosería, unida al aplauso permanente a todo lo estólido en aras de una vaga solidaridad de quinta fila, dota de más actualidad que nunca a una frase de Juan Benet, a quien hace poco recordábamos en otro artículo: "No creo”, escribió, “que pueda triunfar en política quien no sea capaz de hacer grandes simplificaciones, de hablar por boca de muchos, de conformarse con medias verdades, de relegar siempre al futuro la obra bien hecha y conformarse con la mediocridad presente". Hoy, esta apreciación resume, con una precisión difícilmente superable a menos que se pierdan los buenos modales, el espíritu reinante en un cuerpo social ufano de su mezquindad, obsesionado por la “visibilidad” -¡mágico vocablo!- de aquello de lo debería dar vergüenza alardear. Cuanto más pretenciosos y engreídos se tornan los próceres socialistas, rebuscados y seleccionados entre los cuadros de más ínfima valía de su partido, más y más va extendiéndose el olor a sopa de sobre.

Ya sabemos que lo que vendrá detrás de ellos tampoco va a saber a angulas, sino, como mucho, a gulas. Pero, después de tantísimos cazos de sopa juliana, es de esperar que las gulas nos supongan un reparador descanso de esta plaga de eructos a granel.
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