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Ansiedad

domingo 27 de febrero de 2011, 17:36h
Para Bego

La ansiedad es, sin duda, uno de los males más extendidos de occidente. Todo lo achacamos a ella y lo excusamos con ella. ¿Que nos da por atiborrarnos a chocolate? Es que estamos ansiosos y no sabemos por qué. ¿Qué nos fumamos un paquete de cigarros en dos horas? Es que no podemos con la ansiedad que nos produce el trabajo, la ausencia del mismo, la culpabilidad por todo el chocolate que nos hemos metido en el cuerpo o, simplemente, el aguantarnos a nosotros mismos. Según la omnisciente wikipedia, la ansiedad afecta a más del 20% de la población, en la mayor parte de los casos sin que se sepa.

Supongo que el problema es que nos cuesta mucho enfrentarnos a nosotros mismos. Mirarnos a la cara en sentido metafórico y escudriñar lo que se presenta ante nosotros es difícil de asimilar. Lo bueno y lo malo de nuestro ser, de nuestra vida, de nuestras perspectivas, de nuestras pequeñas miserias son realidades demasiado crudas como para aguantarlas sin el bastón de un comportamiento compulsivo con el que distraer ese vacío existencial sobre el que tanto se ha escrito.

La ansiedad ataca durante la calma tensa que precede o antecede a la tormenta. Cuando nos encontramos en el epicentro de un problema de verdad, de esos que en frío nos parecen insuperables, no hay ansiedades que quepan. Sacamos el superhéroe que llevamos dentro y salimos adelante sin importarnos qué se pone delante. Lo épico por duro o doloroso que sea siempre trae consigo un extraño narcótico que nos vuelve insensibles al desasosiego. En el punto álgido de la batalla nos sentimos invencibles y esa fuerza combatiente nos llena de tal forma que hay sitio para mil emociones diferentes pero nunca para la desidia vital que desencadena en ansiedad.

Porque la ansiedad es fruto directo del vacío, de la monotonía que nos mata, de la insatisfacción y del terror a la nada. Cuando la vulgaridad, el aburrimiento y la decepción son las marcas que se instalan en nuestro destino hay algo dentro de nosotros que busca en los atracones, en los cigarros histéricos, en el dolor físico o en cualquiera de las manifestaciones externas de la ansiedad llenar ese vacío insoportable que nos empuja a ese abismo absurdo por cuyos bordes se derraman los días, con sus momentos buenos y malos, igualándose todos ellos en un viscoso líquido de color pardo.

Las escenas más tristes y punzantes que ha dado el arte no son las que reflejan grandes tragedias. Al fin y al cabo, las lágrimas, por insoportable que sea el dolor o la rabia que las causen, son una señal de que estamos vivos. Es la indolora, inodora y absurda nada de la miseria cotidiana, del sinsentido de los días robotizados la que busca en la ansiedad y sus manifestaciones un paradójico asidero a la vida.
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