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El invierno del Coronel

lunes 28 de febrero de 2011, 21:34h
La llamada “comunidad internacional” –que institucionalmente se concreta, sobre todo, en Naciones Unidas, la OTAN o la UE- está siendo severamente criticada por su tardanza en reaccionar ante la brutal reacción de Gadafi contra su propio pueblo, alzado contra él. Parece que nadie imaginaba que Gadafi fuera capaz de tanta salvajada. Como si el coronel libio fuera un reconocido demócrata que, de pronto, se hubiera olvidado de su liberales principios. ¡Qué sorpresa! Pero lo cierto es que Gadafi ha sido siempre el mismo: Un golpista que ha rendido un fervoroso culto a la violencia más atroz desde que se hizo con el poder en 1969. Aunque pasó fugazmente por la británica academia de Sandhurst, nunca ocultó su odio por todo lo occidental. Su Pequeño Libro Verde –pequeño por el tamaño pero también por la consistencia intelectual- fue presentado como “la tercera teoría universal” que superaba tanto al capitalismo como al marxismo. “Hay gentes que hablan de democracia, de libertades, de libertad de expresión e incluso de libertades en las Universidades. Solo los enfermos pueden pensar así”. La frasecita da idea del horizonte mental del personaje al que el egipcio Sadat consideraba esquizofrénico y que, otro vecino, el entonces presidente sudanés, el Numeiri, precisaba: “Tiene una doble personalidad, pero las dos son perversas”. Lo mismo pensaban algunos de sus primeros compañeros de revolución. Uno de ellos afirmó que a los doce años Gadafi se había caído de un camello y se había golpeado la cabeza. “Desde entonces –añadía- no se ha repuesto”. Le conocían mejor que los líderes occidentales que le han hecho objeto de tantas complacencias. Tony Blair, en su libro de memorias, A Journey, justificando la invasión de Irak, llega a escribir, por dos veces, que ya podía haber aprendido Sadam de Gadafi. Se supone que todo un modelo. Así va Occidente.

El coronel-dictador fue el más activo terrorista durante los años setenta y ochenta del pasado siglo. Haría falta un libro para explicar su trayectoria de impulsor, financiador o protector de todos los grupos terroristas de aquel periodo, incluido algunos de extrema derecha. Su ayuda al IRA quedó más que demostrada y una reconocida especialista, Claire Sterling, afirma en su libro The Terror Network que fue él quien facilitó a ETA los explosivos del atentado contra Carrero Blanco. También tuvo conexión por entonces con el Polisario, según señala otro especialista, Edouard Sablier, que le denomina “el mecenas de la muerte súbita. Y se sabe que financió también a partidos separatistas corsos, sardos o bretones. Algún pequeño partido español del sur parece ser que también se benefició de su generosidad financiera. Los petrodólares dan para mucho. Irónicamente, Gadafi se sentía defensor de todos los oprimidos del mundo (menos de su propio pueblo) y llegó a escribir a Reagan exigiéndole “la libertad de los indios de América” que, según decía, le habían pedido ayuda porque “en su mayoría son de origen libio”. (Vid. E Sablier: Le fil rouge. Histoire secrète du terrorisme international. Pg. 58).

Fue precisamente Reagan quien, como respuesta a uno de los atentados patrocinados por Gadafi (el de la discoteca de Berlín, que produjo víctimas norteamericanas), decidió en 1986 el bombardeo de Trípoli y Bengasi. Murieron algunos civiles, entre ellos una hija de Gadafi, que respondió ordenando nuevos atentados. Un avión francés de la UTA y un americano de la Panamerican fueron los objetivos. En el primero hubo 170 víctimas mientras este último causó la muerte de los 259 pasajeros y tripulantes más 11 vecinos de la localidad escocesa de Lockerbie, en cuyo cielo se produjo el atentado. Madeleine Albright –que considera a Gadafi como el antecesor de Osama bin Laden, en cuanto patrocinador del terrorismo internacional- ha narrado las complejas negociaciones con el coronel-terrorista que solo once años después, en 1999, condujeron a la entrega de los dos acusados por el atentado, que fueron juzgados, por la oposición de Gadafi, no en el Reino Unido sino “en un país neutral”, los Países Bajos, aunque la pena de prisión la cumplieron en una prisión escocesa. En agosto de 2009, todavía con Gordon Brown como primer ministro, el gobierno autónomo de Escocia dio la libertad al principal convicto del atentado, el Megrahi, aparentemente por “razones humanitarias” por estar afectado de un cáncer terminal. Pero al hijo y heredero designado de Gadafi, Saif al-Islam, que negoció la entrega, se le escapó (?) decir que en el trasfondo estaba el suministro de gas y petróleo. Y es que en los últimos diez u once años a Gadafi se la ha consentido todo y ha sido casi un niño mimado de Occidente.

La invasión de Irak en 2003 fue un revulsivo para Gadafi que posiblemente se temió ser el siguiente y prometió “portarse bien”. En agosto de aquel año se llegó a un acuerdo que condujo al levantamiento de las sanciones (solo suspendidas desde 1999) que le había impuesto la ONU, a cambio del pago de una fuerte compensación (2.700 millones de dólares) a los familiares de las víctimas del vuelo de la Panam. Los Estados Unidos mantuvieron sus propias sanciones hasta que en diciembre de aquel año Gadafi prometió abandonar todas sus armas no convencionales, admitiendo la verificación internacional. ¡Qué buen chico! Fuentes americanas atribuyen la buena disposición de Bush (el malvado de los progres) a la presión de las compañías norteamericanas que querían su parte en el rico mercado de los hidrocarburos libios. Gadafi ha vivido a partir de entonces una auténtica “primavera” internacional, prometió reformas económicas, escasamente realizadas, y en 2009 visitó Roma, donde anudó lazos con Berlusconi, y acudió por primera vez a la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. En su intervención, que desbordó con mucho el tiempo concedido, puso a caldo al Consejo de Seguridad y argumentó una de sus propuestas favoritas: Un único Estado para israelíes y palestinos.

Pero la primavera ha llegado a su fin por el levantamiento de su oprimido pueblo y el coronel, como el de García Márquez, ya no tiene quien le escriba y se ha sumido en el aislamiento del invierno final. Libia es una sociedad tribal y es lo menos parecido a un Estado organizado. Además, históricamente no ha tenido una unidad consolidada pues la Cirenaica ha tirado más para Egipto (Naser fue el inicial modelo de Gadafi), mientras la Tripolitania miraba más al Magreb. Escenario importante que fue en la II Guerra Mundial (Rommel llegó hasta más allá de Tobruk y Montgomery contraatacó desde El Alamein, en Egipto), en las noticias de la época no aparece nunca el nombre de Libia, sino el de sus dos grandes regiones del este y del oeste. De ahí que algunos teman una eventual división.
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