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El síndrome de Túnez

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
En la reciente presentación de su libro Memoria de Washington, siempre interesante y a ratos apasionante, Javier Rupérez se entretuvo en relatar el impacto que produjo en la Administración americana el anuncio, por parte de Zapatero, apenas instalado en La Moncloa, de que iba a retirar las tropas españolas en Irak. Eran sus últimas semanas como embajador de España en Washington y pudo seguir los acontecimientos, que narra detalladamente en las páginas finales del libro, desde una posición privilegiada. Estuvo al tanto de la visita de Bono –en trance de ser nombrado ministro de Defensa- al secretario de Defensa americano Rumsfeld, el 8 de abril, en la que ratificó la voluntad de retirada del nuevo Ejecutivo español y nos da cuenta de los comentarios que suscitó en las dos partes ese encuentro, en el que él no estuvo presente.

Aunque era obvio que los americanos hubieran preferido que nuestro país hubiera seguido formando parte de la coalición anti-Sadam, se hicieron cargo enseguida de la nueva situación. “Si los españoles tenían decidido irse, lo mejor que podía ocurrir es que lo hicieron de una manera ordenada y avisada”. En el aire quedó la idea de que, en tiempo y forma, se hablaría de las circunstancias de la retirada que el nuevo Gobierno español, más allá de cualquier otra consideración, los americanos entendían que tenía el derecho de llevar a cabo. Pero en Washington se quedaron de piedra cuando, apenas unos días después, Zapatero anunció la inmediata y precipitada retirada de nuestras tropas. No era eso lo que se esperaba y allí todo el mundo revivió la increíble escena del 12 de octubre de 2003 cuando Zapatero, contra las más elementales normas de todos los protocolos, permaneció sentado al paso de la bandera de los Estados Unidos durante el desfile de la fiesta nacional. (Yo estaba en la misma tribuna y al principio pensé, ingenuo de mí, que se había sentido indispuesto, tan insólito era el gesto).

Pero Rupérez, tanto en la presentación como en una de las páginas de su libro, nos relata cómo la sorpresa ante la actitud del nuevo Gobierno alcanzó un momento aún más crítico cuando, en visita a Túnez, el 9 de septiembre de aquel año 2004, Zapatero se permitió animar a los países que tenían tropas en Irak a seguir el ejemplo español. “Si hubiera más decisiones en la línea del gobierno español se abriría una expectativa más favorable [para la situación en Irak]”. No me resisto a transcribir el comentario de Rupérez en una página anterior. “Lamenté mi incapacidad para comprender que en general, y con algunas excepciones, el comportamiento político de los socialistas en momentos cruciales para los intereses generales tiene poco que ver con la racionalidad o con una visión patriótica y nacional de esos intereses”. Lo cierto es que la frase tunecina de Zapatero mostraba, con toda nitidez, que no tenía ni idea de lo que estaba pasando en Irak.

Siete años después, y tras haber contemplado la tosca trayectoria, entre circense y trágica, de Zapatero, todo aquello casi carece de relevancia por su grotesca coherencia con cuanto ha sucedido desde entonces. Pero tras el último viaje de Zapatero a Túnez -procedente de Oriente Medio y con escala en Madrid- me ha parecido que los aires tunecinos tienen la rara cualidad de exacerbar la notoria capacidad zapateril para soltar disparates y decir inconveniencias que provocan el sonrojo propio y la vergüenza ajena. Es todo un alarde de cinismo que quien no ha ocultado su propósito de “superar” la Transición, haciendo suya la llamada doctrina revisionista y fomentando el guerracivilismo, se atreva a ofrecerles a los tunecinos el ejemplo que dio España en aquel periodo. En la concepción ideológica de Zapatero, la Transición estuvo lastrada por la idea de reforma que la obligó a aceptar elementos procedentes del franquismo (empezando, por cierto, con la institución monárquica) y era preciso enlazar con la idealizada II República, sobre la que ha leído, desde luego, muy poco. Yo le he oído decir que “nuestros valores son los valores de la II República”… Poco sabe de aquella República y de lo que significó la Transición, quizás porque, como les dijo a los tunecinos, en aquellos momentos sólo tenía quince años y posiblemente le faltó madurez y formación para comprender lo que su país estaba viviendo. Y se ve que después no ha querido estudiar aquella etapa, que produjo asombro en el mundo y orgullo en todos los españoles de buena fe.

En este último viaje, según cuentan los medios, en un almuerzo con representantes de la oposición tunecina les habló, ¡otra vez! de su abuelo “fusilado por Franco” y les soltó esta perla: “No sabéis cómo se puede disfrutar de la democracia. En mi caso, hasta he llegado a ser presidente del Gobierno”. La conexión entre democracia y disfrute se entiende perfectamente “en su caso” porque personalmente le ha tocado una inesperada lotería, que para el país ha sido una especie de plaga. Por algo le dijo a su mujer, al poco de llegar al cargo, según se ha relatado en varias ocasiones: “No sabes cuántos miles (o decenas de miles) de españoles serían capaces de gobernar a España”. Entre esa muchedumbre con capacidades gestoras y de gobierno él ha sido el agraciado. Y así nos ha ido. Podía dar un curso de “disfrute democrático” destinado a los cuatro millones largos de parados. Sería todo un éxito.

Pero, ¿cómo extrañarse de esta reconocida capacidad de fabular en quien se fue a Estados Unidos a decir que ya habíamos superado a Italia y estábamos a punto de dejar atrás a Francia, todo lo cual tenía de los nervios a sus amigos Berlusconi y Sarkozy? Todo encaja en eso que un filósofo ha denominado “el pensamiento Alicia”, como explicación del universo mental de Zapatero. No en vano ha aprovechado también el reciente viaje a Túnez para afirmar que la recuperación se notaría en el primer trimestre (y lo decía cuando ya habían pasado los dos primeros meses) y que se crearía empleo en la segunda mitad de este año 2011, que tan cuesta arriba se le está haciendo a tantos millones de españoles. Sin aportar ningún dato sólido para apoyar sus afirmaciones, Zapatero parecía más un visionario profeta que un político en ejercicio. Decididamente, algo tienen los aires de la vieja Cartago que alejan a este hombre de la cotidiana realidad, aun más de lo que suele ser habitual en él.
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