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El testimonio del preso 16.670

miércoles 09 de marzo de 2011, 13:52h
El campo de concentración Auschwitz-Birkenau es uno de los mayores horrores que haya conocido la humanidad. Se calcula que entre sus muros perdieron la vida más de dos millones de personas, quedando su nombre asociado a las atrocidades que allí se cometieron. Pero en medio de todo aquello hubo también historias que ponen de relieve la excepcional calidad humana de sus protagonistas; en este caso, la de un franciscano polaco llamado Maximiliano Kolbe. O, mejor dicho, San Maximiliano Kolbe, canonizado en 1982 por su paisano Juan Pablo II.

Nacido en 1894, no tardaría en tomar el hábito de San Francisco para, acto seguido, doctorarse en Teología y Filosofía en Roma. En 1927 fundó a las afueras de Varsovia un convento al que daría el nombre de Ciudad de la Inmaculada, obra -no sólo material- cuya dimensión aún hoy puede verse. La devoción mariana que el padre Kolbe siempre profesó le llevó a erigir un magno proyecto en honor a la Inmaculada: aparte de la basílica, en Niepokalanów -nombre polaco de la Ciudad de la Inmaculada- había talleres de maquinaria, de imprenta, bibliotecas, un empalme ferroviario e incluso una estación de radio desde la que el padre Kolbe tenía la misión de difundir el mensaje mariano.

Pero todo se fue al traste con la invasión alemana de Polonia en la Segunda Guerra Mundial. Por aquella época la Ciudad de la Inmaculada servía de refugio para más de 3.000 personas, sobre todo judíos. Algo que los nazis no estaba dispuestos a tolerar. Así, la Gestapo se hizo con el mando de Niepokalanów y deportó a todos los que allí estaban. Maximiliano Kolbe fue a parar a Auschwitz, donde se le asignaría el número 16.670. No es preciso recordar ahora las terribles circunstancias en que se desarrollaba la vida -y la muerte- en aquel campo de exterminio. Porque se trataba precisamente de eso, de exterminar a todos aquellos que los nazis estimaban que no merecían vivir. Ya lo dijo Chesterton: “la respuesta a cualquiera que hable de exceso de población es preguntarle si él mismo es parte de ese exceso de población o, si no lo es, cómo sabe que no lo es”.

Una mañana, durante el recuento, se echó en falta a un preso, que había logrado fugarse. El comandante del campo montó en cólera y eligió al azar a diez personas para que fueran ejecutadas como escarmiento público. Al señalar a un sargento polaco de nombre Franciszek Gajowniczek, éste musitó “pobre esposa mía; pobres hijos míos”. Aquellas palabras de despedida llegaron a oídos del padre Kolbe, cuya reacción dejó a todos de una pieza. Con voz firme y decidida, dio un paso al frente y le dijo al oficial de las SS: “soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene esposa e hijos”. Dicho y hecho. Su petición fue aceptada y, de este modo, el padre Kolbe fue internado en un sótano sin ventilación alguna donde tendría que morir de hambre y frío. Pero como quiera que pasaban los días y Kolbe no moría, finalmente fue asesinado con una inyección letal.

Los que coincidieron con él durante su cautiverio afirmaron que nunca le falto presencia de ánimo. Siempre que pudo celebró la eucaristía, y el hecho de que incluso en aquellas penosas circunstancias fuera capaz de insuflar esperanza a los demás resulta conmovedor. Casi tanto como las lágrimas del anciano Franciszek Gajowniczek -aquel al que un humilde franciscano polaco salvó la vida- durante la ceremonia de canonización en Roma del preso de Auschwitz número 16.670 y patrón de los radioaficionados: San Maximiliano Kolbe.
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