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Empatía

domingo 13 de marzo de 2011, 17:05h
Es un recurso fácil e incluso de mal gusto, lo sé. Pero supongo que es inevitable tomar como ejemplo a Japón, apenas dos días después de que la naturaleza, una vez más, nos recuerde que vivimos en un mundo ficticio. Que por más que pretendamos fingir que los fenómenos naturales son excepciones que algún día podremos controlar, estamos aquí de prestado, a expensas de que lo nos depare el futuro incierto del caos sobre el que hemos construido una balsa de papel con la que creernos invencibles. Y cuando ves las sobrecogedoras imágenes del agua arrollando todo a su paso, destruyendo en unos segundos las vidas, el trabajo y el futuro de millones de personas, te das cuenta de lo relativo de todo este mundo absurdo que un pandilla de tontos se empeña en tomarse demasiado en serio.

Algo en nuestra naturaleza parece estar hecho para el caos, para adaptarse a la destrucción porque si no, no entiendo el empeño de muchos en crear sus propios tsunamis personales cuando todo está en calma, por el mero hecho de disfrutar con la destrucción a pequeña escala que crean a su alrededor. Pasándose por el arco de triunfo todas esas zarandajas sobre la empatía y el ponerse en el lugar del otro, hay gente que encuentra el sentido de su vida en erigir sus miedos y pequeñas miserias en dogmas de fe que el resto de la humanidad debe comprender y asumir porque, claro, allí están ellos. Aquí vengo yo, como un terremoto emocional dispuesto a destruirlo todo porque sí, porque me ciego tanto conmigo mismo y mis problemas que sólo encuentro consuelo en repartir a mi alrededor un poco de ese caos que me mata por dentro.

Y lo peor de todo es que es lo que se estila y se fomenta hoy en día. Confundir el amor y el respeto por uno mismo con la arrogancia absurda del tonto que es incapaz oler su propia mierda. Eso sí, la de los demás es insoportable, un lastre que acaban metabolizando como una ofensa más a su maravilloso ser. Y por ahí van, tomándose tan en serios a sí mismos y a las tonterías del día a día, que a veces te entran ganas de que les pase algo gordo de verdad para que se den cuenta de lo ridículos que resultan, con sus maneras resabiadas y toda su humanidad sin pulir. No puedo con ellos.
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