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Gadafi, el Ceausescu africano

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Algunos comparan la actual revolución del mundo árabe con la de la Europa comunista de 1989. Ya veremos. Hay, en todo caso, una semejanza destacable. Una y otra se han desarrollado de una manera relativamente pacífica, salvo en un caso: En Europa quien más se aferró al poder y más mató para conseguirlo fue Ceausescu, que pagó con su vida su resistencia criminal. En el norte de África, Gadafi se perfila como un nuevo Ceausescu dispuesto a la masacre del pueblo libio antes que a retirarse. De momento, parece que lo va consiguiendo. Pero se puede apostar que sus días están contados y que su final puede ser como el de Ceausescu y no el exilio de los Mubarak y ben Ali. Todo depende de cómo actúen las instancias internacionales, hasta ahora pródigas en declaraciones pero parcas en acciones.

La Unión Europea aspiraba desde hace tiempo a convertirse en “un actor global”, y con el Tratado de Lisboa, vigente desde hace más de un año, los más optimistas esperaban que tal objetivo pasase de las musas al teatro, que diría el clásico. Pero tras la actitud de su máximo órgano, el Consejo Europeo, respecto del conflicto de Libia, formulada tras varias semanas de espera en su reunión del pasado viernes, ha quedado demostrado que esa aspiración no es más que una vacía retórica sin existencia en la realidad. Ni es posible un acuerdo entre los Veintisiete ni es esperable una actuación capaz de frenar la salvaje represión de Gadafi sobre su pueblo. A estas horas las tropas del atrabiliario coronel pueden estar ya en Bengasi, la capital de los rebeldes, y si eso es así no solo habrá recuperado todo su opresivo poder dictatorial sino que se iniciará la más brutal de las venganzas contra quienes se atrevieron a levantarse contra él. Vae victis! Los dirigentes europeos han recibido a los enviados de los rebeldes, les han reconocido como interlocutores y les ha animado en su desigual lucha. Pero todo ha quedado ahí: Ni una mala palabra, ni una buena acción.

“Para proteger a la población –decía el comunicado de la UE- …[se] examinarán todas las opciones a condición de que exista una necesidad demostrada, una base legal clara y el apoyo de la región”. Como lo leen. ¿Necesidad demostrada? ¿Acaso no se ve desde Bruselas cómo está machacando Gadafi a los rebeldes? No se sabe a qué esperan los Veintisiete para llegar a la conclusión de que es necesario hacer algo para evitar la masacre de la población libia y decidirse a protegerla. ¿Apoyo de la región? Desde el jueves (antes, por lo tanto de la cumbre de la UE) el Consejo de Cooperación de Golfo afirmaba que el régimen de Gadafi había dejado de ser legítimo y apoyaba la creación de una zona de exclusión aérea para proteger a la población de los bombardeos de la aviación del dictador. Y el sábado la Liga Árabe apoyaba el establecimiento de esa medida, aunque con la oposición de Argelia y Siria. ¿A qué esperan la UE y la OTAN? La debilidad que está mostrando ante el coronel libio eso que suele llamarse “la comunidad internacional”, en la que tenemos que incluir a Naciones Unidas y a los Estados Unidos, envía un claro mensaje al dictador de Trípoli y a todos los demás dictadores de la región: Matar es la mejor solución para permanecer.

Para poner un freno eficaz a la locura criminal de Gadafi hace falta que se cumpla, según los dirigentes de la UE, la segunda de las condiciones establecidas en su comunicado del viernes: “una base legal clara”. Se alude así, tan indirecta como hipócritamente, a una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que en este caso parece difícil alcanzar por el posible veto de Rusia o China, que no parecen entusiasmados con la idea de establecer una zona de exclusión aérea. Queda así a la vista la contradicción intrínseca en ese manoseado concepto de “la legalidad internacional” que, se supone, se basa en la idea de preservar y defender la paz y los derechos humanos, pero que se convierte, paradójicamente, en el pretexto para mirar para otro lado mientras un dictador como Gadafi masacra a su población y viola todos los derechos humanos de la misma. Hasta Kofi Annan, anterior secretario general de Naciones Unidas, traumatizado por la violencia ejercida por Milosevic sobre los albano-kosovares, llegó a decir en un discurso ante la Asamblea General, en septiembre de 1999, que las fronteras y la soberanía no son sagradas cuando un gobierno actúa criminalmente contra una parte de su población. Aquella intervención de la OTAN no contó con el respaldo del Consejo de Seguridad. Nadie -o muy pocos- levantó entonces la voz contra una intervención aérea que impidió que continuara el genocidio kosovar. Pero ahora la OTAN, enfangada en el avispero afgano, es más débil y Obama no quiere más aventuras exteriores. Primero porque no quiere que le comparen con Bush (aunque en el 99 era Clinton quien estaba en la Casa Blanca) y, en segundo lugar, porque no se fía de sus aliados europeos, especializados en el papel de “capitán Araña”.

Algunos expertos aseguran que establecer sobre Libia una zona de exclusión aérea sería muy fácil Más fácil que las dos experiencias anteriores de este tipo, que tuvieron lugar sobre los Balcanes y sobre Irak, tras la guerra de 1990-91. Dado que las bases aéreas de Gadafi y las principales concentraciones de población están en la costa, la zona de exclusión se podría mantener desde el mar, con barcos de guerra y aviones sin entrar en el espacio aéreo libio que usarían munición de precisión y harían muy difícil la posibilidad de represalias por parte de Gadafi. Esta operación aero-naval podría impedir eficazmente las operaciones de la aviación de Gadafi. La eficacia aumentaría si a los rebeldes se les suministrara el armamento adecuado, sobre todo misiles tierra-aire, con posibilidad de ser disparados desde el hombro. Tal fue el caso de los muhadiyines que en los años ochenta del siglo pasado luchaban contra los soviéticos que habían invadido Afganistán. Los americanos pusieron a sus disposición lanzamisiles Stinger, operados desde el hombro, muy eficaces contra helicópteros y aviones en vuelo a baja altura y lograron arrebatar el dominio del espacio aéreo afgano a los soviéticos, que al final de aquella década tuvieron que retirarse.

Pero el mundo ha cambiado mucho en este último cuarto de siglo y el “efecto Irak” pesa desgraciadamente sobre las decisiones internacionales. Esta OTAN no es como la de los noventa sino que está mucho más acomplejada y aturdida por la guerra de Afganistán. Los Estados Unidos no son ya como en aquella época, cuando Clinton estableció las zonas de exclusión aérea sobre Irak, con la colaboración del único aliado fiable, esto es el Reino Unido, para evitar que Sadam Husein masacrara a los kurdos del norte y a los chiíes del sur. La UE ponía las bases de la Política Exterior y de Seguridad Común y poco después de la Política Europea de Seguridad y Defensa, pero su capacidad operativa siempre ha sido muy escasa, como se ha demostrado desde Bosnia al Índico, pasando por el Congo. Entretanto, Gadafi se carcajea de los occidentales y si todo le sale como pretende, después de la masacre, volverá a sus etapas más violentas, para mantenerse mientras pueda en el poder y pondrá sobre la mesa la baza maestra de los hidrocarburos, con la que logró que le cortejaran los occidentales, hasta extremos que ahora avergüenzan. Al final, su salida es ya inevitable (¿o no?), pero ¿cuántas vidas se habrá llevado por delante?
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