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El valor de la amistad

martes 15 de marzo de 2011, 21:37h
En tiempos tan inciertos como estos, mudarse con armas y bagajes a otra urbe, y hacerlo más por puro instinto que por necesidad o compromisos perentorios que empujen a ello, no deja de suponer embarcarse en una aventura de consecuencias imprevisibles, y ello pese a que la ciudad elegida sea una tan especial como Sevilla y a que uno no sea en ella, por muchas razones, un absoluto extraño.

Me resulta difícil imaginarme una mejor y más cálida acogida que la que a mi mujer y a mí nos ha brindado Sevilla, y ello, insisto, al margen de las antiguas querencias y las raíces que, a uno y otro, pudieran vincularnos a esta ciudad fundada en el Érase Que Se Era por Hércules después de su victoriosa batalla contra los Geriones. Así que quiero dar las gracias de corazón a todos los magníficos sevillanos que tan generosamente nos han abierto de par en par las puertas de sus corazones y de sus vidas. Quizá piense, lector, que esto no va con usted, pero se equivoca (y no me lo tome a mal). Creo que una columna no está sólo para censurar lo que creemos injusto o discrepar del argumento o el desmán ajenos, sino también para dar gracias a la vida por las satisfacciones que nos da. Tener algo que agradecer es un don que a mí me alegra el día, y permítame decirle que también puede tornar más intensa la luz del suyo.

Por más sentido que corresponda atribuir a aquello de sujetar la propia vela, resulta obvio que nuestras existencias no serían lo mismo sin el tabasco, la salsa tártara o el mojo picón con que las aderezan los momentos gratificantes que, en el día a día, nos regalan los amigos. En nuestro caso, Rafael Jiménez “Chicuelo” y su familia, con su hospitalidad, su torería de oro puro y su inquebrantable buen talante. Melchor Santiago, flamenco de cabo a rabo, sin cuya guitarra y melismas trovadorescos las noches de estas iluminadas orillas ni de lejos serían lo mismo. La buena sombra andante de “Pansequito”. La familia Roldán, al pie del cañón en un “Volapié” cuya clientela no cesa de tapizar el aire con las más insólitas fantasías. Pedro Machuca y Blanca Bardeau, gracias a quienes viajamos en la furgoneta de los Reyes Magos.

Manuel Loreto, hombre de irreductible fidelidad a su memoria y afectos. La entusiasta Rosario García Molina, de “Unesco/Sevilla”. Carlos Cadenas, caballero de la Tabla Redonda, tío de mi gran amigo Ricardo. Pedro y Lola Díaz, que no se pierden una fiesta. Toni Benítez, otro que tampoco. Ignacio Bolívar y Pablo Palomo, la visita a cuya caseta ferial no puede eludirse. Teresa y Reyes Melgarejo (o la aristocracia por bulerías). Álvaro y Carmita Martínez Conradi (a no mucho tardar, “La Quinta” estará en todas las ferias, ya se verá). Pepe Perejil, siempre con un chiste en el paladar y una caja de mostachudos langostinos a mano. Socorro González, guardiana del “Minotauro”. Pepe y Antonio Donaire, en permanente liza por dilucidar quién atiende mejor a la clientela. Antonio “El Marsellés” y sus impagables momentos de bohemia.

Joaquín Amador y Manuela Carrasco, que, en “Tronío”, mantienen viva la lumbre de la noche flamenca. Pepe Lérida, de El Mantoncillo (tengo que pasarme a apoquinarte los cuarenta euros de la otra noche). Manuel Alcantarilla, Hermano Mayor de la Hermandad de Triana. Antonio Ortega (pura sabiduría indostánica, tu despedida de cada programa: “¡Sean felices!”). José Manuel Gómez y Méndez, celoso vigilante de las glorias pasadas y por venir de la Alameda de Hércules. Herminia Borja, capitana del bolero por bulerías, y Belinda Santiago, o el baile por tangos tornado adamantina llama. José Luis Montoya, que nos tiene presentes en sus anales de la villa. María Antonia Escoto, o la verdad por delante como norma. José Ortega Cano (un honor, compartir mesa contigo en la rueda de prensa de tu despedida). Martín Borja y Carmen, voz y seis cuerdas de “El Clarín de Triana”. Mi tío Juan Miguel Ortega Ezpeleta, ex Hermano Mayor de los Gitanos. Y todos los camareros del Spala de la Plaza del Duque, sin cuyo café en vaso corto y pan a la catalana… pues no tendría uno arrestos para dar cuenta del día en plenitud de facultades psíquicas.

Unos, son amigos desde hace la tira. Otros, más recientes. De calidad todos. La amistad no la definen ni miden los años, sino las afinidades y, sobre todo, la temperatura del primer encuentro. Claro que en esto, como en todo, cada uno se fiará de su catón. Lo que está claro es que, sin amistad, a la vida le falta gratinado.

Su lista, internauta que me lee desde su butaca en Sevilla o, a lo mejor, en Madrid, Delhi, El Espinar, Alicante o el Turkestán chino, será, probablemente, otra. Ya lo imagino. Pero seguro que tiene una. Permítame una recomendación: trasládela al papel y, siquiera sea mentalmente, no deje pasar la ocasión de reconocer a sus amigos por el afecto de ellos recibido, ni de darles las gracias por las alegrías que le deparan y los providenciales capotes que le echan. Es de bien nacidos, y le limpia a uno el alma de las gangas que la cercan.
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