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La importancia de un tal Pelayo

miércoles 16 de marzo de 2011, 16:12h
Es la dictadura de lo políticamente correcto. Se empezó por retirar de las Cortes de Aragón el antiguo escudo, en el que aparecían las cabezas de cuatro moros, para no ofender a los idem. Se hizo lo propio en la catedral compostelana con la escultura de Santiago matamoros. Y las pasadas navidades, un maestro infiel fue denunciado en Al-Andalus -hay que hablar con propiedad- por tener la osadía de ponderar en clase las bondades de un alimento tan impuro como el jamón de Trevélez.

Se ha llegado a denostar incluso la figura de don Pelayo, por la utilización que de la misma se hizo en el régimen de Franco, sin reparar en la estulticia que supone apropiarse de alguien que vivió trece siglos atrás, sea cual sea el propósito. Lo cierto es que si don Pelayo levantase la cabeza, probablemente volvería a sus riscos, espantado de lo que tenía ante sí. Porque, para los que ponen en duda su importancia, conviene decir que hasta los propios cronistas musulmanes le atribuyen, aunque sin quererlo, el germen del espíritu de la Reconquista.

Poco se sabe de su origen astur, aunque sí parece claro que tenía tierras por la zona. Posiblemente ocupase un cargo nobiliario en la España visigoda -espatario, una especie de jefe de guardia real-, ya invadida por los musulmanes. Uno de ellos, Munuza, gobernador del norte peninsular, le envió a Córdoba en misión oficial. Se trataba de una excusa, pues el taimado moro se había encaprichado de la hermana de Pelayo, Ermesinda -desde luego, no sería por el nombre-. Al regresar éste y percatarse de la jugarreta, montó en cólera y se alzó en armas contra Munuza, estableciendo su cuartel general en el monte Auseba, lugar donde se hallaba la cova dominica -Covadonga-.

Lo que pasó después no está nada claro. Las cifras son tan disparatadas por uno y otro bando que se antoja imposible hacer una reconstrucción ponderada. Por parte cristiana, la Crónica Albeldense dice que una hueste de 187.000 moros enfiló sus pasos hacia Covadonga, donde les recibió don Pelayo. El obispo don Oppas, tránsfuga él, intentó convencerle de que se rindiera pero, ante la negativa del español, espetó a los sarracenos: “acercaos y luchad”. Y lucharon, sí, pero en mala hora, porque 125.000 fueron pasados a espada por los aguerridos astures, y el resto perecieron sepultados por la acción milagrosa de las rocas que les golpeaban sin piedad. La Crónica de Al-Maqqari, sin embargo, cuenta que “se levantó en tierras de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo”. Relata el cronista musulmán que con el “asno” en cuestión no había más de 300 infieles, cuyo número se redujo hasta quedar apenas 30. Pero los moros estaban bastante más preocupados del reino franco, Pirineos arriba, por lo que desistieron de meter en cintura a aquellos hombres y les dejaron a sus suerte. Al fin y al cabo, “30 asnos salvajes, ¿Qué daño pueden hacernos?”.

Pues mucho, a juzgar por los resultados. El propio cronista reconoce que el reino de Pelayo duró 19 años y el su hijo Favila -devorado por un oso, el infeliz-, apenas dos. Pero posteriormente “reinó Alfonso, abuelo de los Banu Alfonso, que consiguieron prolongar su reino hasta hoy y recuperar lo que los musulmanes les habían tomado”. O lo que es lo mismo, de aquella escaramuza de un tal Pelayo devino posteriormente la estirpe de reyes que acabaría con siete siglos de invasión musulmana y cristalizarían en lo que hoy es España. Será cuestión de mandarle a Gadafi un ejemplar de las memorias de don Pelayo; a ver si toma nota de lo que un puñado de rebeldes puede hacer.
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