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La odisea libia

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
“Odisea al amanecer” ha sido el nombre de código que se ha asignado a la operación -¡por fin!- destinada a establecer una zona de exclusión aérea sobre Libia y a impedir que Gadafi siga masacrando a la población civil. Pero, para odisea, la del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas hasta que el jueves pasado logró alumbrar la resolución 1973 que no solo autoriza esa operación y “todas las medidas necesarias” para alcanzar sus objetivos, sino que legitima de facto pero de una manera muy clara el polémico principio de injerencia humanitaria, hasta ahora discutido, cuando no proscrito. En nombre de la sacrosanta soberanía y de la no intromisión de los asuntos internos de un país, cualquier dictador, como el coronel libio, se podía permitir la sistemática violación de los derechos humanos sin que desde fuera (y menos aún desde dentro, claro está) se pudiera hacer nada para frenarle. Ya se echó mano de esta motivación para justificar la acción de la OTAN contra Serbia, en 1999, para impedir que Milosevic prosiguiera con la matanza de albano-kosovares. Pero ¡horror! en aquella ocasión no había resolución de Naciones Unidas: Dos casos muy parecidos, dos intervenciones aéreas que, según los “legalistas” tendrían distinta valoración jurídica, aunque en las dos se trataba de proteger a la población civil.

Todo esto plantea muchos problemas que siguen sin estar resueltos y que ponen en entredicho el vidrioso concepto de “legalidad internacional”, tal y como se viene manejando. ¿Se atrevería alguien a afirmar que los muertos que vos matáis, bien muertos están porque ninguna resolución lo había prohibido expresamente? ¿Eran “legales” los asesinatos masivos de kurdos y chiíes que Sadam Husein llevó a cabo porque Naciones Unidas no se había puesto de acuerdo para prohibirlos? ¿Han sido “legales” las muertes de libios a que Gadafi se ha dedicado desde hace tiempo hasta el 17 de marzo, fecha de la resolución onusiana? Que un órgano tan político como el Consejo de Seguridad sea la máxima instancia de la legalidad internacional atenta contra principios muy esenciales del Derecho, incluido el de la separación de poderes. Los gobiernos que están allí representados –y muy especialmente los permanentes dotados del derecho de veto- son los encargados de aplicar la ley que ellos mismos promulgan. Algo que sería inadmisible en una democracia bien constituida. Además el veto o la amenaza de usarlo impide en muchas ocasiones que se repriman las más sangrantes violaciones de los derechos humanos. ¿Entendería alguien que en un Estado los criminales estuvieran impunes y a sus anchas porque las instituciones no se hubieran puesto de acuerdo para aprobar la legislación adecuada para sancionar sus crímenes? ¡Sacrosanta legalidad internacional, cuántos crímenes se cometen y se permiten…en tu nombre!

La odisea a que nos referíamos al principio viene a cuento por el tiempo que se ha tomado el Consejo de Seguridad para aprobar la resolución 1973 mientras Gadafi mataba libios y acorralaba a los rebeldes contra su régimen dictatorial. La Carta de las Naciones Unidas (artículo 24) atribuye al Consejo la misión de “asegurar [una] acción rápida y eficaz” y le asigna “la responsabilidad primordial” para el mantenimiento de la paz y de la seguridad internacionales. En este caso, como en tantos otros, hemos comprobado que lo de la acción rápida no es un atributo del que pueda presumir el Consejo. Se podría decir que la Carta lo concibe como una especie de juez de guardia para actuar inmediatamente en cuanto sea necesario. Y ya hemos visto lo que ha sucedido en este caso de Libia. La rapidez brilla por su ausencia y de la eficacia…ya hablaremos. Gadafi inició su matanza a mediados de febrero; sólo el 26 de ese mes aprobó una primera resolución, la 1970, que pedía al Tribunal Penal Internacional que investigase la violación de los derechos humanos presuntamente cometida por Gadafi y aludía a posibles “crímenes contra la humanidad”, ordenaba el embargo de sus bienes y de los de sus cómplices y prohibía sus viajes. Pero Gadafi siguió matando y bravuconeando y lo ha seguido haciendo incluso después de la segunda resolución, la 1973, del pasado jueves.

Lo importante, desde luego, es que se haya llegado al acuerdo, plasmado en esa resolución. A nadie le ha extrañado que Rusia y China se hayan abstenido y casi habría que agradecerles que no hayan hecho uso del veto, como ocurría en otros tiempos. Ha sorprendido mucho más la abstención de Alemania, que refleja la inseguridad de la canciller Merkel ante su propia opinión pública, nada propicia a aventuras exteriores (aunque acaban de poner en marcha la plena profesionalización de sus fuerzas armadas, algo impensable hasta hace muy poco), y los nervios ante las elecciones regionales que se van a celebrar en los próximos meses y que no parecen muy propicias para su partido. Sarkozy también está preocupado por las encuestas y por su problemática reelección en el 2012, pero ha reaccionado de una manera muy diferente poniéndose al frente de la operación y echando el resto en un claro intento de redorar sus credenciales mediterráneas después del fracaso de la Unión para el Mediterráneo, una idea suya que ha quedado varada por el momento, seguramente por sus exorbitantes ambiciones. Después del patinazo con el tunecino ben Alí, Sarkozy no quiere dar cuartel al vecino Gadafi y si logra que abandone el poder y, además, que en Libia se establezca un régimen de transición relativamente estable y respetuoso de los derechos humanos, no cabe duda de que se habrá apuntado un tanto importante. Pero, lo cierto, es que la salida de esta operación no está nada clara por el momento. Por su parte, Obama está más que ayudando, pues su aportación es esencial, pero ha preferido que sean lo europeos quienes asuman la dirección de la operación y él se ha ido a Iberoamérica, su tradicional “patio trasero”. Para él, Libia es el “patio trasero” de los europeos. ¡Allá ellos! Bastante tiene con Irak (operación concluida, pero solo teóricamente) y con Afganistán, todo un avispero en el que estima que los europeos le han dejado prácticamente solo. Sigue mirando sobre todo al Pacífico (allí está China, el inevitable amigo/enemigo) y lo que ocurre más allá del Atlántico parece que no lo entiende y le aburre soberanamente.
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