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Francia y la extrema derecha (2) : ¿Síntoma o evolución?

martes 22 de marzo de 2011, 11:17h
Desde hace más de 25 años, la cuestión de la extrema derecha ha complicado la vida política francesa. Lo que apareció como una crisis muy puntual en el año 1983-1984 se ha convertido en la mayor evolución del sistema político francés. Esta evolución acompaña una metamorfosis social y cultural de Francia. La crisis industrial iniciada en los años 1970, marcada por los grandes desastres del textil, de la siderurgia, del automóvil, ha mermado la clase obrera no sólo en sus números sino también en su capacidad de referencia cultural y moral. La urbanización se ha intensificado alrededor de los grandes núcleos y las afueras bastante mal articuladas a la vida de estos mismos núcleos han proliferado. La inmigración ha cambiado sustancialmente el rostro de Francia. En 1998, un espejismo – la victoria del equipo de fútbol en el Mundial – hizo creer que una Francia “Black, Blanc, Beur” (Negra, Blanca, Árabe) había nacido. La crisis económica ha ido desmoralizando a los franceses, a quienes se viene explicando desde 1977 la necesidad de reforma de su sistema social (ha habido 38 reformas del sistema de financiación de la Seguridad Social desde 1977 hasta hoy y 4 reformas de las pensiones desde 1993, ¡esperando la quinta a partir de 2013!). El papel de Francia en el mundo se ha transformado por completo, empezando por una integración europea a la vez deseada y temida, en la cual Francia parece tener a veces el liderazgo y otras veces no. La cultura francesa sobre todo en su vertiente escolar ha sido sometida a un proceso de contestación iniciado en mayo del 68 pero cuyo significado no puede confundirse con una simplificación que haría de este mes de contestación el alfa y omega de todos nuestros males. No se puede entender los sobresaltos de la vida política francesa sin esta perspectiva de medio plazo, sin tomar en cuenta un cuarto de siglo de historia que ha transformado el país.

Todo eso ha hecho que han ido corriendo soterráneamente unas inquietudes, distintas según los medios, los grupos y las personas. El lamentable debate sobre la identidad nacional no puede hacer olvidar que la interrogación individual y social sobre la identidad francesa ha organizado buena parte de nuestros últimos años. En 1984, el historiador Pierre Nora, al empezar su gran obra colectiva sobre los lugares de la memoria, había tenido la intuición de esta entrada en crisis del modelo francés de representación de sí mismo. Las polémicas de hoy sobre la laicidad, la sacralización de la ley de 1905 de separación de las Iglesias y del Estado son otros síntomas de la incapacidad colectiva para pensar el futuro sino en claves de un pasado esclerozado. La invasión o proliferación del término “República” o el adjetivo “republicano” en el discurso político es un fenómeno absolutamente coetano del resurgir del Frente Nacional y no significa nada sino la nula capacidad de la clase política que se ha condenado a la incantación casi supersticiosa (a ver si con llamar a los sentimientos republicanos de los franceses se hace bajar el voto extremista).

El partido de Le Pen prospera en aguas turbias… y las aguas francesas son turbias desde hace 25 años. El Front National es un síntoma de disolución y desbarajuste del sistema político francés. Pero esta degradación del clima político no debe ser leída a través del único ángulo de la extrema derecha. La tendencia de largo plazo a una bajada de la participación electoral es otro factor de análisis. La inestabilidad política es un síntoma añadido de la desorientación del electorado (entre 1978 y 2002, cada mayoría parlamentaria saliente ha sido derrotada en las elecciones siguientes permitiendo nada menos que 6 cambios de rumbo político, cuando en España y en Alemania solo se contabilizaban en el mismo periodo tres, y en el Reino Unido dos).

Cuando un cuerpo enferma aparecen síntomas. Una vez el diagnóstico hecho, se le puede proporcionar la medicina adecuada. En Francia, estamos jugando con el síntoma. Lleva 25 años ante nuestros propios ojos y no se le trata porque a algunos les viene bien así y porque el talento de Le Pen padre y ahora de Le Pen hija hace que la dinámica esté lanzada. No se trata la enfermedad francesa porque ni se ha sabido ni se ha querido.

Lo malo es cuando la enfermedad crece, imparable. Las sociedades democráticas pueden morir y Europa ha dado varios ejemplos de eso. Francia no está inmune. Existe un verdadero estado de emergencia en un país dolido por sus transformaciones, por sus angustias individuales y sociales. Solía pensar Ortega y Gasset que la decadencia de un país empieza por la de sus élites. La marea creciente del Front National traduce esta decadencia. El populismo y el rechazo a las élites no nacen ex nihilo sino de un sentimiento de abandono por parte de un pueblo inquieto. Varias capas de este pueblo ya se han rendido a las simplificaciones de un discurso radical que pretende combatir las angustias. Otras capas se están rindiendo. No es de extrañar. ¿O es que la crisis financiera no iba a tener, además de su precio presupuestario y económico, un precio político y cultural?

La crisis de la democracia europea es ya una realidad cuyo destino aún está por escribir. Francia es una luz roja que se está encendiendo (o mejor dicho que ya está encendida) en el panorama europeo. Vigilémosla.
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