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"Te pienso siempre"

domingo 27 de marzo de 2011, 14:42h
Me gusta el “me gustas”. Ése al que cantan los Babásonicos en “Risa”. Ese “I like” que The Divine Comedy repite hasta la saciedad en la canción homónima. Ese “me gusta” que muchos desprecian ignorando que de él se nutre la felicidad cotidiana de la que absurdamente renegamos. Reivindico el gustoko, la tontería y alegría que, como cantan Babasónicos, “no dura para siempre”. Hay que aprovechar ese momento maravilloso en el que lo que sientes no es tan profundo como para adentrarte por terrenos trascendentales. Un te quiero es algo tan sólido, tan intenso, que según cómo y de dónde venga puede hundirte o lanzarte hasta distancias que no estás preparado a asumir. Un “te quiero”, un “te amo”, un “te necesito”, te engancha por dentro, se aferra a tus entrañas y casi te quita hasta el aire. Se sitúa en el terreno de lo absoluto, del todo, del blanco o el negro. Del todo o nada cuando la mayor parte de las veces no estás preparado para asumirlo en toda su dimensión, porque no eres correspondido o viceversa. Un “me gustas”, sin embargo, se mueve en el campo de los sueños sin manchar. De las ilusiones y el cosquilleo en la tripa.

Hay me gustas pequeñitos, que te alegran el día, que te despiertan una sonrisa por la mañana. “Me gustas” intensos que no sobreviven a las luces de la discoteca de turno o “micro-me gustas” que comienzan con una mirada y acaban en la parte trasera de nuestro cerebro, mientras imaginamos en duermevela historias intangibles. A veces, un “me gustas” hasta llega a ser fuente de frases maravillosamente engoladas y grandilocuentes, de mentiras piadosas en las que nos sumergimos con la conciencia tranquila de que no durarán más de lo que dura un mes. La frases más maravillosamente exageradas, destinadas a morir antes de terminar su sonoridad surgen en medio de esos “me gustas” que disfrazamos de elocuencia porque, equivocadamente, pensamos que sin trascendencia –aunque sea falsa- la cosas tienen menos valor. Cómo si no supiéramos que al fin y al cabo la vida se compone de momentos intrascendentes que son los más bonitos. Como si nos diera reparo reconocer que alguien nos puede “gustar tanto” como para “querer aprender su nombre”, pero no para querer llorar por él o por ella. Es difícil resistirse a recrearse en un “te pienso siempre”, a pesar de que huela a mentira a kilómetros. Pero lo cierto es que pocas veces te dirán algo tan bonito y sincero como un “me gustas tanto que no sé por donde voy”.
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