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Incertidumbres

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
A Zapatero le ha subido la moral, según confesión propia, la reunión celebrada el pasado sábado en La Moncloa con la flor y nata del gran empresariado español. Por lo que ha transcendido, la mayor parte de los participantes se movieron en el plano de los intereses empresariales y plantearon los problemas que más acucian al mundo productivo en general y a sus respectivos sectores en particular, desde los costes energéticos hasta las complejas cuestiones del crédito -que no arranca- y del sistema financiero -a la espera de la reválida de los nuevos stress tests- pasando por los horarios comerciales y el absentismo laboral. Casi todos, además, aludieron a la necesidad de un marco laboral más flexible, una manera de decir que la reforma que hizo el Gobierno hace pocos meses, no ha servido para mucho, por no decir que para nada. Hasta el mismo presidente se movió en el estricto ámbito de lo económico con sus nuevas promesas sobre formación personal y 30.000 becas para jóvenes desempleados, aparte de sus habituales prédicas sobre la competitividad y el ya inminente crecimiento económico… Nada nuevo. La temible palabra, “rescate”, no parece que llegara a pronunciarse y el susto portugués, provocado por la dimisión de Sócrates, no debió llegar a abordarse, como si hubiera ocurrido en otro continente. El optimismo antropológico del presidente, empapó el ambiente general de la reunión y Zapatero no tuvo que arrojar venablos envenenados contra esos fatídicos mercados, que en tantas otras ocasiones le han amargado la existencia.

Lo más notable y comentado de la reunión fue la intervención del presidente del Santander, Botín, que, con otros tres grandes empresarios haciéndole coro, desaconsejaron vivamente a Zapatero cualquier tentación de convocar elecciones anticipadas, en contra de lo que, según todas las encuestas, piensa y aún exige una enorme mayoría de españoles. Botín se metía así de hoz y coz en política y se daba el lujazo de contradecir a la opinión pública y a todas, o casi todas, las fuerzas políticas de la oposición, que creen necesarias unas elecciones ya. Más aún, no vacilaba en entrometerse en los asuntos internos del PSOE -donde el clamor para que Zapatero se aclare sobre si va a no a presentarse de nuevo es ya ensordecedor- recomendándole que aplazara la cuestión de la (su) sucesión. Una cuestión, ciertamente, que a la mayor parte de los españoles que desean unas elecciones anticipadas les trae totalmente al fresco, porque apuestan por un cambio que es metafísicamente imposible que pueda proceder ya del partido de los socialistas, como queda bien a la vista en toda Europa. (¿Recuerdan cuando, no hace tanto, se nos ponía como ejemplo a Sócrates y a la oposición portuguesa que, a la cuarta, no ha tenido más remedio que negarle su apoyo, porque el dimitido primer ministro carece, también, de credibilidad?).

Lo más curioso del fervorín pro-Zapatero de Botín es el argumento de que “no hay que crear incertidumbres”. ¿No percibe el gran banquero que es de todo punto imposible crear más incertidumbres de las que ya existen? Es saludable que se constate que la situación general es menos grave que cuando se celebró el anterior sínodo empresarial, no hace todavía medio año. Pero eso no quiere decir que las incertidumbres se hayan despejado, ni que sean menores que entonces. En el ministerio de Economía están eufóricos porque colocan la deuda del Estado a intereses relativamente razonables, pero esa deuda, que sigue aumentado espectacularmente, habrá que pagarla en un futuro más o menos próximo, salvo que se ponga en práctica la fórmula de Luis XVI: “después de mi, el diluvio”. Zapatero viene de Bruselas con el firme (?) propósito de flexibilizar el marco laboral pero inmediatamente tiene que reconocer que eso dependerá de que la patronal y los sindicatos se pongan de acuerdo. El Gobierno es impotente: no está…ni se le espera. Él, que se cargó la ley de estabilidad presupuestaria, porque había que acabar con todas las herencias del PP, se propone ahora reducir el gasto público… de la Administración central porque no tiene poderes para que hagan lo mismo comunidades y ayuntamientos. Parece que la soberanía “nacional”, ya no pertenece al conjunto de los ciudadanos, que tienen en el Estado y en su Gobierno su natural representación, sino, repartida en trocitos, a esas entidades regionales y locales. También aquí el Gobierno es impotente: su único cometido es aplicar las, más que recomendaciones, instrucciones, que le dan en Bruselas, siempre que, por aquí, le dejen sindicatos, empresarios, comunidades autónomas y tutti quanti. Estamos volviendo a la Edad Media, en la que, como explicaba Naef, aquellos débiles reyes tenían por encima unas “instancias supraestatales”, emperador y papa, y por debajo unas “instancias infraestatales”, nobleza, clero, ciudades, gremios…que les dejaban ayunos de cualquier atisbo de poder efectivo.

Pero la máxima incertidumbre es la que pesa sobre esos casi cinco millones de españoles (según cifras oficiales) que están en paro y que no tienen esperanzas de salir de esa penosa e insoportable situación. Zapatero dice que vamos a crecer ya, enseguida. Pero, ¿quién le cree, cuántas veces ha dicho cosas parecidas? Nuestro crecimiento previsto no llega al 1 por ciento y sólo a partir del 2’5 por ciento se puede –y con mucho optimismo- pensar en que se van crear puestos de trabajo. Tiene razón el señor Botín: no hay que crear más incertidumbres, ya tenemos bastantes con las que sufrimos. Vivimos, pues, en plena incertidumbre. Los bancos tienen poco crédito, porque éste no llega a familias y pymes, pero el Gobierno tiene aun menos crédito de esa clase más sutil pero más necesaria en política y que es sinónimo de credibilidad y de confianza. Hay que tomar muchas decisiones para salir de este atolladero pero ¿quién las va a tomar en este Estado neocorporativo o polisinodal? Nadie sabe ni quién ni cuándo ni cómo se van a tomar esas imprescindibles decisiones. Pensar que puede tomarlas este Gobierno es dar una muestra de aquella famosa fe del carbonero de que hablaba Unamuno. Las Cortes Generales, baqueteadas y desacreditadas, han dejado de ser el centro de la vida política y el horno donde se cuecen las decisiones de mayor transcendencia y se las ha relegado al papel de decir amén, sin rechistar demasiado, a lo que hayan acordado sindicatos y empresarios o bien a lo que el presidente Zapatero haya pactado con los “barones” de “sus” comunidades autónomas, en largos almuerzos o cenas monclovitas, supongo que ahora sin humo de tabaco, aunque ¡cualquiera sabe!
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