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El seudoaconte-cimiento

lunes 04 de abril de 2011, 21:39h
Las nutridas brigadas mediáticas al servicio del Gobierno y del PSOE se pasaron toda la semana pasada, hasta el sábado, achicando agua porque el barco socialista se hundía. La publicación de los documentos internos de ETA que mostraban hasta qué punto había llegado, increíblemente, la negociación-cesión del Gobierno con la banda terrorista tuvo el efecto de un torpedo en la línea de flotación zapateril. Los argumentarios preparados en Ferraz o en Gobelas eran insistente y repetitivamente aireados por los brigadistas del oficialismo en radios y televisiones con un aparente nulo resultado, incapaces de encubrir las evidencias. Hasta Rubalcaba, bien entrenado en ese deporte de mentir sin inmutarse y de no soltar prenda pese al acoso de la oposición, daba muestras de haber perdido los nervios y, después de dedicarse al canturreo, más bien estúpido, intentaba descalificar con groseros insultos de cloaca al ex-presidente Aznar. Se atrevía incluso a acusar al PP de “haber llevado al Parlamento la bazofia de ETA”, pero lo que no decía es que esa bazofia era un producto manufacturado conjuntamente por los terroristas y los negociadores enviados por el Gobierno para hacer pachas con aquellos “hombres de paz”. Como el marido que es sorprendido en la cama matrimonial con su amante y ante la imprevista aparición de la legítima balbucea aquello tan socorrido de “esto no es lo que parece”, el hombre del 11 al 14 de marzo, el de los sms y el acoso a las sedes del PP, el de la flagrante violación del día de reflexión y de la repugnante indignidad de el Faisán, intentaba venderle a la opinión pública que lo negro era blanco.

Pero llegó el sábado 2 de abril y Zapatero anunció que no se presentaría a las elecciones de 1012 (¿pero cómo se va a presentar si después de siete años largos ha demostrado que es impresentable?) y todos los medios que se habían dedicado a comentar y a analizar hechos tan graves como los relativos a los papeles de ETA, el Faisán y otros asuntos –no diré, desde luego, menores- como los EREs andaluces, se lanzaron, durante horas y horas y páginas y más páginas a explicarnos quién es Zapatero y qué ha hecho durante estos dos mandatos, como si los españoles no lo hubieran sufrido ya suficientemente en sus propias carnes. Con ese entusiasmo que caracteriza al rancio periodismo de negritas, la mayor parte de los medios se dedicaron con fruición, además, a especular por la sucesión de Zapatero, como si lo que este hombre deja tras sí fuera una ilustre corona o una sustanciosa herencia y no un partido desprestigiado y, peor aún, un país arruinado. Un país que clama por el cambio. Un cambio que no le pueden dar ninguno de esos nombres que se postulan porque todos ellos son corresponsables –prefiero no decir cómplices- de los desmanes producidos por quien ya ha sido calificado con justicia como el peor presidente de la democracia española.

La representación de Zapatero ante su comité federal encaja perfectamente en lo que el genial historiador americano Daniel Boorstin llamaba “seudoacontecimientos”. Definía Boorstin un seudoacontecimiento como una especie de anti-noticia, una novedad sintética, fabricada, no espontánea y que tiene respecto de la realidad subyacente una relación ambigua, en el sentido de que, muy a menudo, se utiliza para desplazar del espacio público a esa “realidad real”. El seudoacontecimientos es, por lo tanto, una forma de encubrir la realidad que molesta. Con ejemplos tomados de la vida política norteamericana, Boorstin explicaba que el objeto de los seudoacontecimientos es siempre que los periodistas, encandilados por la falsa novedad, que en alguna ocasión él bautiza como “happening”, descuiden lo auténtico y se vuelquen en lo ficticio. Se trataría de que los periodistas “piquen el anzuelo”, si se me permite hablar así. Él sabía que el buen fabricante de seudoacontecimientos siempre consigue sus objetivos porque –escribía refiriéndose al famoso senador McCarthy, el de la caza de brujas comunistas- “tenía una fascinación diabólica y un poder casi hipnótico sobre los reporteros hambrientos de noticias”. Y añadía que la fortuna política de este senador, “fue promovida casi tanto por los periodistas que él consideraba sus enemigos como por los pocos que eran sus amigos”. Una constatación que tiene plena aplicación en España donde los medios teóricamente situados más enfrente del Gobierno son muy a menudo los que con más facilidad entran al trapo y caen en las trampas que se les tienden desde el poder. “Los periodistas honrados y el carente de escrúpulos senador McCarthy –escribía Boorstin- son ramas separadas del mismo negocio”. Más de uno debería meditar por aquí esas sabias palabras.

El happening sabatino de Zapatero y la compleja y abundosa reacción mediática posterior ilustra también otra de las constataciones de Boorstin: “los seudoacontecimientos generan otros seudoacontecimientos en progresión geométrica”. Y, en efecto, hemos visto cómo la noticia de que Zapatero no se presentará ha producido toda esa larga serie de especulaciones sobre quién será el sucesor, que no han hecho más que empezar. De momento, casi todos los medios se han olvidado de las bochornosas negociaciones con ETA, del Faisán, de los EREs y hasta de la crisis económica que, con las subidas generalizadas de este mes de abril, nos ha mostrado otra de sus más pavorosas dimensiones. La escandalosa cifra del paro, que se confirma que dobla la media europea, parece menos importante para los medios que darle cobertura a un Zapatero que dice que se va, pero que, de momento, se queda y podrá por lo tanto seguir presidiendo la paralización de un país, en vez de llamarle a las urnas como han hecho en Irlanda y Portugal. Hábil maniobra de comunicación política –a cada cual lo suyo- pero triste operación de ocultamiento de una situación económica que está en caída libre.
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