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Viajes en primera

domingo 10 de abril de 2011, 13:01h
Hace cosa de un mes, el CIS hacía público un informe en el que se constataba que los políticos son la tercera preocupación de los españoles, por detrás de los problemas económicos y el paro. Hoy por hoy, a los españoles nos preocupan más los tejemanejes y las chapuza de nuestros políticos, que cosas como el terrorismo de ETA. Y la verdad es que no es de extrañar. Al fin y al cabo, las consecuencias de la mediocridad generalizada de nuestra clase política están resultando mucho más graves de lo que hubiéramos imaginado hace unos cinco años. ¿Podría ser de otra forma cuando tenemos a ministros de la talla intelectual y política de Leire Pajín, o cuando la gran esperanza blanca del PSOE es Rubalcaba que, con todos mis respetos, no deja de ser el menos malo del partido pero lejos de ese gran líder que necesita la política? Como tampoco lo es Rajoy, por cierto.

No soy muy amiga de la crítica feroz así, porque sí. Pero resuñta difícil no caer en ella, en la rabia y la impotencia cuando te enteras de que, con la que está cayendo, los políticos sólo se ponen de acuerdo para mantener sus privilegios y prebendas hasta límites aberrantes. Cuando los eurodiputados que se solazan en el dorado retiro belga se niegan a viajar a en clase turista y votan en contra de la medida que les obligaría a hacerlo. Y sí, ahora no me vale que se retracten después de que Twitter haya echado chispas con la broma. Si no se llega a enterar nadie, ahí seguirían.

Como siguen manteniendo un suelo mínimo de 3.996€ los diputado del Congreso que sólo tienen el mérito de haber ocupado horas en las alcantarillas de un partido, mientras gente que preparada se brega en la calle para conseguir, con suerte, un mal empleo de mileurista. No hay que olvidar, además, que a cualquier diputado le basta con siete años de ejercicio para tener la pensión máxima asegurada, mientras que los miembros del Gobierno la tienen por el mero hecho de jurar su cargo.

No quiero situarme en un a postura totalmente contraria a la política. Al fin y al cabo, es la mejor representación de una democracia en la que sigo creyendo. Pero precisamente por eso, porque creo en ella y porque considero que es algo delicado y al que hay que cuidar con esmero, me repatea que quienes deberían ser garantes de ello, se dediquen a establecer medidas irresponsables y egoístas, que sólo consiguen que los ciudadanos sintamos cada días más desafección y desprecio por quienes nos representan. Falta honradez, coherencia y, sobre todo, vergüenza.
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