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Asesinar la esperanza

martes 12 de abril de 2011, 12:21h
La actual escalada militar en el conflicto entre Israel y la Franja de Gaza controlada por Hamás no es la novedad más inquietante en el prolongado conflicto árabe-israelí.

El 4 de abril de 2011, el actor y director árabe-israelí, Juliano Mer-Khamis, militante pro-palestino, fue asesinado a tiros por un encapuchado a las puertas del Teatro de la Libertad que había fundado en la ciudad de Yenín (West Bank, Palestina). El teatro ofrece a los niños y jóvenes del campo de refugiados una oportunidad de desarrollar el potencial creativo, el auto-conocimiento y la confianza como modelo para el cambio social. Juliano, hijo de madre judía y de padre cristiano palestino, ambos comunistas, era una personalidad excepcional en el ámbito de la cultura y del activismo político.

Mer-Khamis fundó el Teatro de la Libertad en el año 2006, con la participación de la UNESCO. La Directora General de la UNESCO, Irina Bokova, ha condenado el asesinato y se ha referido a Mer-Khamis como “un artista social comprometido” y “un ardiente defensor de la coexistencia pacífica”.

El teatro ya había tenido que enfrentarse a otras amenazas: ha sido incendiado en dos ocasiones y la amenaza persistía pese al apoyo recibido de los anteriores militantes terroristas de Al Fatah.

Juliano predicaba la libertad no solo frente a Israel, sino también frente a la tradición islámica. Muchas jóvenes, sublevadas contra el papel servil de la mujer en la sociedad palestina, fueron entusiastas actrices. Mer-Khamis ha muerto por la causa de la “liberación de la mujer”… que va mucho más allá que la “liberación de Palestina”, como dijo uno de los que le lloraban.

Hace ahora un año, Juliano profetizó en un documental un “escenario” en el que él acababa muerto de un tiro en la cabeza por un joven palestino islámico, encolerizado por su corrupción de la “juventud islámica” y por su presencia en el campo de refugiados de Yenín junto a su mujer, rubia y finlandesa… Las fuerzas de seguridad palestinas han detenido a un sospechoso del asesinato perteneciente a Hamás.

En 2007, tras el violento golpe de Hamás en la Franja de Gaza, empezó un proceso de radicalización e islamización a ultranza.

Las niñas en la escuela reciben instrucciones de llevar la cabeza cubierta y trajes hasta los pies si no quieren arriesgarse a ser expulsadas. El Consejo Superior Judicial instruye a las abogadas para que se presenten ante los tribunales vestidas con el atuendo islámico. En el canal televisivo de Hamás todas las presentadoras llevan velo. Hamás prohíbe los baños de mar mixtos y las celebraciones mixtas.

Bajo el mandato de Hamás, en Gaza han proliferado varios grupos salafistas y se ha abierto la veda contra bares con internet y tiendas con lencería femenina, pero también contra los cristianos palestinos. Han atacado la YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes), el colegio Rahabat Al Wardia –llevado por monjas- y el colegio de la ONU en Beit Lahiya.

Las revueltas en el mundo árabe han abierto la puerta a la esperanza de una democratización y de un futuro mejor para las atribuladas masas árabes, tras décadas de gobiernos autocráticos.

Pero, al mismo tiempo, el fantasma de movimientos islamistas organizados tomando el control de Egipto, Túnez, Siria o Libia, capaces de imponer una estricta “way of life” islamista, a la iraní o a la talibán, plantea un gran interrogante sobre los desenlaces revolucionarios de estas revueltas.

En Túnez, el asesinato de un sacerdote, los incidentes antisemitas y una tanda de ataques islamistas contra prostíbulos han sacudido a la opinión pública. Hace unas semanas unas 15000 personas se manifestaron contra el movimiento islamista en Túnez, pidiendo tolerancia religiosa.

En Egipto, el jeque Mohamed Hussein Yacoub, un eminente clérigo del Cairo, suscitó indignación proclamando que el país pertenece a “las personas religiosas” y que “los que tengan algo que objetar pueden emigrar a Norteamérica”. Los activistas salafistas en el Alto Egipto le cortaron una oreja a un maestro acusándole de alquilar un apartamento a prostitutas. En el oasis de Fayoum los salafistas destrozaron los sitios donde se vendía cerveza. Docenas de salafistas organizaron una protesta en el Cairo, acusando a la iglesia de secuestrar a Camilla Shehata, la mujer de un sacerdote copto que algunos creen se ha convertido al islam y está retenida contra su voluntad. También en Egipto, los cristianos coptos, temiendo por la seguridad de 340 mujeres estudiantes, las evacuaron de los dormitorios de la universidad acogiéndolas en casas de la Iglesia.

Los salafistas jordanos, aprovechando la atmósfera de apertura que se respira, han pedido que se imponga la ley islámica en el país y llaman a la yihad como “vía para liberar las tierras islámicas de los autócratas”.

El emblemático asesinato de un reconocido y ferviente artista laico pro-palestino es mal augurio para la sociedad palestina, para las perspectivas del proceso de paz entre israelíes y palestinos y, como ejemplo para las tendencias de este “nuevo” mundo árabe, para el futuro de esta región y su relación con el mundo exterior.
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