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España deprimida

domingo 17 de abril de 2011, 15:38h
Hoy todos hablamos de la crisis y de la depresión económica que padecemos. La palabra depresión es polisémica, tiene varios significados, se utiliza en meteorología cuando se señala que hay una profunda depresión en las capas altas de la atmósfera; se utiliza también en el ámbito topográfico cuando nos referimos a una depresión en el terreno; se utiliza en el lenguaje financiero al hablar de depresión en los mercados bursátiles; y se utiliza también en la Psiquiatría para denominar a un trastorno afectivo, la depresión. Pues bien, todos sabemos que en España estamos en crisis por la depresión económica, pero me temo que nuestra depresión es más grave, más extensa y más crónica. España padece una depresión psicopatológica.

Los sistemas, los pueblos, las sociedades, al igual que las personas pueden enfermar psicológicamente. Son sujetos colectivos y como tales padecen trastornos colectivos. Nadie puede dudar a estas alturas que lo ocurrido en Alemania durante el periodo nazi puede interpretarse como una patología colectiva, una especie de delirio megalomaníaco inducido por un líder paranoico como era Hitler. Lo que acontece ahora en España es susceptible también de ser interpretado como un trastorno psicopatológico, una alteración en su psicología colectiva que en este caso es una depresión. Hay una triada que caracteriza a cualquier trastorno depresivo en cualquier sujeto, tres condiciones que cumplen todas las personas deprimidas, una imagen negativa de sí mismas, del mundo y del futuro. En otras palabras, una baja autoestima, una visión negativa de lo que le rodea y una falta de esperanza.

La visión negativa de sí misma es ya, a estas alturas de la historia, proverbial en España. Desconozco si alguna vez tuvimos buena imagen de nosotros mismos, porque da la impresión que ni siquiera en el siglo XVI, cuando éramos la potencia hegemónica, teníamos una sana autoestima. Y este sentimiento de minusvalía es la constante a lo largo de los dos últimos siglos. El XIX empezó mal, con una aciaga victoria sobre Napoleón y la entronización del peor de nuestros monarcas, Fernando VII, “el deseado”. Y acabó aún peor, con la pérdida de Cuba, la joya última y más querida del antiguo Imperio. Se instala entonces el espíritu del 98, todo cargado de melancolía que nos acompañará durante buena parte del siglo XX. La cruel guerra civil deja a España en un duelo permanente. Posteriormente llegarían cuarenta años de franquismo donde se impone una exaltación de lo patrio. Desde una perspectiva psicológica, esta exaltación de todo lo patrio no es más que un mecanismo de defensa, muy conocido en la Psicología dinámica, llamado formación reactiva o transformación en lo opuesto; es decir, un dime de qué presumes y te diré de lo que careces. Los chistes comparativos nacionales, esos que suelen empezar con “sabes ése de que hay un inglés, un francés, un alemán y un español…” pueden interpretarse de igual manera a la luz de este mecanismo inconsciente defensivo. Lo que late en el fondo es lo opuesto a lo que emerge, un sentimiento profundo de minusvalía, una falta de autoestima que caracteriza a los procesos depresivos.

Y el caso es que tenemos sobrados argumentos para sentir justo lo contrario. Tenemos motivos más que suficientes para sentirnos orgullosos de ser españoles. Tenemos una de las grandes culturas del planeta, tenemos la tercera lengua más hablada del mundo, y una lengua es lo que da forma al pensamiento; tenemos además otras tres lenguas autóctonas que nos enriquecen con su diversidad; tenemos un país que es, en sí mismo, todo un continente por lo diverso en paisajes, en gentes, en culturas; tenemos un patrimonio artístico de primera línea que se extiende desde la arquitectura a la pintura, pasando por la literatura. Nuestros son Cervantes, Picasso, Velázquez, Goya, las catedrales góticas y las ermitas románicas. Tenemos la esperanza de vida más alta del planeta, junto a Japón y a Suiza; vivimos en uno de los países donde menos niños mueren y en el que más trasplantes se realizan; un país con una sanidad ejemplar en cuanto a que llega al cien por cien de la población; vivimos en una latitud privilegiada que nos concede un clima excelente, con poca frecuencia de calamidades naturales, apenas si tenemos terremotos, ni tsunamis, ni huracanes, ni tifones. El mar nos circunda y el Mediterráneo, cuna de la civilización occidental es nuestro hogar. Estamos en Europa, el área de mayor desarrollo humano del planeta; y nuestros valores supremos se asientan en la democracia y en el humanismo cristiano.

Pero nada de esto es suficiente. La falta de autoestima no es proporcional a los logros, ni a las riquezas. Hay ejemplos de personas insignes, reconocidas y hasta poderosas con una baja autoestima. “Lo mejor que debió pasar es que mi madre me estrangulara en el momento mismo de mi nacimiento”, así se expresaba Alfred Nobel en sus memorias. Los premios más importantes del planeta fueron instituidos por este hombre, filántropo eminente y que se sentía, sin embargo, indigno de su propia existencia.

La mejor manera de superar la baja autoestima es conocerse bien a uno mismo. Gnoce te ipsum, conócete a ti mismo, era uno de los pilares básicos de la filosofía socrática, una filosofía que es sabiduría de vida. Una persona que se conoce bien a sí misma tiene una imagen realista, sabe de sus capacidades, de sus habilidades, de sus puntos fuertes; pero sabe también de sus limitaciones, de sus carencias, de sus puntos flacos. Una persona que se conoce bien a sí misma, no cae ni en la prepotencia ni en la humillación. Valora sus logros y es tolerante con sus limitaciones. No se siente ni más ni menos que nadie, sólo diferente. Creo que España necesita una psicoterapia centrada en mejorar su autoestima. Para ello se hacen necesarias algunas medidas entre las cuales deberá estar el conocimiento de nosotros mismos, un conocimiento lo más veraz y profundo, sin mentiras piadosas y sin falsas calumnias. Necesitamos conocer nuestra historia. Una historia veraz que estudien nuestros hijos, una historia real, ni inventada ni manipulada ni falseada. Así, conociéndonos, seremos capaces de potenciar nuestros talentos y vivir serenamente con nuestras limitaciones.

Por cierto, este verano asistimos todos a un respiro en este estado depresivo crónico que padecemos. Fue durante los mundiales de fútbol, hubo entonces un ambiente de sana autoestima y por unas semanas nos sentimos liberados del estado de ánimo depresivo. Los éxitos del deporte español en los últimos años han tenido un valor muy superior a lo estrictamente deportivo, porque supone una cierta terapia, un cierto alivio, ante tanta frustración. El deporte tiene en nuestro mundo una importancia inusitada de la que no somos del todo conscientes. Las competiciones deportivas juegan un papel extraordinario en esta aldea global. Nada hay que convoque a más personas ante el televisor que los Juegos Olímpicos o los Mundiales de Fútbol. También en esto tenemos motivos para sentirnos orgullosos, somos un país con poco más de cuarenta millones de personas y tenemos a la Roja en fútbol y basket, tenemos a Nadal, nuestro es casi siempre el Tour de Francia, y tenemos al Barça y al Madrid o al Madrid y al Barça, que no es lo mismo, pero es igual.
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