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Odio

domingo 17 de abril de 2011, 15:51h
El otro día leyendo el periódico me topé con una noticia que hablaba sobre la mujer del ex torero Jesulín de Ubrique, María José Campanario, que me dio mucho que pensar. Últimamente se está hablando mucho de ella ya que ha comenzado el juicio contra su persona por un presunto fraude a la seguridad social. El fiscal solicita cuatro años de prisión para la mujer de Jesús que presuntamente pagó 18.000 € a un ex policía que era quien dirigía la trama –en la que hay casi una veintena de implicados-, para que su madre consiguiera una pensión de incapacidad laboral.

A mí la verdad es que la Campa –como se la conoce puntualmente- ni me va ni me viene. No tengo una especial simpatía ni antipatía por ella, ni me parece una persona de gran interés, al menos, como personaje público. Pero el otro día, cuando vi en el periódico la foto de la cincuentena de seres inquietantes que se habían apostado en la puerta de los tribunales para insultarla como si ella fuera el ser más odioso del planeta, se despertaron en mí sensaciones encontradas.

Por una parte, sentí cierta empatía por esa mujer que se ha tenido que tragar el papel de mala en una película orquestada por los medios de comunicación y protagonizada por el ser más vergonzoso que ha dado la pseudo cultura popular ibérica en los últimos años: Belén Esteban. Por otra, se me encogió el estomago al ver en los ojillos mezquinos de los viejales que insultaban a la Campanario y que incluso llegaron a zarandearla, un odio irracional, envidioso y que se regodeaba en su propia bilis de estupidez. No es que quiera excusar una estafa como en la que supuestamente está implicada la Campanario. Pero sí llama la atención que con la que está cayendo, con los robos a gran escala y las injusticias a los que asistimos cada día, sea la mujer de Jesulín de Ubrique la única a la que el populacho coloque en su mira de resentimiento homicida. Toda esa gente que chillaba indiscriminadamente a cuanto entraba en el juzgado para después sacarse fotos con los periodistas del corazón que seguían la noticia en las puertas del tribunal, son la misma turba que hace 800 años hubiera linchado sin piedad a cualquier individuo por el mero hecho de distraer la miserable condición de su día a día con una ración de carnaza en el sentido más literal.

Ese gen cainita, fruto de la envidia y del resentimiento original, del yo tuerto pero tu ciego, late en el fondo de nuestra sociedad. Es el que nos hace encumbrar a seres abyectos como Belén Esteban. A deificar con fervor la expresión de lo más rastrero y ruin que se puede ser, a quien paradójicamente hace de la auto humillación, de la total falta de control y dignidad, la más contundente demostración de un orgullo perverso y fraudulento, que se alimenta del odio y del ataque a quien realmente encarna esos valores. No quiero decir con esto que María José Campanario me parezca una adalid del saber estar, el esfuerzo personal y la dignidad. Puede que lo sea o puede que no, que realmente sea ese ser manipulador y malvado que pintan en Telecinco. Ni lo sé, ni me importa. Pero lo que sí sé es que la Esteban y toda la troupe que la acompaña, pervierten cada día los valores más elementales en un aquelarre diario del que se alimentan millones de personas que son incapaces de discriminar, de entender que el supuesto orgullo de extrarradio y la dignidad de pacotilla de una mujer que lleva trece años lucrándose de su papel de mujer despechada, es un insulto continuo a la inteligencia y, sobre todo, una peligrosa transposición de los significados elementales de los conceptos que, al fin y al cabo, componen el bien social. Yo lo sé, muchos lo sabemos. Pero el odio irracional del que se toma la molestia de salir de su casa para escupir literal y metafóricamente a la Campanario demuestra que hay demasiados que no.
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