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La Revolución árabe de 2011

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Cuando el pasado mes de enero cayó inesperadamente la dictadura tunecina de Ben Alí y, ya en febrero, se desmoronó -tras casi tres semanas de resistencia y represión- la del “faraón” Mubarak, algunos hablaron de un posible ciclo revolucionario en el mundo árabe similar al que se desarrolló en la Europa central y oriental en 1989. Muchos más, sin embargo, rechazaron esta posible semejanza, con diversos argumentos. En el mundo árabe no existía ninguna tradición democrática, había pasado en el siglo XX de la colonización otomana y occidental a unas “dictaduras-sultanatos”, como las denomina algún experto, aplaudidas y cortejadas desde “el mundo libre” porque de allí procedía el indispensable petróleo, garantizaban la deseada estabilidad –ese mantra de la política internacional- y si durante la Guerra Fría fueron muchas de ellas un seguro valladar contra el comunismo, ahora servían para contener el islamismo radical y terrorista. Si a eso se añadía la estrecha conexión que se da en esas sociedades entre religión y política, que protege el orden establecido, aunque sea opresor y corrupto, se podía llegar a la conclusión de que Túnez o Egipto eran casos aislados y de que era impensable una “teoría de dominós” que llevara la ola revolucionaria de un país a otro. No habría tsunami revolucionario porque, además, se decía, cada país es muy distinto de los otros, lo que hace poco probable el contagio.

Pronto se vio, sin embargo, que sí había contagio y que las revueltas no se limitaban al norte de África, con Libia como caso en punta, ya que se extendían a la zona del Golfo (Bahrein) y del mar Rojo (Yemen). Y es que, al final, las mismas causas acaban produciendo los mismos efectos. En todos esos países se dan situaciones similares: Opresión más o menos brutal, según los casos y las circunstancias; corrupción escandalosa en beneficio de las elites que comparten el poder y de las clientelas que las apoyan; exclusión y desasistencia de las inmensas mayorías y, en concreto, de las mujeres y utilización del islam como instrumento de control y de disciplina social. El último caso ha sido Siria, cuya estabilidad represiva hizo pensar a muchos que estaba a salvo de cualquier contingencia revolucionaria. La mano de hierro del régimen de los Assad, sus eficaces servicios de seguridad e inteligencia y su propia condición de avanzadilla en el Mediterráneo del Irán de los ayatolás, que la protege y asiste, parecía mantenerla al margen del torbellino revolucionario. Pero Bashar el Assad ha perdido ya la confianza del pueblo pues sus ya viejas promesas de reforma no han visto nunca la luz y su reacción ante las primeras manifestaciones de descontento no ha podido ser más torpe. Al final –y como suele ser habitual en este tipo de regímenes- ha respondido a tiros y solo en el último fin de semana sus partidarios, con o sin uniforme, han asesinado a un centenar largo de ciudadanos, principalmente jóvenes.

Y el caso sirio no es una excepción: Ahí tenemos a Gadafi, que sigue masacrando a los libios y en la “pacífica” revolución egipcia, durante los 18 días que duró el pulso contra Mubarak, se produjeron, según la comisión creada al efecto, 846 muertes. Y, además, allí no ha acabado la violencia: recientemente se han registrado al menos dos muertes entre los jóvenes que persistían en ocupar la plaza de Tahrir, lo que ha agriado las buenas relaciones que existían entre el gobierno militar de transición y los jóvenes revolucionarios, que no están dispuestos a que se les escamotee su revolución que exigía libertad y democracia. Los contactos del nuevo ministro egipcio de Exteriores, Elaraby, con diplomáticos iraníes han suscitado la inquietud en la diplomacia norteamericana, que empiezan a pensar que estamos en vísperas de grandes cambios geoestratégicos, ante los que todavía no se sabe cómo reaccionar.

Mientras tanto, la operación “para proteger a la población civil” en Libia está empantanada: los civiles siguen muriendo, las limitaciones de la zona de exclusión aérea son patentes y, lógicamente, nadie quiere oír hablar del envío de tropas de tierra y no solo porque la resolución 1973 no lo prevea y, por lo tanto, no lo permita, Claro que también se decía que Gadafi no era el objetivo de la operación y ahora hay un consenso en que no es concebible la permanencia de Gadafi porque “es el problema y no puede ser parte de la solución”. Pero ¿quién le pone los cascabeles al gato, esto es quién y cómo se prescinde del dictador y qué se hace con él? Nadie ha respondido a esa pregunta todavía. Y si a eso añadimos que se sigue sin saber a ciencia cierta quiénes son los llamados rebeldes, con los que Sarkozy se ha abrazado tan apresuradamente, según parece a instancias de su amigo el “ex-nuevo filósofo” Bernard-Henri Levy, nos encontramos con un panorama complejo e imprevisible.

Importa subrayar, a pesar de todo, que se trata de una nueva situación que hay que considerar positiva y contemplar con optimismo. Esta revolución árabe no ha hecho más que empezar y nos dará todavía muchas sorpresas, incluida la posibilidad de que los islamistas intenten aprovechar los vacíos de poder que necesariamente se producirán. Pero se ha roto el marasmo en que estaba sumido el mundo árabe. Empieza ahora una etapa, que será larga, de transición y tanteos, no exenta de posibles involuciones. Pero como todos los seres humanos, los árabes aspiran a la libertad –que no sólo “está inscrita en el corazón de todos los hombres” sino que ahora estalla a diario por los medios y cibermedios de comunicación- y antes o después alcanzarán esa meta, así como una prosperidad que hasta ahora se les ha negado.
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