www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La monarquía, ¿vieja o nueva?

jueves 28 de abril de 2011, 21:54h
La boda del príncipe Guillermo y Kate Middleton en la abadía de Westminster, aparte de atraer en estos días los titulares periodísticos de todo el mundo, plantea un agudo interrogante: ¿cómo es posible que una institución tan “vieja” como la monarquía continúe vigente en estos tiempos “modernos”? Diez naciones europeas, entre ellas España, el Reino Unido, Suecia, Noruega y Holanda, son “monárquicas”. A ellas habría que añadir, entre otros reinos no europeos, al milenario imperio japonés. Si bien el régimen republicano predomina en naciones europeas como Alemania, Francia e Italia y domina además el panorama institucional de los Estados Unidos y de las naciones iberoamericanas, se vuelve difícil sostener que una forma de gobierno bajo la cual se desempeñan naciones tan importantes como Japón, el Reino Unido y España es apenas una antigualla, una pieza de museo.

Sin declarar abiertamente que las monarquías son una reliquia, otros observadores subrayan que las testas coronadas de hoy ya nada tienen que ver con las de sus antepasados, en quienes residía un poder tan alto que permitía llamarlos con propiedad reyes “absolutos”, es decir polìtica y legalmente ilimitados. ¿No hay acaso un abismo entre la soberanía que ejercieron un Luis XIV en Francia, un Federico el Grande en Prusia o un Iván el Terrible en Rusia y la soberanía apenas formal que exhiben hoy las reinas Beatriz I en Holanda y Margarita II en Dinamarca o el rey Alberto II en Bélgica?

La distancia que media entre los monarcas absolutos de antaño y los monarcas “formales” de hoy es enorme porque los reinos de nuestro tiempo son parte del sistema democrático en el cual la plena soberanía le pertenece al pueblo, en concordancia con el origen de la palabra “democracia”, una voz griega compuesta por dos raíces etimológicas: “demos”, que quiere decir “pueblo” y “cratos”, que quiere decir “poder”. La democracia es “el poder del pueblo”, un concepto al lado del cual resulta secundario que ella resulte, además, monárquica o republicana.

Pero llevar hasta el extremo este contraste entre las monarquías absolutas y las monarquías modernas conllevaría el peligro de ignorar la significativa facultad residual que aún conservan los reyes y las reinas de nuestro tiempo, una facultad que el pensador inglés John Locke definió a fines del siglo XVII, justamente cuando se constituía la monarquía parlamentaria británica que sirvió de modelo a las demás monarquías modernas, como “el poder de prerrogativa”.

¿Qué es “el poder de prerrogativa”? Es el poder de reserva que le queda al Estado cuando los poderes “normales” de la Constitución han sido desbordados. Imaginemos que Hitler hubiera invadido a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial y que, ante esta emergencia, el rey Jorge VI se hubiera exiliado en Canadá. Con él habría emigrado el poder de prerrogativa gracias al cual también se habría trasladado la representación del Estado Británico, de la mano del rey.

El propio De Gaulle ejerció en Francia un poder de prerrogativa espontáneo, no regulado, cuando convocó desde el exilio a los franceses a la resistencia contra Hitler para sentarse después a la mesa de los aliados que lo habían vencido. Pero no hace falta irse tan lejos para ilustrar la presencia del poder de prerrogativa en los tiempos modernos porque en 1981, cuando el tristemente famoso teniente coronel Antonio Tejero intentó un golpe militar en el Parlamento español en los inicios de la España posfranquista, fue el rey Juan Carlos I quien rechazó su intento y, ejerciendo su liderazgo militar –un tipo de liderazgo que es propio de las monarquías- salvó en su cuna a la democracia española.

En aquellas naciones que lo tienen, el poder de prerrogativa de los reyes funciona como un reaseguro de la democracia. Como todo seguro, es fácil olvidarlo en tiempos normales pero se lo recuerda con apuro, en cambio, cuando las papas queman. ¿Cuántos sobresaltos institucionales nos habríamos ahorrado los iberoamericanos si nuestras democracias hubieran contado con el resguardo de las monarquías constitucionales? Pero esta reflexión es apenas nostálgica porque las monarquías son un legado del pasado y no se las puede inventar desde la nada. Sólo cabe reconocer entonces el poder de prerrogativa que aún conservan algunas naciones no iberoamericanas en cabeza de sus reyes, haciendo votos para que nunca lo olviden.

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios