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reseña

Andrea Camilleri: El campo del alfarero

domingo 01 de mayo de 2011, 01:14h
Andrea Camilleri: El campo del alfarero. Traducción de María Antonia Menini Pagés. Salamandra. Barcelona, 2011. 224 páginas. 14 €
De nuevo Montalbano, el protagonista de diecisiete de novelas de Camilleri (Porto Empedocle, Agrigento, Sicilia, 1925): Salvatore (Salvo) Montalbano, jefe de policía de Vigata, ciudad imaginaria de Sicilia, quien toma su nombre de Manuel Vázquez Montalbán, gran amigo de Camilleri. Al igual que Pepe Carvallo, el comisario es amigo de la buena mesa y si las novelas de Vázquez Montalbán son un recorrido por la cocina catalana, las de Camilleri realizan una notable descripción de la gastronomía siciliana, aunque no sea Montalbano el que guisa, sino su asistenta. En esta nueva entrega, fechada originalmente en 2008, el título responde a una cita del Evangelio de san Mateo. El campo del alfarero o campo de la sangre fue comprado con las treinta monedas malditas de Judas. Y Judas es, en la acepción de la Mafia, aquel traidor que merece morir de un tiro en la nuca y ser despedazado, exactamente en treinta pedazos. Tal sucede con un marino que no llegó a embarcarse y cuyo cadáver se encuentra enseguida, sin huellas dactilares y con el rostro desfigurado. Dolores Alfano, una mujer extraordinariamente atractiva, denuncia la desaparición de su marido.

Como en muchas entregas de Montalbano, nada es lo que parece y la insistencia de Mimi Augello, segundo del comisario y terriblemente mujeriego, de encargarse del caso, despierta los recelos de Salvo. Algo extraño sucede cuando Livia, la novia del comisario, le llama todos los días para pedirle que libere a Mimi de todos sus trabajos nocturnos. Pero dichos trabajos, Montalbano lo sabe mejor que nadie, son inexistentes. El comisario investiga y poco a poco va develando el misterio. Al final, todo se aclara, la sombra de la traición se desvanece y Montalbano cede todo el honor y la gloria a Augello.

De nuevo esta novela nos introduce en un mundo de personajes extraordinariamente bien dibujados y disímiles: desde el inefable Catarella, que habla con un dialecto siciliano, hasta el resto de los colegas de Montalbano y otros como el médico forense, el jefe superior de policía y su jefe de gabinete, hasta los capos de la mafia. Si meritoria es la escritura original, no lo es menos el esfuerzo de verterla al castellano. Al menos tres idiomas se dan cita en los textos salidos de la pluma de Camilleri: italiano, siciliano y un argot constituido por una jerga rural salpicada de germanías.

La serie Montalbano ha conocido un buen número de episodios televisivos producidos por la RAI e interpretados por Luca Zingaretti en el papel protagonista, con guiones en los que colabora Camilleri y dirigidos por Alberto Sironi. Nuestro autor tiene otros títulos excelentes: La captura de Macalé es el mejor a mi juicio, pero, en cualquier caso, la lectura de Camilleri es una delicia que proporciona a aquel que se acerca a sus páginas una de las formas más inteligentes de ocio y el placer extraordinario de leer.

Por Alberto Sánchez Álvarez-Insúa
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