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Kate, ¿la princesa del pueblo?

domingo 01 de mayo de 2011, 16:40h
Voy a hablar de la boda de Guillermo y Catalina pero así, como de refilón. Para empezar, me da una buena excusa para reflexionar una vez más sobre el tremendo poder hipnótico que ejercen la juventud y la belleza sobre nosotros. Lo fácilmente que perdonamos el pecado original a los bellos, más aún cuando su destino es trágico, y lo crueles que podemos ser con los feos que se atreven a vivir como si no lo fueran. En esto pensaba mientras veía el sábado uno de los cientos de documentales que, aprovechando la ocasión, emitían en la televisión, comparando a la reciente esposa del príncipe Guillermo con la malograda madre del mismo.

El programa trataba con una seriedad digna del más trascendental de los temas, cuestiones de tanta importancia como la ropa de la novia, los besos de más o de menos que la pareja se había dado durante su largo noviazgo o las amistades de Kate. Amigos y conocidos de la pareja real desgranaban testimonios de valor incalculable, sentando cátedra sobre lo bien avenidos que son o sus primeros encuentros en la universidad. No es que a mí me parezca mal que se hable de este tipo de cosas. Al contrario, es un tema recurrente ideal para los aperitivos con mi abuela. Lo que me parece un poco ridículo es el aura de seriedad que le daban al asunto. Tan ridículo como pretender establecer una comparación entre Kate y Lady Di –uno de los hilos conductores del documental-, asumiendo que una de las grandes preocupaciones de la primera era no llegar a dar la talla como supuestamente la dio la llamada Princesa del Pueblo.

Es aquí donde vuelvo al punto de partida del artículo. A la adoración bobalicona que hacemos de la belleza, asumiendo que ésta representa en sí misma la concatenación más absoluta de todas las bondades espirituales que un ser humano puede poseer. No digo yo que Lady Di fuera una mala persona. Pero de lo que estoy segura es que no demostró ser mucho mejor que nadie. Al revés, se comportó como un ser débil, inestable y de pocas luces. Se la quiso por conjugar belleza y estilo con un aura de víctima del destino: de un futuro rey frío y que no la quería, de su pérfida amante y de una reina despegada e insensible. Todos ellos, para más inri, feos. Los malos de un cuento que atosigaron y se interpusieron en la felicidad de la dulce y bella princesa.

Afortunadamente para ella, Kate no tiene nada que ver con la madre de su novio y parece ser lo suficientemente lista como para que eso no sólo le suponga un problema sino un alivio. En lo único que coinciden es en que ambas son guapas. Pero donde la primera basaba su atractivo en un mohín melancólico detrás del que probablemente sólo se escondía una falta de inteligencia que le imposibilitó comprender jamás las implicaciones de casarse con heredero a la corona británica, la segunda consigue transmitir una sensación de solidez y normalidad que la convierte en una persona real y no la protagonista de un mentiroso cuento de hadas. Dudo mucho que Kate o Catalina consiga ser la misma princesa del pueblo que encarnó Lady Di. Y menos mal.
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