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crónica cultural

Rembrandt y la figura de Cristo, en el museo del Louvre

lunes 02 de mayo de 2011, 20:29h
El otro día, durante la conferencia que Cesar Antonio Molina ofreció en la Residencia de Estudiantes la noche dedicada a los libros explicó que cada día que pasaba delante del Museo del Prado veía una cola inmensa de gente para ver las maravillosas exposiciones que hay a día de hoy colgadas, la dedicada a Chardin y la del Joven Rivera. Para ver la del pintor francés, no se necesitan grandes referencias históricas, pero para la de Rivera, explicaba el ex ministro, “¿Qué entenderá la gente en esos cuadros si no tienen una base religiosa, cristiana, si no ha leído la Biblia?”, se preguntaba.

Está claro que la Biblia no solo llena de plenitud al lector, también es el instrumento, el libro fundamental para entender el arte hasta finales del XIX, por no decir también la poesía y gran parte de la música. Si uno le quita la biblia a los niños, si se piensa que en la enseñanza obligatoria basta un trimestre para acercarse al libro más completo jamás escrito, se está perjudicando mucho a los futuros contempladores de arte.

Quizá se ha realizado de forma involuntaria, pero la última exposición organizada por El Louvre en París Rembrandt y la figura de Cristo ha arrancado en plena Semana Santa. La muestra no puede ser más emocionante. Se ha organizado conjuntamente con el Museo de arte de Filadelfia y el Instituto de arte de Detroit. Rembrandt (1606-1669) se aproxima a Cristo, la figura tantas veces retratada, pero esta vez de forma diferente, en situaciones distintas, en ambientes desconocidos, en posturas inusitadas, claros oscuros deslumbrantes, como si fuera el mismo pintor el primero en buscarlo.



¿Quién es Cristo? Se pregunta el pintor holandés por medio de su pincel. ¿Dónde estaba? ¿Podemos encontrarlo aquí, entre nosotros? Y sí, Rembrandt lo retrata en Los peregrinos de Emaus (1629) procedente de la colección del Museo Jacquemart-André de París como una figura negra, oculta tras un contraluz. Misterioso, aunque no existe la duda. Es él. Y ahí reside el genio del pintor que en esta época tan solo cuenta con 23 años.

La exposición que se celebrará hasta el 18 de julio presenta un centenar de obras procedentes de diversos museos y colecciones particulares cuidadosamente seleccionadas. También se han colgado grabados y dibujos de Rembrandt como el estudio del cuadro de la Última cena de Leonardo da Vinci, artista que admiraba el holandés. También se exponen cuadros de sus discípulos referentes al mismo tema.

Rembrandt se acerca al rostro de un Cristo personal, humano, y no endiosado como en la pintura Renacentista que se inspiraba en su divinidad. A veces, como aparece en su Cristo crucificado, el expresionismo está latente en la delgadez, el sufrimiento, la simple humanidad que se desprende del personaje.

El Cristo de Rembrandt resulta tan “real” que impresiona. Se sabe que el pintor había tomado como modelo a un judío de un barrio de Ámsterdam. En la última sala, las siete cabezas de Cristo colgadas una tras otra, verdaderas obras maestras, lo dejan claro. Venidas del mundo entero, estas siete figuras que son, en realidad, la misma, reunidas en una pared, cortan la respiración del que las contempla. El pintor rompe así con la tradición y se enfrenta al tema más controvertido, más sagrado que existe, y lo acerca a la cotidianidad y al momento presente.
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