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Cataluña desde Andalucía

lunes 09 de mayo de 2011, 15:15h
El articulista ha tratado, hasta provocar sin duda el hartazgo -e incluso no hay que descartar la náusea…- de sus pacientes lectores, el inagotable tema de las relaciones del Principado catalán con el resto de la gran patria española, y, de manera muy especial, con Andalucía. Desde los inicios de la contemporaneidad fue ésta singularmente sensible a los latidos del espíritu catalán, sobre todo, en sus manifestaciones culturales y políticas. Con la excepción destacada de Valera, la plana mayor de las letras sureñas se mostró casi invariablemente muy atenta al desarrollo de las artes y literatura de dicha comunidad, contándose entre sus miembros algunos de los estudiosos más descollantes de los movimientos culturales y de las figuras más relevantes de vida pública del principado, tal y como, por ejemplo, hiciera el sevillano Jesús Pabón sobre Cambó, en la principal biografía política dada a la estampa en nuestro país durante la pasada centuria.

En estela tan refulgente se incardina el último libro de uno de los escritores que en la posteridad ocupará sin lugar a dudas un lugar más destacado que en el presente, con ser éste, por estricta justicia con sus envidiables dotes, muy notorio. En su ciclópea obra -838 pp.- Esta luz de Sinera. Antología general de la poesía catalana (Madrid, Eneida, 2011), Carlos Clementson, recién concluida una tarea similar respecto de Portugal, ha hecho a la crítica literaria española un exvoto de nacarada belleza, al tiempo que de granítica solidez. El anchuroso caudal de la poesía en lengua catalana –incuestionablemente, uno de los más importantes de las letras del Viejo Continente- se recoge en el texto desde sus mismos manantiales medievales hasta las fronteras de la impactante actualidad. Los motivos que en labor tan hercúlea suscitan el asombro son numerosos. La traducción cristalina y creadora; los proemios y ensayos que analizan y contextualizan en todos los planos los versos de los más preclaros representantes de la lírica catalana; la erudición enciclopédica, pero destilada con envidiable sobriedad y recato; la actitud de permanente apuesta por el diálogo y la comprensión; y, en fin, la honda fe en una España pluralista en la que la voz que entonara desde la Barcelona de comienzos del Noucentisme el canto a Iberia, goce de idéntica carta de identidad que la que, por las mismas fechas, hablara con el “Dios de Gredos”, se inscriben, con peraltados caracteres, en el ancho capítulo de las razones por las que el libro del profesor cordobés –educado en las aulas del Alma Mater murciana del buen recuerdo del asturiano Mariano Baquero Goyanes, su idolatrado maestro- se encarama en lugar muy señalado del ranking publicístico de los últimos lustros.

Sólo con alegría grande y sincera cabe recibir títulos como el glosado. A los motivos de índole científica y académica ya de por sí de imponderable estima, deben añadirse los de la coyuntura hodierna, en la no son, precisa y desgraciadamente, oros los que pintan en el horizonte de los contactos entre las diversas porciones que integran nuestro viejo país. La tolerancia, tan invocada al paso que tan olvidada en la praxis cuotidiana, obliga a un diálogo planteado desde el más escrupuloso –y, a ser posible, amoroso…- respeto entre todos los segmentos sociales y territoriales que conforman la nación española, una de las más antiguas del planeta a cuya civilización ha contribuido de forma muy destacada. Los coros plurales y abiertos siempre enriquecen más a los auditorios que los reducidos y encorsetados. Desde hace décadas, Carlos Clementson se afana por evidenciarlo con singular maestría de lenguaje en prosa y verso, saber oceánico y liberal talante. Que sea enhorabuena para un pueblo tan necesitado hoy de concordia y nobles estímulos.
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