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reseña

León Felipe: Poesías completas

León Felipe: Poesías completas. Edición de José Paulino. Visor. Madrid, 2011. 1.360 páginas. 26 €
Las bien llamadas Poesías completas de León Felipe, editadas en la colección “Poesía Maior” de Visor hace pocos años, vuelven a planchas ahora en su colección regular, lo cual demuestra el interés sostenido por el autor. Este volumen contiene la “obra poética original” precedida por un acertadísimo prólogo de José Paulino que desviste los mitos y prejuicios estrellados contra el poeta. Allí se le considera con acierto como “extraterritorial”, no a la manera de George Steiner, sino al modo del autor que convierte en materia poética su propia circunstancia y sacrifica para ello la estética hasta dar en una radical independencia: “Mi voz es opaca y sin brillo, y vale poco para formar un coro”. Como afirmó sin yerro Max Aub, este español del éxodo y del llanto constituye “…él solo una generación aparte”.

La poesía no comprende edades; de ello da cuenta León Felipe quien, a sus 44 años, comenzó a escribir con talante trágico y angustiado por el destino de su pueblo y del hombre. La fidelidad tajante y un insobornable humanismo llevan al poeta a adherirse a la República en tiempos de guerra con el muy valioso librito La insignia, reafirmando su postura, por ejemplo, en el vibrante poema "El hacha. Elegía española". Su íntegra poesía de aluvión atesora una importantísima función moral que hoy se añora en tanta impostura poética. Casi como poética, sentenciaría no acaso: “El hombre está mal hecho: si la poesía no sirve para hacerle un poco mejor, que se vaya a mal sitio”. En la obra de este Español del éxodo y del llanto late desde sus inicios un antirretoricismo humanista que caracteriza su peculiar expresión, tan personal y uniforme. Sin olvidar ritmo ni rima, asonante las más de las veces, estirará con el tiempo el versículo en libertad poética hasta difuminarlo en prosa, reforzando el carácter oral de su poesía. Así, su palabra será directa, sencilla, dramática, donde el hombre es la medida de todo y donde la función ética, de amplia trascendencia, se expresa en una queja social y existencial que se bambolea entre la rebeldía y la mística. Por ello asoma en sus páginas la figura de don Quijote, tomado de Azorín, con el cual hacer justicia en todo tiempo y lugar. El acento místico ya despuntado en Versos y oraciones de caminante se intensificará en su último tramo en el conmovedor y admirable poemario ¡Oh, este viejo y roto violín!, así como en El ciervo donde practica un difuminado cristianismo simbolizado en una “Cruz vacía”.

Si Juan Ramón hizo de la poesía una religión, León Felipe hizo de la religión humanismo, al sacar la poesía de su meandro secular; sacrificó incluso la estética, y en ello purgó pecado en amistades y valoraciones, léase el clarividente poema “Escuela”. Ahora, visto con distancia, es tiempo de redención y resurrección porque, como afirmó el poeta al prologar a Walt Whitman: “Los grandes poetas no tienen biografía, / tienen destino.”

Por Francisco Estévez
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