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El poco fiable amigo americano

¿Hubiera durado tantos años la dictadura de General Franco sin el apoyo explícito de sucesivas administraciones norteamericanas que empezó en 1953 con el Pacto de Madrid y el establecimiento de bases militares en España?

Es una pregunta sin una respuesta contundente. Lo que sí emerge claramente del fascinante libro “El Amigo Americano. España y Estados Unidos: de la dictadura a la democracia” (Galaxia Gutenberg) del historiador Charles Powell es el apoyo tibio de Washington para la democratización.

El nuevo libro de Powell, autor de “España en Democracia, 1975-2000”, uno de los mejores sobre la transición (es una lástima que no se haya publicado en inglés), está basado en documentación diplomática desclasificada, sobre todo norteamericana, mucha de la cual no ha salido a la luz pública hasta ahora, y en entrevistas personales con muchos de quienes participaron en las sucesivas negociaciones hispano-estadounidenses. Cubre el periodo entre 1969 y 1989. Algunos de los documentos están colgados en la página web de la Fundación Transición Español que Powell dirige.

Según Henry Kissinger, uno de los principales protagonistas de esta historia (asesor de seguridad nacional y secretario de Estado entre 1969 y 1977), ”la contribución norteamericana a la evolución española durante los años setenta constituyó uno de los principales logros de nuestra política exterior”.

Powell desmiente esta versión minuciosamente y demuestra que las consideraciones geopolíticas (la Guerra Fría, en general, y la radicalización en Portugal después de su “Revolución de los Claveles”, en particular) terminaron por imponerse a las demás. La prioridad de Washington era mantener sus bases, un tema que ocupa gran parte del libro.

Para Kissinger, Washington tuvo que elegir entre “condenar al ostracismo al régimen existente o trabajar con él a la vez que extendíamos nuestros contactos y por lo tanto nuestra influencia de cara al postfranquismo,” optando por lo segundo. El todopoderoso Kissinger era muy reacio a la legalización del Partido Comunista y aconsejó a Adolfo Suárez proceder lentamente y no ir a las elecciones hasta que el Gobierno tuviese un partido propio que lograse la seguridad de ganarlas, cosa que pasó.

¡En un intento por limitar la influencia del sindicato comunista Comisiones Obreras, y favorecer a sus posible rivales, la embajada norteamericana en Madrid llegó a cultivar a la anarcosindicalista Confederación Nacional de Trabajo!

La embajada tenía pocos contactos con figuras de la oposición y algunos, como Felipe González, optaron por guardar distancias con el país ampliamente recelado entre los demócratas por haber contribuido a la consolidación de la dictadura y su larga duración. El PSOE tardó tres meses en responder a la invitación que Wells Stabler, el embajador en Madrid, había cursado a González en el verano del 1975. En vísperas del encuentro, González advirtió que no llevaría corbata, a lo que el embajador respondió con ironía que no le importaba, con tal de que no olvidara sus pantalones. Diez años más tarde, cuando era Presidente, González recordó a un grupo de corresponsales norteamericanos que, “a diferencia de lo ocurrido en otros países europeos, los GI (soldados estadounidenses) no habían liberado a España durante la segunda Guerra Mundial.”

Como dice Powell, “hasta el ultimo momento (del régimen franquista) la administración de Ford procuró invertir en el futuro postfranquista sin distanciarse un ápice de la dictadura, una política cuya sutileza probablemente no fue apreciada por la opinión pública española.”

Incluso seis años después de la muerte de Franco, cuando el proceso democrático estaba en plena marcha, Alexander Haig, el secretario de Estado, llamó al golpe fallido del 23 de febrero de 1981 “un asunto interno de España.” Este desafortunado comentario confirmó la creencia entre los demócratas de que la Administración Americana daba poca importancia a la suerte que pudiera correr la democracia española y que todavía añoraba la cómoda relación de que disfrutó durante el régimen de Franco.

El papel del Rey Juan Carlos como verdadero motor del cambio después de la muerte de Franco (un libro de Powell sobre esta tema ganó el Premio Espejo en 1991) está ampliamente demostrado en el libro. Un informe del Departamento de Estado antes de la visita de Juan Carlos a EE UU en 1971 decía que “no existe la seguridad de que esté en el trono mucho tiempo.”

Aunque han pasado muchos años, el apoyo norteamericano al régimen de Franco sigue siendo el “pecado original” de la relación actual. Como bien concluye Powell la transición y consolidación democráticas ofrecieron oportunidades de toda índole, sobre todo para EE UU, que aún no se supieron aprovechar.

El libro de Anna Grau, con el sugestivo e irónico título “De cómo la CIA eliminó a Carrero Blanco y nos metió en Irak” (Destino), cubre parte del mismo territorio que el libro de Powell e incluye la publicación de muchos documentos en el libro.

Ambos autores creen que los argumentos generalmente invocados para explicar la supuesta participación estadounidense en el asesinato de Carrero Blanco en 1973, o en el asalto del Congreso de los Diputados el 23-F, carecen de lógica, ya que era claramente contrarios a sus intereses.

Sin embargo esto no significa para Grau, corresponsal de ABC en Nueva York, que Estados Unidos no haya podido tener “otras actuaciones reprobables respecto a España”, como, por ejemplo, la guerra de Cuba y el caso de Jesús Galíndez, delegado del gobierno vasco en el exilio en Nueva York quien fue raptado en 1956 y enviado a la fuerza por avión a la República Dominicana donde fue asesinado por orden del dictador Rafael Trujillo.

Difícil es la relación de aliado cuando “el otro” es el poderoso y sólo mira por su propio interés.

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