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Justicia

domingo 15 de mayo de 2011, 19:10h
Las dos noticias que llevan un par de semanas copando la atención mediática –con permiso de Lorca-, la ejecución de Bin Laden y la aprobación de la listas de Bildu por parte del Tribunal Constitucional –contradiciendo la sentencia tomada por el Supremo pocos días antes- tiene un punto en común: ambas ponen sobre la mesa un interesante debate acerca de los alcances de la Justicia y sobre la máxima de si el fin justifica los medios.

En ambos casos no puedo evitar la sensación de asistir a un espectáculo orquestado y calculado de antemano. Como si las fotos de un Obama con cara de circunstancias esperando recibir noticias de la “operación Gerónimo” –¿siempre hay un fotógrafo pululando por la Casa Blanca en estas ocasiones?- o las imágenes de los dirigentes de Bildu cantando el “Eusko Gudariak” en Bilbao la noche en que se supieron “legales” –justo al inicio de la campaña electoral- formaran parte del rodaje de una película, en la que acción se interrumpe al grito de corten.

No es que me entusiasmen las teorías conspiranoicas, pero desconfío de las historias escritas en blanco y negro. Bin Laden era el malo perfecto de una película. Él solo encarnaba todos los males del mundo y se convirtió en un demonio que sólo se merecía la muerte. Después de diez años de búsqueda, lo encuentran, lo matan e inmediatamente lanzan su cadáver al mar para respetar las costumbres musulmanas. Acto seguido, miles de personas se congregan en la puerta de la Casa Blanca para celebrar la muerte del demonio como si de una victoria deportiva se tratara. Fin de la película. ¿Se ha hecho justicia?

Por más que Bin Laden lo mereciera, por más que el recuerdo de las 3.000 personas que murieron en las Torres Gemelas exija justicia, ¿es ésa la clase de justicia que defendemos en el Occidente de las libertades y los derechos humanos? ¿El ojo por ojo febril y ejecutor de quien disparó a un Bin Laden desarmado en Pakistán difiere del que inspira al terrorista que, convencido de la necesidad de sus terribles actos, asesina a una decena –centena o millar- de personas inocentes? Se nos olvida que los terroristas asesinan para lograr un objetivo, no por el mero disfrute del acto. Esto no los convierte en mejores personas, al contrario. No hay ningún objetivo que legitime la violencia indiscriminada, ni siquiera la venganza. Decir, como dijo Zapatero, que Bin Laden “se buscó su destino”, es cuanto menos, dar a entender que el sistema de derecho que nos hemos montado es una patraña que se cae por sí sola cuando quienes están implicados son unos islamistas fanáticos. ¿Se habría atrevido Zapatero a decir lo mismo si el terrorista abatido hubiera sido un etarra? No quiero sonar a falsa mala conciencia occidental, pero creo que en todo esto hay muchas más implicaciones que un simple, “se lo merecía”.

De la misma forma, desde que Sortu se presentó como nueva formación de la izquierda abertzale tradicional, me han chirriado las posturas irreconciliables y asentadas en juicios simplistas que se han tomado por todos los lados. Cuando lo que está en juego es la credibilidad y validez de un sistema en el que creo profundamente, el de una democracia basada en una separación clara de poderes y en un Estado de Derecho que respete sus propias normas, mezclar cuestiones jurídicas con cuestiones políticas e incluso morales me parece peligroso y hasta cansino. Que el PNV anunciara su intención de cesar su apoyo al Gobierno porque el Supremo anulara las listas de Bildu y que volviera a tender la mano al Ejecutivo después de la sentencia del Constitucional me parece igual de perverso que acusar al PSOE de meter a ETA en las instituciones porque el tribunal haya acabado finalmente por aceptar a la coalición. No sé qué me parece peor: que los partidos políticos den por hecho que no existe separación de poderes y no se molesten en disimularlo o que el poder el judicial tampoco se lo crea.
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